Punta Garrobo cierra la bahía de Zihuatanejo por su extremo sureste, donde la Sierra Madre del Sur deja de ser montaña y se convierte en acantilado. Es un lugar que existía mucho antes de que a nadie se le ocurriera construir en él, con una selva baja que se aferra a la roca, un faro que desde 1940 guía a las embarcaciones que entran al puerto, y un horizonte de mar abierto que no distingue entre paisaje y océano. Cuando Rogelio Vallejo llegó a este punto de la costa de Guerrero para diseñar Casa Malonic, entendió que la intensidad del lugar —la luz, las piedras, la vegetación— era una experiencia completa, anterior a cualquier intervención. La arquitectura, aquí, más que en cualquier otro lugar, debía limitarse a interpretar el paisaje.
La respuesta de HW Studio –el estudio de arquitectura fundado por Vallejo Bores– fue reducir el proyecto a sus componentes más elementales: un suelo, una cubierta, una sombra. Es la lógica de la enramada, esa construcción mínima que no necesita representar nada porque ya cumple su condición esencial —cobijar, proteger del sol y de la lluvia, dejar que el paisaje transcurra alrededor sin interferir en él. Casa Malonic sigue esa misma lógica, el horizonte es su razón de ser. Así lo reflejan los primeros bocetos del proyecto.








Recorrer la casa para descubrirla
Desde la calle, la vivienda se presenta como una masa blanca y compacta, acompañada por un único muro curvo de hormigón que sigue el recorrido vial marcando el límite con la calle. La vegetación, las piedras y la topografía impiden que la casa se muestre totalmente, es preciso recorrerla para descubrirla en su verdadera dimensión. Este recorrido conduce a un patio circular de muros blancos, en el que aparece de nuevo el paisaje: un gran vacío en el espacio construido. “La arquitectura comienza a perder su condición de límite y se convierte en una forma de dirigir la mirada y el cuerpo hacia la belleza de la naturaleza circundante” comenta el arquitecto, y añade “el proyecto se organiza a partir de una transición: de la calle al refugio, del refugio al patio, del patio al paisaje. La arquitectura empieza siendo protección y termina siendo, apenas, una sombra frente al horizonte”.






Tierra y color convertidos en materia
Los materiales sostienen la relación con el lugar. “La materialidad no pretende representar el paisaje, sino establecer una continuidad sensorial con él. La arquitectura se experimenta primero con los pies, antes de ser comprendida con la mirada” explica Vallejo. El suelo recupera el color y la textura de la arena de la playa cercana, como si la casa hubiera encontrado una manera de prolongar ese suelo bajo su propia cubierta. El blanco de los muros, es una cita al entorno inmediato, a los nueve cacalosúchil —el árbol que aztecas y mayas consideraban sagrado y reservaban como ornamento para gobernantes— florecen alrededor de la casa con un blanco idéntico al de sus paredes.
Arquitectura esencial
Esta forma de proceder —reducir la arquitectura a lo esencial, dejar que el vacío organice el sentido del espacio— es reconocible en toda la trayectoria de Vallejo Bores quien sostiene desde hace años que la sensación de calma que persigue en sus proyectos tiene menos que ver con moldear el material que con esculpir el vacío, que termina siendo más determinante que la forma misma. En Casa Malonic ese principio se hace evidente en el patio circular, en la sustracción de muro que permite que el cielo forme parte de la experiencia doméstica, en la insistencia en que la casa no compita con el paisaje sino que se disuelva progresivamente en él. El propio Vallejo lo resume con una fórmula que podría aplicarse a toda su obra: “La masa blanca protege. El muro conduce. El vacío permite que el paisaje penetre. La cubierta ofrece sombra. Y el horizonte permanece”.
Proyecto: Casa Malonic.
Ubicación: Punta Garrobo, Zihuatanejo, Guerrero, México
Terminado: junio de 2026.
Superficie: 497 m².
Arquitectos: HW Studio.
Arquitecto principal: Rogelio Vallejo Bores.
Arquitectos: Oscar Didier Ascencio Castro y Nik Zaret Cervantes Ordaz.
Equipo: Juan Pablo Camacho Ayala.
Ingeniería estructural: Arga Constructora.
Constructora: Comaqso.
Fotografía: César Béjar.
Fuente: HW Studio.

Rogelio Vallejo Bores. HW Studio
Hay ciudades que enseñan arquitectura sin proponérselo, y Morelia fue la primera escuela de Rogelio Vallejo Bores. Creció en su centro histórico, entre canteras y bóvedas que llevaban siglos filtrando la luz de la misma manera exacta, y recuerda con nitidez el instante en que aquella presencia, hasta entonces un simple telón de fondo, se volvió revelación: sentado en el Templo de San Agustín, con la mirada puesta en las bóvedas, quedó completamente cautivado por la forma en que el sol entraba y transformaba el espacio. De niño imaginaba una vida como médico, pero esa fascinación temprana por la luz, el material y el efecto emocional de los espacios bien construidos fue, dice hoy, la semilla silenciosa de toda su práctica, la conciencia de que el diseño puede afectar profundamente a quien lo habita.
Vallejo es arquitecto por la Universidad Vasco de Quiroga, máster en Arte y Nuevas Tecnologías por la Universidad Europea de Madrid y máster en Diseño e Innovación en Valencia, ciudad donde colaboró además con Fran Silvestre Arquitectos. Su formación se amplió con un workshop junto a RCR Arquitectes —ganadores del Premio Pritzker— en Olot, Cataluña, y con un programa de desarrollo conceptual en el estudio de Aires Mateus, en Lisboa, en 2023. De cada una de estas experiencias tomó una manera de mirar: la atención al vacío, la economía de medios, la convicción de que lo esencial, bien entendido, basta.
Al frente de HW Studio, el estudio que fundó en 2010, Vallejo ha construido una obra que él mismo describe como silenciosa, precisa y atenta a la poesía sutil del espacio. Persigue una simplicidad que nunca cae en la esterilidad, espacios que el habitante pueda habitar por completo, donde cada línea, cada proporción y cada material tienen una razón de ser. “Una arquitectura que susurre en lugar de gritar”, dice, “que cree ambientes que inviten a la reflexión, a la contemplación, a una conciencia serena de la propia presencia”. Su arquitectura se sostiene en un método propio, casi ritual. Cada proyecto nace de tres elementos entrelazados: el habitante, el sitio y el propio equipo de diseño.
Para comprender al habitante, Vallejo y su estudio se sumergen en los espacios que han marcado su vida —las casas donde ha vivido, los lugares donde ha experimentado alegría o calma— y recurren incluso a un instrumento psicológico aplicado por un neuropsicólogo, cuyas lecturas traducen después en gestos espaciales, escalas y materialidad. El sitio, por su parte, nunca es un simple terreno: es una presencia viva que visitan una y otra vez, observando cómo se mueve la luz a lo largo del día, qué texturas tienen los materiales, qué sonidos se absorben o resuenan. Y para comprenderse a sí mismos como diseñadores, practican meditación zen: a través del silencio y la presencia atenta cultivan una sensibilidad perceptiva, una manera de sentir las corrientes invisibles del espacio, el tiempo y la luz. De esa conversación íntima entre habitante, sitio y uno mismo emerge, poco a poco, un edificio: cada muro, cada modulación, cada proporción se convierte en eco de una experiencia vivida.
Vallejo cree, cada vez más claramente, que esa sensación de calma que persigue tiene menos que ver con moldear el material y más con esculpir el vacío —lo que en japonés se llama ma—. Eso significa pensar el espacio no como ausencia sino como presencia: un marco silencioso donde la luz, la sombra y la experiencia humana pueden desplegarse.
Sus referentes hablan el mismo idioma contenido. Entre sus obras favoritas del mundo están el templo Entoku-in, en Kioto, y el Museo de Arte de Teshima, en Kagawa: una arquitectura tradicional y otra contemporánea que comparten, según Vallejo, una delicada sensibilidad hacia el vacío, el material y la presencia humana. Entre sus influencias declaradas están Tadao Ando, Kengo Kuma y Luis Barragán, arquitectos cuya obra describe como poética, sutil y profundamente conectada con la luz, el material y la experiencia humana; y, más al fondo, la sabiduría budista, que le enseñó la atención, el silencio y una conciencia profunda de la presencia.
Ese modo de mirar, forjado entre Morelia, Valencia, Olot y Lisboa, no ha pasado inadvertido. En pocos años, HW Studio ha recibido reconocimientos como Design Vanguard 2024 y Record House 2023, ambos de Architectural Record; una nominación al Mies Crown Hall Americas Prize for Emerging Architecture 2024, otorgada por el Illinois Institute of Technology; el German Design Award 2024 a la excelencia en arquitectura; el Kyoto Global Design Award 2023; y distinciones de Azure Magazine, Architecture Hunter Awards, Archello Awards y Loop Design Awards, entre otras. Su obra ha sido publicada en Architectural Record, Azure, Architectural Digest, Dezeen, Archello y Architizer, y el estudio ha sido incluido entre las mejores firmas de arquitectura de México y entre los estudios más influyentes de Latinoamérica.
Preguntado por el consejo que le hubiera gustado recibir al empezar, Vallejo no habla de estrategia ni de oficio, sino de rendición: “Ojalá alguien me hubiera dicho que no luchara tanto, que me permitiera fluir con la vida, más allá de los planes e ilusiones del propio ego.” Estamos aquí, dice, para experimentar una multitud de emociones, y una de ellas —el sufrimiento— nace del deseo de que las cosas sean distintas de como son. Aceptar la vida tal cual es, con sus momentos de alegría y de dolor, le parece la lección más esencial, tanto para vivir como para diseñar. “Confía en tu propia percepción y en tu propio silencio”, añade. “Es fácil dejarse distraer por las tendencias, el reconocimiento o el deseo de impresionar. Pero la arquitectura tiene que ver con cómo las personas se experimentan a sí mismas, no con presumir.”
Si tuviera que resumir su arquitectura en un mantra, Vallejo elegiría un instante raro pero profundamente conmovedor que a veces le regala la meditación: esos breves segundos de silencio en que incluso el monólogo interior se detiene, y no queda más que un espacio puro y quieto. Esa ausencia de ruido, ese silencio, es lo que intenta infundir en cada uno de sus edificios. Vuelve entonces, inevitablemente, al niño sentado bajo las bóvedas del Templo de San Agustín, en Morelia, mirando cómo la luz cambiaba de forma sin que nadie se lo hubiera enseñado. Toda su arquitectura, treinta años después, sigue siendo un intento de devolver aquel instante a quien la habita.
HW Studio
Enrique González Martínez, 82
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