A Caraíva se llega cruzando un río. El último tramo del viaje se hace en una canoa que separa la orilla de la carretera del pueblo. Este gesto define el lugar. Al otro lado, la aldea se extiende sobre una lengua de tierra entre el río Caraíva y el Atlántico, y sus calles son de arena. Los coches se quedan en la otra orilla, así que el pueblo se recorre a pie, con un ritmo marcado por las mareas, la luz y, al caer la noche, el forró, la música y el baile populares del nordeste brasileño. Alrededor se encuentran el territorio del pueblo indígena pataxó, que ha conservado aquí su artesanía, su cocina y su memoria, y el Parque Nacional de Monte Pascoal, cuya cumbre fue la primera tierra que avistaron los navegantes portugueses en 1500. Caraíva ocupa así un lugar especial en la historia y el paisaje del sur de Bahía, el lugar donde empezó el relato colonial de Brasil y donde, cinco siglos después, persiste una forma de vida más lenta, sostenida por la naturaleza y la comunidad.
En un lugar así, la primera pregunta del arquitecto es: qué arquitectura es apropiada para habitarlo. Vila Marebo, diseñada por el arquitecto Frederico Zanelato, responde desde la organización del espacio. El encargo llegó de un colaborador de largo recorrido y debía incorporar dos bloques independientes unidos por una pasarela y una amplia galería acristalada. A partir de ella, el estudio entendió la casa como una aldea en miniatura que ocupa toda la parcela, donde los recorridos entre volúmenes y los espacios intermedios tienen tanto peso como las estancias.








Dos volúmenes y una galería
El diseño se apoya en dos condiciones que en el sur de Bahía son una exigencia: la orientación respecto al sol y el aprovechamiento del viento. La separación en dos cuerpos permite que la brisa atraviese el conjunto, y las aberturas, situadas de forma estratégica, garantizan la ventilación cruzada en el interior. El resultado es una arquitectura porosa, en la que el límite entre dentro y fuera se diluye y el clima tropical forma parte del proyecto como un material más.
Los dos volúmenes se leen con claridad desde la calle. Son cuerpos blancos, encalados, coronados por cubiertas de teja cerámica que se inclinan en direcciones opuestas y apoyan sobre postes torneados de madera cuyos extremos asoman bajo el alero, en una cita directa a la casa tradicional del litoral de Bahía. Entre ambos, retranqueada, la galería acristalada se envuelve en una cortina de varas de biriba dispuestas en vertical. Las varas conservan su forma natural, ligeramente irregular, y componen un velo que protege el interior sin cerrarlo. Durante el día tamiza el sol y la mirada; al anochecer, con las luces encendidas, la fachada se transforma en una linterna que se refleja sobre la piscina y la calle de arena.
La entrada a la casa se realiza por una puerta pivotante de madera, flanqueada por paneles de lamas, que da paso al área social, un espacio de doble altura cubierto por una galería de estructura de madera y cerramientos de vidrio. Bajo la cubierta transparente de la galería, un techo de finas varas de biriba actúa como celosía y deja pasar la luz en franjas que se proyectan sobre el suelo. Esa cubierta orienta la mirada y el paso hacia el área social, y convierte la entrada en un tránsito gradual hacia el exterior. En la planta superior, una pasarela atraviesa el vacío de la doble altura para unir los dos bloques; sus barandillas de troncos y cuerda trenzada, junto a las lámparas de fibra que cuelgan sobre el espacio, prolongan la misma lógica material del conjunto.



La casa cambia de carácter hacia el jardín
La casa cambia de carácter hacia el jardín y se abre por completo. La planta baja se prolonga en porches sostenidos por troncos de madera, y una amplia tarima conecta las estancias con la piscina, que se pliega en L junto a ella. Las terrazas de la planta superior, con barandillas de madera rústica, hacen de cubierta para los espacios que quedan debajo. Bajo una de ellas se resuelve la cocina exterior, con una barra de obra y una larga balda donde se alinean piezas de barro; bajo la galería central, un gran comedor se reúne en torno a una mesa redonda, presidido por una lámpara de fibra vegetal. La cocina interior se abre a la tarima mediante grandes paños plegables de vidrio, de modo que en los días de calor la frontera entre dentro y fuera desaparece.
En la planta baja, una suite cuenta con un baño cuya ducha se abre, a través de un paño de vidrio, a un pequeño jardín privado cerrado por una empalizada de troncos, de manera que el agua, la vegetación y el cielo forman parte del mismo espacio. En la planta superior, otras dos suites disponen de terrazas propias, abiertas entre palmeras hacia los tejados vecinos. En los dormitorios, las mosquiteras suspendidas sobre las camas, los tejidos claros y las piezas de barro prolongan la misma sobriedad del exterior.




La elección de los materiales responde a una voluntad de pertenencia
La cal blanca de los muros, la calidez de la madera, el vidrio y las fibras naturales, presentes en las cuerdas de las barandillas y en el tejido de las lámparas, componen una paleta reconocible en la arquitectura vernácula de la región, reinterpretada con un lenguaje contemporáneo. El protagonismo recae en la biriba, una madera de la mata atlántica que se trabaja en varas finas y con la que se resuelven techos y cerramientos. Su función es doble: filtra la luz natural, protegiendo los interiores del exceso de radiación, y proyecta sombras cambiantes que se desplazan por suelos y paredes a medida que avanza el día. La casa se convierte así en un reloj de sol habitable, y el material argumenta su presencia por razones climáticas y sensoriales. El mismo material se extiende a los cerramientos de la parcela, resueltos con empalizadas de troncos, y su presencia acaba unificando casa y jardín bajo una única textura.
El proyecto incorpora además una serie de elementos artesanales que dialogan con la arquitectura. Las vasijas y cántaros de barro, la cestería, las lámparas de fibra trenzada, el mobiliario de madera maciza y las sillas de rejilla remiten a los oficios de la región y dan continuidad, a escala doméstica, a la misma lógica de lo hecho a mano que define la construcción.
Esa atención a lo local recorre la trayectoria de Zanelato, para quien la arquitectura bioclimática, la ventilación natural y el empleo de materiales del lugar constituyen una ética de proyecto más que una etiqueta. En Vila Marebo esa ética se traduce en una construcción ligera y abierta, que se apoya en el clima para resolver el confort y en la tradición constructiva de la región para encontrar su forma.





Habitar la pausa
La casa cobra pleno sentido en el uso. La organización fluida del programa favorece los encuentros, las conversaciones largas, el ocio compartido, y hace de los recorridos entre volúmenes un lugar de estancia. Quien la habita despierta con la luz tamizada por las varas de madera, siente el fresco de la mañana entrar por las terrazas y deja que la brisa del mar marque el ritmo del día. Las vacaciones adquieren aquí otra cualidad, dejan de ser una interrupción para convertirse en una manera de habitar. El propio arquitecto lo resume con una idea que devuelve al punto de partida, al río que hay que cruzar para llegar a Caraíva. Estar en Vila Marebo, escribe, es comprender que “el tiempo en Bahía corre a otro compás”. La casa asume ese tiempo como condición de proyecto y lo hace habitable.
Proyecto: Vila Marebo.
Ubicación: Caraíva, Porto Seguro, Bahía (Brasil).
Programa: Residencia vacacional en dos bloques con área social de doble altura, cocina abierta a zona gourmet y tres suites.
Superficie: 200 m2.
Terminado: 2025.
Arquitectura: Frederico Zanelato Arquitetos.
Arquitecto responsable: Frederico Zanelato.
Fotografía: Oka fotografia.
Materiales principales: cal blanca, madera, vidrio, fibras naturales y varas de biriba.
Fuente: Frederico Zanelato.

Frederico Zanelato
Frederico Zanelato (Ribeirão Preto, 1972) llegó a la arquitectura por el camino del oficio. De niño aprendió dibujo, pintura y escultura en la Casa da Cultura Cândido Portinari de su ciudad natal, y en la adolescencia sumó el teatro y el dibujo publicitario y arquitectónico en la escuela Bauhaus. Esa formación temprana, más próxima al taller que al aula, ayuda a entender una obra que piensa desde la materia y la mano antes que desde la imagen.
Se licenció en Arquitectura y Urbanismo por la Universidade Braz Cubas en 1999, el mismo año en que fundó su estudio, Frederico Zanelato Arquitetos, con sede en Mogi das Cruzes, en el estado de São Paulo. Cursó después el máster profesional del Instituto de Pesquisas Tecnológicas del Estado de São Paulo (IPT), donde abrió una línea de investigación que incluye sostenibilidad, economía y diseño contemporáneo y que sigue orientando su práctica. Entre 2000 y 2005 enseñó Proyecto Arquitectónico y Dibujo en la Braz Cubas, y mantiene el vínculo con la universidad a través de conferencias y talleres en escuelas de arquitectura de todo Brasil. Desde 2014 trabaja también junto a Ar:Co Arquitetura Cooperativa.
El estudio actúa en todas las escalas, de arquitectura y urbanismo, guiado por la arquitectura bioclimática como método, los materiales del lugar como argumento y la ventilación natural como forma de dialogar con el clima. De esa forma de trabajar han nacido obras tan distintas como la restauración del histórico Casarão do Chá, en Mogi das Cruzes, la Casa ER, en el sur de Bahía, vestida con una fachada de cerámica artesanal, o la Casa MS, en el interior paulista. Casi cuarenta colaboradores han formado parte de su equipo a lo largo de más de veinticinco años.
Su trayectoria ha acompañado desde el inicio el circuito de los premios y bienales brasileños. Fue seleccionado en varias ediciones del Prêmio Jovens Arquitetos, con exposición en el Museu da Casa Brasileira, participó en cinco ediciones de la Bienal Internacional de Arquitectura de São Paulo y obtuvo una mención en la VI Bienal Iberoamericana (2007). En los últimos años ha recibido el tercer premio del 5º Prêmio Saint-Gobain de Arquitetura Habitat Sustentável (2018), distinciones de la AsBEA y el primer premio de la Premiação IAB 2021, edición del centenario del Instituto de Arquitectos de Brasil en Bahía. Ese mismo año, el Instituto Coreano de Arquitectos incluyó su obra en la exposición Hidden Architects, en Seúl. Su relación con los concursos es igual de larga: desde las convocatorias barcelonesas de vivienda en el centro histórico (1995) y la sede de la Fundació Mies van der Rohe (1998) hasta la escuela para Guinea-Bisáu (2010) o el Campus Cabral de Curitiba (2012).
Una trayectoria que empezó entre lápices y arcilla en Ribeirão Preto y que sigue midiendo cada proyecto por su capacidad de pertenecer a su lugar.
Frederico Zanelato Arquitetos
Rua Presidente Rodrigues Alves, 82
Centro CEP 08710-170
Mogi das Cruzes. São Paulo
+11 4725 7740 | +11 4725 9879
contato@fredericozanelato.com.br
www.fredericozanelato.com
@fredericozanelato
Project by Frederico Zanelato
