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Silvia Valentín

En su taller de Hortaleza, la ceramista madrileña Silvia Valentín modela un universo propio: un territorio donde las formas imperfectas encuentran su dignidad, donde la cerámica se convierte en una forma de estar en el mundo. Las piezas de Silvia no buscan la simetría ni la perfección geométrica; reivindican la belleza de lo vivo, lo irregular, lo que parece recién rescatado de un tiempo remoto.

Licenciada en Bellas Artes, especializada en restauración de pintura, Silvia se dedicó durante varios años a la restauración de pinturas murales en yacimientos arqueológicos hasta que descubrió la cerámica. Se formó en la Escuela de Cerámica Francisco Alcántara y ha convertido su trabajo con la arcilla en el espacio donde su creatividad respira con más claridad: “Para mí la cerámica es la manera de construir un mundo en el que me encuentro bien. Pero, sobre todo, lo que busco es hacer piezas bellas que ocupen su espacio digna y expresivamente”. Su trabajo se reconoce al instante: superficies rugosas, colores terrosos, óxidos profundos, interiores esmaltados que contrastan con exteriores ásperos. Esa tensión sensible entre dureza y caricia define su lenguaje.

Hay algo ancestral en su renuncia al torno. Silvia comprendió que ese método no pertenecía a su forma de crear: “Me di cuenta de que el torno no era para mí, al descubrir otras técnicas constructivas que me permitían huir de la simetría y la perfección de las piezas hechas con torno”. Trabaja únicamente con barro refractario, un material honesto que le permite abrazar el azar, lo inesperado, lo que sucede entre las manos cuando la idea deja de ser idea y se convierte en forma: “un material… que potencia la creatividad de todo el que entra en contacto con él”. En su proceso, el barro dialoga, cambia mientras ella lo cambia. Y juntos encuentran una dirección: el barro le guía, le cuenta lo que quiere ser.

Aunque su obra destila modernidad, Silvia la entiende como una continuidad histórica: “objetos de arqueología futurista o atemporales”, una expresión que define con precisión la identidad de su trabajo. No es casual que visite museos de arqueología como quien visita un oráculo, ni que confiese emocionarse ante una pieza prehistórica. Esa herencia se percibe no solo en las formas, sino en su búsqueda esencial: “su esencia orgánica, sin adornos ni florituras técnicas”. Sus mezclas artesanales de esmaltes, sus texturas rugosas, sus perfiles inesperados anuncian un lenguaje personal que expande los límites del oficio. Sus piezas recuerdan a la cerámica antigua, pero con un estilo muy peculiar que convierte su obra en contemporánea. Su legado es un puente: de lo arcaico a lo actual, de lo intuitivo a lo diseñado.

La cerámica como espacio interior

Trabajar con barro es para Silvia una forma de habitarse: “una especie de meditación que conecta con la memoria dormida, una sensación de concentración plena, instantánea, sin esfuerzo”. Ahí reside la verdad de su obra: cada cuenco, cada fuente, cada jarrón es una conquista silenciosa contra la prisa. Una invitación a recuperar la atención, a volver al tacto, a permitir que los objetos nos recuerden que la belleza, cuando es honesta, nace de lo esencial.

Las piezas de Silvia Valentín escriben, en líneas irregulares, una nueva página en el arte cerámico contemporáneo. Conservan ecos ancestrales, pero hablan en voz presente. Son arte, sí, pero también compañía. Son objeto y gesto, utilidad y poesía. Son, sobre todo, un modo de mirar la vida con las manos.

publicado en Exágono