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Piano Piano

Fundado en València en 2016 por Maria Donnini y Maria Grifo —ambas nacidas en 1988, arquitectas por la ETSA de València y con una formación ampliada en Lisboa y Génova—, Piano Piano es un estudio que entiende la arquitectura como un trayecto paciente. Una secuencia de decisiones encadenadas que, capa a capa, van construyendo la lógica interna de cada proyecto, siempre desde una mirada analítica, conceptual y profundamente atenta a lo esencial.

Su nombre, que evoca un avanzar prudente, refleja con fidelidad la forma en que ambas arquitectas conciben su trabajo: un proceso consciente, en el que las bases del proyecto se establecen con claridad desde el inicio, para permitir que las complejidades posteriores se sumen sin romper la coherencia del conjunto. Para Donnini y Grifo, la arquitectura es un tejido narrativo en el que cada elemento —la geometría, la luz, la textura, el color— encuentra su lugar en un discurso común.

Su paso por Italia y Portugal dejó en ellas una impronta visible: el gusto por el detalle, la precisión del milímetro, la elegancia contenida de las cosas bien hechas. Allí aprendieron también el respeto por lo ya construido, por esa arquitectura que, provenga de manos expertas o de la sabiduría popular, guarda siempre una enseñanza silenciosa. De igual modo, adoptaron una visión rigurosa del oficio, que combina el sentido práctico con una sólida base teórica; una actitud especialmente necesaria en tiempos en los que la arquitectura debe justificar sus decisiones con lucidez y responsabilidad.

Piano Piano trabaja principalmente en el ámbito residencial, tanto en obra nueva como en rehabilitación, aunque ha desarrollado también intervenciones en el paisaje, equipamientos públicos y proyectos urbanos. Su aproximación es siempre la misma, independientemente de la escala: desde un objeto cotidiano a un edificio completo, buscan una claridad geométrica que no sea rígida, una materialidad capaz de dialogar con el entorno y una calidad espacial que permita que el proyecto evolucione con vida propia.

El trabajo en equipo es para ellas un principio esencial. Saben que la arquitectura requiere especialistas y colaboraciones que amplían el horizonte del proyecto; por eso se acompañan de profesionales con conocimientos específicos —estructuras, control ambiental, oficios artesanales— que enriquecen el proceso y completan la narrativa. Esta actitud les ha permitido desarrollar un método compartido, casi simbiótico, en el que ambas proyectan a cuatro manos hasta que una toma el relevo y vuelve a contrastar el camino con la otra, asegurando así una coherencia que ya es marca del estudio.

En paralelo, han iniciado su primera incursión en el diseño de producto con Mínima, una colección cerámica creada para activar emociones desde el milímetro: piezas a medio camino entre el objeto cotidiano y el componente arquitectónico, pensadas para convivir con otros materiales y expandir el lenguaje del estudio.

Sus proyectos dialogan de manera constante con la nueva materialidad. Rehúyen la artificiosidad para descubrir respuestas contemporáneas en lo vernáculo, estudiando el lugar y su historia para reinterpretar tradiciones, desmontarlas y recomponerlas con frescura. Buscan que quienes habitan esos espacios puedan reconocerse en ellos, que perciban la memoria, la escala humana y el sentido de pertenencia.

Su arquitectura quiere ser también saludable, atenta al bienestar y a la vida cotidiana. Trabajan con envolventes eficientes, distribuciones evolutivas —capaces de adaptarse al paso del tiempo sin grandes transformaciones— y una sensibilidad que mira con cercanía y cuidado a quienes ocuparán cada espacio. Para ellas, la sostenibilidad nace de la empatía, de la elección precisa del material y de una relación honesta con el territorio.

Como estudio joven, han enfrentado dificultades habituales —honorarios bajos, competencias desiguales, la desaparición de concursos de ideas— y otras más estructurales, ligadas al género o al reconocimiento profesional. Pero han sabido mantenerse fieles a su manera de trabajar: rigurosa, humana, colaborativa y sin artificios.

Entre sus referentes se encuentran arquitectos italianos del siglo XX como Mario Ridolfi, Gio Ponti, Lucio Caccia Dominioni, Carlo Scarpa o Luigi Moretti; las sensibilidades domésticas de Le Corbusier o Aldo van Eyck; la rotundidad de Lina Bo Bardi; y parte de la arquitectura centroeuropea más reciente, como la de los belgas De Vylder Vinck Taillieu. Una constelación de influencias que revela su inclinación por arquitecturas donde la intención aparece desde el inicio, donde el dibujo ya contiene la obra.

Piano Piano avanza así, paso a paso, fiel a un proceso que no busca grandes gestos, sino decisiones claras, materiales honestos y una espacialidad capaz de acompañar la vida. En su arquitectura late una mezcla de delicadeza, rigor y oficio que construye lugares que envejecen bien, que se integran en su entorno y que, con el tiempo, encuentran su propia voz.

publicado en Exágono