Hay lugares de la costa mediterránea que se entienden mejor caminando tierra adentro. Creixell, a dieciocho kilómetros al norte de Tarragona, es conocido por sus dos kilómetros de arena dorada y por la playa del Gorg, donde las dunas conservan su flora y fauna autóctonas en un espacio protegido de humedales. Su carácter más hondo, sin embargo, se descubre en el interior. El casco antiguo se recoge en torno a un castillo cuyas partes más antiguas se remontan al siglo XI, vigilado por tres torres de defensa del siglo XIV que todavía señalan los flancos de la antigua villa cerrada. Sobre los tejados asoma la iglesia de Sant Jaume, coronada por el remate modernista que Josep Maria Jujol, colaborador de Gaudí, añadió a su campanario. Más allá, los restos de una villa romana del siglo I a. C. recuerdan que este territorio lleva más de dos mil años siendo habitado.
Los caminos que salen del pueblo atraviesan campos de secano, algarrobos y olivos contenidos por márgenes de piedra. Es un paisaje construido con lo que había a mano, en el que cada muro explica su origen y su función. Esa misma lógica, la de una arquitectura que muestra de qué está hecha, recorre Casa Arlo, la vivienda unifamiliar proyectada por los arquitectos Luis Royon Barea y Andreu Arévalo Llàcer en una de las zonas residenciales de Creixell.


Un prisma sobre la pendiente
La casa, de 310 metros cuadrados construidos, se presenta como un prisma de aristas nítidas y geometría limpia que se asienta con cuidado sobre el terreno. La cota de la planta baja coincide con el centro de gravedad de la parcela, una decisión que reduce al mínimo las alteraciones del perfil natural. Los retranqueos que fija la normativa definen la huella del edificio, y el resultado es un monolito blanco que recoge los cambios de la luz mediterránea a lo largo del día.
Sobre esa fachada lisa se abren grandes huecos con carpinterías de madera natural, que introducen un contrapunto cálido y conectan el interior con el entorno. Al caer la tarde, cuando la casa se ilumina desde dentro, esos vanos se convierten en el rasgo más elocuente del volumen.
El encuentro con el suelo se resuelve mediante un basamento de hormigón visto que absorbe el desnivel. Sobre él, la franja libre que rodea la vivienda se destina al uso exterior. En la esquina opuesta al acceso, donde la geometría del solar ofrece más holgura y mejor soleamiento, una plataforma de madera acoge una piscina de líneas sencillas. A su lado, una pérgola ligera cubierta de cañizo tamiza el sol y proyecta sobre los acristalamientos un dibujo cambiante de sombras, a la manera de los emparrados tradicionales del litoral. Incluso la escalera que salva los bancales del jardín está construida con los mismos bloques cerámicos del interior, colocados de forma que sus perforaciones quedan a la vista en cada peldaño.







La estructura como acabado
El carácter de la obra nace de una decisión constructiva que los arquitectos han querido mostrar en todo el proyecto: cada material se muestra tal como es y cumple una función reconocible. La estructura aérea se resuelve casi por completo con elementos de hormigón prefabricado, un sistema modular que aporta orden métrico, economía de medios y una estética de raíz industrial. Ese montaje en seco convive con la planta sótano, donde los muros de contención se ejecutan en hormigón armado in situ. El subsuelo resiste los empujes del terreno y funciona a la vez como podio técnico, con el aparcamiento y las instalaciones de la vivienda.
En el interior, la paleta se reduce a tres materiales. Los cerramientos verticales dejan a la vista el bloque de termoarcilla, cuya textura estriada aporta una vibración geométrica constante, un tono terracota que aporta calidez a los espacios y una notable inercia térmica. Frente a esa superficie rugosa, el hormigón aparece crudo en pilares y forjados, con las marcas del encofrado y el peso de su presencia. El pavimento continuo de madera completa el conjunto y devuelve la escala doméstica. Los arquitectos hablan de un “brutalismo cálido”, y la expresión describe con precisión una atmósfera en la que la austeridad material produce, paradójicamente, una sensación de acogida.
Las instalaciones discurren vistas, con sus tubos blancos recorriendo muros y techos, y el mobiliario de madera de pino, las estanterías llenas de libros y las lámparas de ratán prolongan esa misma honestidad hasta la escala del objeto.



El vacío que ordena la casa
El acceso se ha desplazado hacia la fachada oeste, donde el desnivel con la calle es menor y la entrada puede producirse de forma suave. Un vestíbulo contenido, separado del espacio de trabajo por una celosía de listones de madera, prepara el paso hacia la zona de día, que se abre de golpe como una gran plataforma continua. La cocina, resuelta con frentes blancos lisos y encimeras de acabado madera, se organiza en torno a una isla que mira hacia el resto de la planta y favorece la vida compartida a lo largo del eje longitudinal de la casa.
El verdadero motor espacial aparece junto al núcleo central de comunicación vertical: una doble altura que acoge el salón y la biblioteca y enlaza las dos plantas principales. Este vacío amplía la percepción del espacio y actúa también como regulador térmico y lumínico, porque los ventanales superiores llevan la luz natural hasta el fondo de la planta baja. La arquitectura responde aquí a criterios pasivos precisos. Las aberturas enfrentadas permiten la ventilación cruzada, y la orientación garantiza que el sol de invierno entre directamente en la sala principal entre las diez y las doce, hora solar, en torno al solsticio.
La escalera de hormigón que comunica las plantas se aligera gracias a su cerramiento, una malla metálica blanca de tipo red que protege sin interrumpir el paso de la luz. Vista desde el salón, la escalera parece suspendida en un velo translúcido.



Habitar la galería
En la planta superior, el pasillo de distribución funciona como una galería que se asoma al salón a través de grandes acristalamientos enmarcados en madera. Desde allí se domina la doble altura, de modo que la zona privada, con dos dormitorios y un pequeño balcón exterior, participa de la amplitud del espacio común. La luz y las vistas atraviesan la casa de un extremo a otro, y la vida cotidiana de la planta baja permanece presente también arriba.
Los dormitorios mantienen el tono sereno del conjunto. En el principal, una cama con dosel de tela ligera, un lavabo doble sobre encimera de bambú con espejos redondos suspendidos de montantes de madera y una ducha revestida de piezas de hormigón componen un espacio abierto y fluido. En la habitación infantil, el bloque cerámico se pinta de blanco y conserva su textura, mientras una cama baja de madera, unas estanterías de pequeña altura y un columpio colgado del forjado convierten la estructura en soporte del juego. Es en estos detalles donde la casa revela su condición más valiosa: una arquitectura pensada para acompañar una vida familiar que crece, cambia y ocupa el espacio a su manera.
Una casa hecha de lo esencial
Casa Arlo demuestra que la contención material puede ser una forma de generosidad. Con una paleta reducida y unos elementos constructivos de uso corriente, el proyecto alcanza una expresividad que procede de la proporción, del orden estructural y del cuidado con que cada pieza se deja ver. La tensión entre el sistema prefabricado y la experiencia singular de habitar da a la vivienda su calma particular. Como los márgenes de piedra que ordenan los campos de Creixell, la casa se explica a sí misma a través de su construcción, y en esa claridad encuentra su belleza.











Proyecto: Casa Arlo
Ubicación: Creixell (Tarragona).
Superficie construida: 310 m².
Terminado: 2025.
Arquitectura: Luis Royon Barea y Andreu Arévalo Llàcer.
Fotografía: Lluís Bort i Cerezo.
Fuente: Lluís Bort.

Luis Royon Barea
Luis Royon Barea se tituló como arquitecto en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Reus (Universitat Rovira i Virgili) en 2017, y un año después fundó en Tarragona su propio estudio, LRB_arquitectura. Desde entonces ha desarrollado encargos de escala y naturaleza diversas, en el ámbito residencial, comercial y de la rehabilitación, acompañando cada proyecto a lo largo de todas sus fases: del concepto y el diseño a la dirección de obra y la coordinación técnica.
En paralelo, desde 2021 ejerce como arquitecto tasador para sociedades de tasación homologadas, entre ellas Gloval, una labor que le ha llevado a gestionar más de quinientos expedientes al año. Ese contacto continuo con viviendas reales, con sus problemas habituales y con las personas que las habitan, ha afinado una forma de trabajar basada en la anticipación y el trato directo. Royon entiende la arquitectura como un servicio cercano, sostenido por explicaciones claras y por la convicción de que cada cliente debe comprender, paso a paso, las decisiones que dan forma a su casa.

Andreu Arévalo Llacer
Andreu Arévalo Llàcer se formó en la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Reus (Universitat Rovira i Virgili), donde obtuvo el título en 2013 con matrícula de honor. Sus años de estudiante estuvieron marcados por el trabajo colectivo y experimental: participó en equipos como Solar Decathlon y Build Our Nation, en talleres como “La ciutat Mediterrània” o el desarrollado en EMBT, y formó parte del grupo BON en la Bienal de Venecia de 2012.
Tras unos primeros pasos en el urbanismo y la rehabilitación, orientó su trayectoria hacia el diseño conceptual y la visualización arquitectónica, primero como profesional independiente y como socio de Arquitectura Beta, y después con Beta Imagery, el estudio que fundó en 2017 y que dirige desde entonces. Colabora con estudios y constructoras en la conceptualización y definición de proyectos de paisajismo, interiorismo y obra residencial.
Su manera de proyectar descansa en la idea de que el concepto es el alma de la obra, y el desafío consiste en preservarlo intacto a medida que crece la complejidad técnica de su construcción. Arévalo persigue un diálogo en el que la idea y las restricciones se alimentan mutuamente, para dar lugar a espacios que concilian carácter y pragmatismo, hondura y ligereza.
Luis Royon Barea
Tarragona
+34 675 44 65 17
lrbarquitectes@gmail.com
lrbarquitectura.com
Andreu Arévalo Llàcer
Creixell (Tarragona)
andreuarevalo@gmail.com
Project by Luis Royon Barea
