Tove Kindt-Larsen

Durante décadas, su nombre fue eclipsado por la firma compartida con su marido, pero hoy, en un acto de justicia histórica, Tove Kindt-Larsen (1906–1994) resurge como figura clave del diseño danés moderno. Con una mirada sensible hacia los materiales naturales, una inclinación por las formas curvas y una determinación silenciosa, Tove fue una de las primeras diseñadoras en forjar un camino propio durante la edad de oro del diseño en Dinamarca.

Un talento precoz en tiempos de hombres

Nacida en Reddersen, su trayectoria arrancó en 1931 junto al arquitecto Thyge Hvass, y muy pronto dejó su huella. Antes de casarse con el también diseñador Edvard Kindt-Larsen, ya había ganado el primer premio en el prestigioso certamen del Gremio de Ebanistas y un tercer lugar en la competencia del Gremio de Mimbre Danés con su mobiliario de fibras naturales.

En 1938, el diseñador Mogens Voltelen la definía así: “Se atreve a resolver un reto desde un enfoque completamente nuevo.” Lo suyo era una sensibilidad adelantada a su tiempo: materiales nobles, soluciones flexibles, y una estética libre de excesos.

El arte de diseñar sin rigidez

Formada como arquitecta y más tarde alumna de Kaare Klint –considerado el padre del diseño danés moderno– Tove adoptó un enfoque radical para su época: en lugar de pensar en ambientes completos, empezó a diseñar piezas individuales que permitieran a los usuarios construir sus propios espacios. Esta libertad de composición, combinada con la incorporación temprana del ratán y la madera moldeada, la convirtió en una figura pionera.

Allí conoció a Edvard. Juntos compartieron una sensibilidad común por los materiales naturales y una búsqueda incesante por el equilibrio entre funcionalidad y belleza.

Un estudio compartido, una huella colectiva

Se casaron en 1937 y en 1945 abrieron su estudio conjunto. Rompieron con el peso del mobiliario victoriano para abrir paso a un diseño limpio, funcional y honesto. A lo largo de los años, crearon desde muebles hasta textiles, joyería, tapices, papel pintado y hasta edificios. Entre sus creaciones más conocidas están la Fireplace Chair (1939), el Sofá Pagoda (1956), la Silla Pagaj (1960) y el Sofá Prisma (1964).

Pero su influencia no se limitó a objetos. Desde 1943 hasta 1966, Edvard fue responsable de las exposiciones del Gremio de Carpinteros de Copenhague, vitrinas fundamentales en la historia del diseño escandinavo. Las diseñaban juntos. Durante 23 años, esas exposiciones mostraron su visión compartida: piezas prácticas, adaptadas a la vida moderna, pero cargadas de poesía formal.

Una presencia silenciosa, pero imborrable

Viajaron a Estados Unidos junto a grandes nombres del diseño danés –Wegner, Klint, Juhl, Jacobsen– para dar a conocer el lenguaje escandinavo al mundo. Edvard recibió premios como la Medalla Eckersberg (1949) y el galardón honorífico del Gremio (1957), e incluso la reina Ingrid de Dinamarca adquirió un taburete giratorio de cuero diseñado por la pareja. El nombre de Tove no figuró en los reconocimientos, pero su huella está presente en cada fibra de esos diseños.

Hoy, gracias a la recuperación de sus obras firmadas en solitario –como la Grace Chair, desarrollada a partir de un boceto de 1936– GUBI reivindica su figura como una fuerza creativa individual. Su estilo, profundamente orgánico y sutilmente radical, no solo complementó la estética danesa del siglo XX: la enriqueció con una nueva sensibilidad, más libre, más humana.

publicado en Exágono