Cuando el interiorismo deja a un lado lo convencional y decide inventar, surgen proyectos como Casa Macedonia de Emiliano Domingo, fundador de Bardo Arquitectura, uno de los jovenes arquitectos más prometedores, que nos sorprende, en cada nuevo proyecto, con propuestas innovadoras y atrevidas.
El encargo recibido partía de una premisa rotunda: el cliente no quería un espacio diáfano. Quería lo contrario, intimidad, compartimentación, estancias que existieran por sí mismas. En un momento en el que el espacio abierto sigue siendo la respuesta habitual de la arquitectura residencial, Domingo respondió con una planta fragmentada, organizada en torno a un patio interior que actúa como articulador silencioso. Y desde esa decisión inicial, discreta en el plano, radical en sus consecuencias, surge todo lo demás.
La sorpresa como estructura
El recorrido de Casa Macedonia se organiza como una secuencia de escenas. El patio permite una circulación perimetral continua que hace que cada estancia se descubra sin haberse anticipado. Es una estrategia espacial con raíces teatrales —el fuera de campo, el umbral como momento— y con efectos muy concretos en la experiencia doméstica. La casa no se ofrece de golpe, se abre por capas.
El hilo conductor de ese descubrimiento es el metacrilato neón. Un pilar y una viga estructurales —inamovibles por definición— se forraron con polimetilmetacrilato en verde ácido, fluorescente, imposible de ignorar. La limitación técnica desaparece, en su lugar aparece una pieza escultórica que estructura umbrales, filtra la luz, genera reflejos y convierte cada paso entre estancias en una transición escenográfica. Aquí está la clave de la propuesta de Bardo, los problemas, en vez de disimularlos, los convierte en actores de la escena.
Ese metacrilato verde-neón atraviesa la vivienda como una firma. Se le ve en los marcos de paso, en las aristas que separan el dormitorio del salón, en los reflejos que proyecta sobre los suelos continuos de microcemento blanco. De cerca, filtra la vista hacia las estancias contiguas, superpone planos, adelgaza la separación entre dentro y fuera de cada habitación. Es simultáneamente estructura y decorado, límite y membrana. Más que separar, conecta.





El salón: la escena central
El salón es el epicentro del proyecto y, probablemente, su espacio más difícil de clasificar. Conviven en él la mesa de comedor con sillas Steel and Leather de Katavolos, Kelley y Littell —piezas de los años cincuenta recuperadas en Galería A—, la lampara colgante P376 KF2 de &tradition, y un sofá de Westwing envuelto en sábana blanca con manta naranja de Viso Proyect, que ocupa el espacio sin pedir disculpas. El gesto —cubrir el sofá como si fuera una escultura a medio desvelar— tiene algo de provisional y deliberado, coherente con un proyecto que no distingue demasiado entre mobiliario y escenografía.
Entre las dos ventanas, la pintura de Miju Lee ocupa el centro visual del espacio con la autoridad de lo que no pide permiso: una figuración de escala grande, paleta intensa, imágenes que mezclan lo onírico y lo pop sin resolverse del todo en ninguna de las dos categorías. Es exactamente el tipo de obra que necesita una pared así —blanca, quieta— para que el choque sea completo. Contra la pared lateral, la estantería integrada en el volumen cerámico —azulejo negro, brillante, en cuadrícula— guarda libros y objetos con la misma lógica que el resto de la casa: sin disimulo. Y en el ángulo del espacio, paneles en gradiente —rosa a naranja, rosa a magenta— de Fuensanta Sobejano se apoyan contra la pared como si esperaran ser colgados o como si prefirieran ese estado de provisionalidad.
El resultado es un espacio que no se lee de una sola vez. Hay demasiadas cosas que mirar, y ninguna de ellas está de más.
El comedor: el telón de fondo
Donde cualquier otro proyecto habría colocado una pared pintada en blanco roto, Bardo construyó un muro curvo panelado en DM lacado color berenjena. La curva es deliberada; el color, inesperado; el efecto acanalado, casi orgánico. Esta pared actúa como telón de fondo para el comedor y, al mismo tiempo, como divisor entre estancias. No es un elemento decorativo añadido; es arquitectura.
Los focos de fotografía que aparecen en las imágenes —con sus trípodes, sus reflectores— revelan que este espacio también puede usarse como estudio, que la vivienda puede albergar trabajo además de descanso. Bardo no ignoró esa condición: el espacio tiene la amplitud y la neutralidad de base necesarias para funcionar de dos maneras simultáneas, sin que ninguna comprometa a la otra.


La cocina: orden y subversión
La cocina es la demostración más precisa de la lógica proyectual de Bardo. Frente al alicatado blanco de cuadrícula perfecta —orden, claridad, una cierta memoria de lo tradicional—, el mobiliario en azul cobalto profundo ocupa el plano bajo con la contundencia de lo que no busca gustar: busca presencia. Los tiradores de acero cepillado son el único gesto de contención en un espacio que, por lo demás, no tiene ninguna.
La encimera de piedra natural trabaja con un perfil ondulado que recorre todo el frente y las esquinas, convirtiendo el plano de trabajo en una superficie casi topográfica. No hay ángulos rectos; hay colinas y valles. Y sobre el conjunto, la campana extractora cilíndrica lacada en amarillo limón ocupa el centro, con la seguridad de quien se sabe el centro de la escena.
La mesa de comedor de barra desmontable, diseñada por Bardo, junto con los taburetes Revolver de Hay, consiguen que la cocina se comunique con el resto de la vivienda sin abrirse físicamente a ella. El jarrón SC68 de &tradition, con flores de temporada, es el único elemento que cambia. Todo lo demás es permanente y deliberado.
El dormitorio: la calma merecida
El dormitorio principal se descubre desde el salón a través del marco de metacrilato neón: una apertura encuadrada en verde ácido que introduce la habitación como si fuera una imagen dentro de otra. El contraste es inmediato y deliberado. Donde el salón acumula, el dormitorio sustrae.
El espacio es recogido e íntimo. La ventana se abre en una hornacina de color berenjena intenso —el mismo tono que aparece en la pared curva del comedor, aquí concentrado en un hueco profundo— con un aplique de brazo en cobre que proyecta una luz cálida sobre la ropa de cama en lino lavanda. A su lado, una manta de pelo en crema y beige introduce una textura que invita al tacto. En la pared, una pintura de Raúl Galán de tonos terrosos y gestos orgánicos —tierras, ocres, trazos que sugieren paisaje sin nombrarlo— actúa como contrapunto silencioso a la figuración más eléctrica del salón. Es un dormitorio que funciona como los espacios de transición que Bardo ha distribuido por toda la vivienda.




Dos baños: dos argumentos
Casa Macedonia resuelve una de sus paradojas más interesantes en sus baños. Dos espacios separados, en extremos opuestos del relato cromático de la vivienda, que funcionan como pares de contraste.
El baño de invitados es una cápsula. El microazulejo blanco —diminuto, minucioso— tapiza paredes, encimera y columna de lavabo sin interrupción. La curva aparece en todos los bordes y esquinas, como si el espacio entero hubiera sido esculpido más que construido. El techo lacado en azul marino y la cornisa verde intenso cierran el volumen con una densidad cromática que no deja escapatoria. En el centro, el lavabo cuenco de cerámica gris antracita sobre la encimera revestida; al fondo, la cortina de baño en rojo coral. Es el espacio más extrovertido de la casa, el que más directamente habla del placer de habitar como experiencia sensorial total.
El baño de la suite del dormitorio principal elige el argumento opuesto. Tonos terrosos, superficies continuas, materialidad que no insiste. La calma como estrategia. Ambos pertenecen a la misma vivienda, ambos son igualmente coherentes con ella.

El estudio y la ducha exterior, sigue la escena
Entre el interior y el patio, Bardo coloca una zona de estudio que merece atención propia. El escritorio JFK de Norr 11 —negro, de líneas severas— y la silla Canasta de Arrben con estructura tubular de acero cromado generan una composición que mira hacia la ducha exterior a través de una carpintería de gran formato. Al otro lado del cristal, los azulejos de efecto ikat —teal sobre rosa salmón, irregulares, casi pictóricos— forman el fondo de la ducha exterior. Un panel de gradiente cromático de Fuensanta Sobejano, esta vez en rosa, lila y verde, completa el encuadre.
Es una de las transiciones más conseguidas de la vivienda: del rigor del escritorio a la sensualidad del azulejo pintado, con la luz madrileña como mediadora.
El patio: donde la casa respira
El patio de Casa Macedonia pertenece a otro universo y, sin embargo, es el mismo proyecto. Después del cromatismo interior —el neón, el berenjena, el azul profundo— el exterior abre una paleta de terracota y melocotón, materiales porosos, vegetación que habita el espacio. La estructura del techo, con sus perfiles en verde y las lamas horizontales que filtran la luz, genera un espacio cubierto sin ser interior, exterior sin ser descubierto.
Las lámparas textiles de Kauani —una en rojo, otra en fucsia y crema, otra en amarillo con puntos— cuelgan del techo como si fueran frutos maduros de una planta desconocida. El banco corrido en mampostería pintada, el suelo de piedra, la vegetación mediterránea —cactus de nopal, olivo— componen una escena de calma que actúa como contrapunto estructural de todo lo que ocurre dentro.
La ducha exterior, revestida en ese ikat de cerámica que mezcla teal y rosa, convierte un elemento funcional en una pieza pictórica. Los accesorios en latón cepillado son la única nota de calidez metálica en un espacio que, por lo demás, se mueve entre lo mineral y lo vegetal.


Bardo Arquitectura y el interiorismo emocional
Casa Macedonia tiene 150 metros cuadrados. No es un encargo de gran escala ni una vivienda excepcional por sus dimensiones. Lo que la hace singular es la densidad de decisiones proyectuales que contiene, la voluntad de no ceder en ningún punto a la convención y la claridad con que cada gesto responde a un argumento.
Emiliano Domingo construye desde hace años una forma de entender el interiorismo que no cabe en las categorías disponibles. Ni minimalismo ni maximalismo, ni eclecticismo decorativo, ni diseño de autor en el sentido más autocomplaciente del término. Es algo más escurridizo y más interesante: una arquitectura doméstica que toma en serio la experiencia emocional de las personas, que confía en el color y en la materia como argumentos de igual peso que la forma y el espacio.
En el panorama del interiorismo español, que tiende a la contención y al buen gusto como horizonte último, Casa Macedonia propone otra cosa, que la vivienda puede ser un lugar donde disfrutar de la emoción y donde habitar puede tener la intensidad de una experiencia. Sin duda, la arquitectura doméstica, gana en decibelios cuando no tiene miedo al riesgo.
Mobiliario y Arte
Entrada: mesa Jarron Nourage de los hermanos bouroullec para Vitra. Silla 9.5º de frama y cuadro de Alejandro Javaloyas.
Salón: mesa auxiliar de marquetería África y mesa auxiliar de macera negra ambas de Rue Vintage. Sillón Ekstrem de Terje Ekstrom, cedida por Rue Vintage también. En la pared cuadros de Fuensanta sobejano y lámpara del artista Jaime San Martín de Haro. Entre las ventanas, cuadro de Miju Lee. En el suelo, esculturas decorativas Modern farm de Ethnicraft, de Espacio Betty. El sofá es de Westwing, con manta de Viso Proyect.
Comedor: sillas vintage Steel and Leather de Katavolos, Kelley, and Littell, adquiridas en Galería A. En la esquina de la pared berenjena, escultura/lámpara parte de la colección de mobliario Tuning de los artistas Reparto (Margil Peña y Ana Viglione) & Jesús Meseguer. Sobre la mesa, lámpara P376 KF2 de &tradition.
Cocina: taburetes Revolver de Hay, lámpara GIGI nº3 de Warren & Laetitia sobre barra desmontable en mesa diseñada por Bardo. En las baldas, velas de Pampa Studio. En la encimera, tetera Il conico de Aldo Rossi para Alessi y jarrón Arcs de Hay . Jarrón con flores SC68, de &tradition.
Dormitorio: escultura de vidrio de Día Muñoz sobre la mesilla, en la pared cuadro de Raúl Galán, lámpara de pie de xxx, de Espacio Betty. Sobre la mesilla, juego de jarra y vasos Collect, de &tradition. En la estantería, lampara Pantella, de Louis Poulsen.
Estudio: escritorio JFK de Norr 11, lámpara de mesa Gira de Santa&Cole, silla Canasta de Arrben y cuadro de Fuensanta Sobejano.
Terraza: lámparas textiles de Kauani, butaca metálica Balcony de Hay, mesa auxiliar Geometric Color de Ethnicraft, lámpara cestita de Santa&Cole.
Baño principal: Taburete Backenzahn e15 de Phillipp Mainzen, de Espacio Betty. Baño invitados: Mesita Fish Design de Gaetano Pesce.
Proyecto: Casa Macedonia.
Ubicación: Puerta del Ángel. Madrid.
Terminado: 2025.
Superficie: 120 m² casa + 30 m² terraza.
Autor: Bardo Arquitectura. Emiliano Domingo Bárcena.
Colaboradores: Morgan Przeraski, Raquel Calvo Cubero.
Estilismo: Ismael López Portilla.
Asesoría de Arte: Mía de Diego Gila.
Muebles: Espacio Betty, Rue Vintage, Galería A.
Cuadros y arte: Fuensanta Sobejano, Miju Lee, Alejandro Jabaloyas, Raúl Galán, Dia Múñoz.
Fotógrafo: Germán Sáiz.

Emiliano Domingo. Bardo Arquitectura
Fundado en 2021, Bardo Arquitectura es el estudio dirigido por el arquitecto Emiliano Domingo, cuyo trabajo se mueve entre la arquitectura, el interiorismo y el diseño de mobiliario. Desde su creación, el estudio ha apostado por una práctica proyectual que entiende el diseño como un proceso integral, capaz de abordar con la misma atención tanto la escala arquitectónica como el detalle más preciso.
Emiliano Domingo se graduó como arquitecto en 2017 por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (UPM), obteniendo el título con honores. Tras finalizar sus estudios, desarrolló durante varios años su experiencia profesional en distintos estudios de arquitectura, una etapa que le permitió consolidar una mirada crítica sobre la práctica contemporánea y comprender en profundidad los procesos de proyecto y de obra. En 2021 decide emprender su propio camino fundando Bardo Arquitectura, un estudio que nace con la voluntad de explorar nuevas formas de habitar a través de una arquitectura precisa, clara y profundamente vinculada a las necesidades de sus clientes.
En el trabajo del estudio, la geometría se convierte en una herramienta fundamental de proyecto. Un instrumento que permite ordenar el espacio, estructurar el programa y dar respuesta a los condicionantes funcionales con claridad y coherencia. A partir de esta base, Domingo busca formular soluciones contemporáneas capaces de interpretar los deseos de cada cliente, adaptándose a sus modos de vida sin renunciar a la investigación espacial.
El estudio entiende cada proyecto como un proceso abierto en el que intervienen múltiples escalas y disciplinas. Por ello, su práctica incorpora también el diseño de mobiliario y el desarrollo detallado de los elementos constructivos, con la convicción de que la calidad de la arquitectura reside muchas veces en la precisión con la que se resuelven sus encuentros y materiales.
Esta mirada se complementa con un seguimiento cercano de la obra, concebido como una parte esencial del proyecto. La atención a los procesos constructivos, la curiosidad por las técnicas y la voluntad de dialogar con los oficios permiten a Domingo alcanzar una arquitectura donde la idea inicial se traduce con fidelidad en la materia construida.
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Project by Emiliano Domingo. Bardo Arquitectura
