La Vera ocupa la cara sur de Gredos, allí donde la sierra deja caer sus gargantas de agua cristalina hacia el Tiétar y el clima se suaviza al abrigo de los vientos del norte. Fue ese clima lo que llevó a Carlos V a elegir Yuste para pasar sus últimos años, y es también lo que explica el paisaje que rodea el monasterio con sus laderas domesticadas a fuerza de bancales, muros de piedra seca levantados durante siglos para ganar a la pendiente un palmo de tierra llana donde plantar olivos, higueras, cerezos o pimiento. Entre las terrazas aparecen todavía los chozos, pequeñas construcciones de piedra construidas por pastores y agricultores, que servían de refugio y almacén, y que hoy salpican el olivar como restos de una arquitectura sin autor.
Esa arquitectura anónima tiene una lógica de supervivencia y optimización de recursos. Cada bancal responde a la caída del terreno, cada muro aprovecha la piedra que el propio campo ofrecía, cada chozo se orienta y se cierra según el sol y el viento. Ese diseño sostenible original, perfeccionado a lo largo de generaciones, es un paisaje construido con economía y con paciencia, y cualquier casa que quiera instalarse allí debe aprender primero a leerlo.
Hace unos meses contábamos cómo Ábaton rehabilitaba un antiguo establo de ovejas en la Sierra de Gata. Allí la memoria estaba en pie, en los muros de piedra y la teja que el estudio decidió respetar. En la Vera el punto de partida es otro: una parcela de olivos en terrazas y una normativa de suelo rústico que impone una estética tradicional. Ábaton tomó esa condición como material de proyecto. Teja árabe, muros de piedra de la zona y cubiertas inclinadas sitúan la casa en la familia de las construcciones del lugar, los chozos del olivar. La planta, en cambio, las visuales y las instalaciones pertenecen por completo a nuestro tiempo. La restricción acabó siendo la razón de que la casa transmita esa sensación tan difícil de conseguir en una obra nueva, la de llevar allí más tiempo del que realmente lleva.













Una casa escalonada como el terreno
La parcela desciende en bancales y la vivienda la acompaña. En lugar de partir de una plataforma única, el proyecto se organiza en pequeños saltos de cota que siguen las terrazas del olivar y que, al mismo tiempo, separan con suavidad unos espacios de otros. El gesto tiene tanto de respeto al terreno como de estrategia doméstica.
El proyecto fue encargado por una pareja con los hijos ya independizados. Querían una casa a su medida, pensada para dos, que pudiera crecer cuando llegaran los hijos con sus propias familias. Ábaton resolvió esa doble escala en la sección. Los distintos niveles y los espacios semiindependientes permiten que la vivienda funcione replegada cuando la habitan sus propietarios y se despliegue entera en los días de reunión, sin que sobren metros en la vida cotidiana. La misma separación que ordena los usos ordena también el clima, basta con acondicionar las zonas que se ocupan en cada momento. Lo que en temporada baja se traduce en ahorro, en los períodos de vacaciones se convierte en casa abierta.
Una casa que mira hacia poniente
Las vistas están al oeste, sobre el valle, y el estudio decidió que mandaran sobre la orientación más cómoda desde el punto de vista solar. Las visuales cruzan la vivienda de lado a lado, de modo que desde casi cualquier rincón el ojo alcanza el fondo del valle y la línea de la sierra. Esa elección tiene un precio, el sol duro de la tarde, y el proyecto lo asume con dos respuestas. La primera son las contraventanas de castaño que, cerradas o entornadas, dan a la fachada oeste su ritmo de tablas verticales y tamizan la luz del poniente. La segunda son los aleros, que proyectan sombra sobre los huecos. Hacia el sur se extienden los porches, bajo vigas de madera y estructura metálica, con el suelo de ladrillo continuando desde el interior.
La casa entera funciona casi como uno de esos porches. Abierta de un lado a otro, deja que los vientos de poniente la atraviesen y la refresquen en las tardes de verano, mientras los muros de gran espesor hacen su trabajo silencioso, acumulan el calor y el frío con lentitud y mantienen estable la temperatura interior sin consumo añadido. Al estar en suelo rústico, la vivienda necesita además bastarse a sí misma. Paneles solares, aerotermia, depósito de gas, pozo propio y fosa séptica la hacen prácticamente autónoma de las redes urbanas. Aquí la autonomía forma parte de la ética del proyecto y, más aún, de la propia posibilidad de construir en ese lugar.








El espacio social, un lugar de recogimiento
En el centro de la casa, situado en una cota ligeramente más baja, se encuentra el espacio común: salón, comedor y cocina en una sola estancia continua. Descender a ella produce un efecto de recogimiento, como si la vivienda se cerrara alrededor de quien llega, y sin embargo es el punto con mejores vistas, prolongado hacia dos terrazas y la piscina. Una chimenea de obra con repisa de granito ancla el estar, frente a un muro de piedra vista que recuerda en todo momento de qué está hecha la casa. Las vigas de madera recorren el techo inclinado y el ladrillo recuperado cubre el suelo de toda la planta. La cocina, de frentes claros y encimeras de piedra, se abre al paisaje mediante una ventana alargada que encuadra la sierra a la altura de los fogones. El mobiliario mantiene el tono: sofás de lino, butacas de madera y enea, una mesa de centro hecha con una losa de granito sobre troncos, y las famosas sillas potro de Oscar Tusquets, recuperadas en varios colores que ponen una nota rústica y alegre alrededor de la mesa del comedor.
El dormitorio principal dispone de su propio porche, con salida directa al jardín, y unas cortinas de lino que filtran la luz de la tarde mientras la sombra de la pérgola dibuja franjas sobre el pavimento. Los demás dormitorios se asoman a un porche pasillo que recorre la fachada norte y actúa como filtro entre el interior y el campo. Es uno de los recorridos más bellos de la casa, con puertas de madera recuperada y la luz entrando de costado. En algún rincón la vivienda se permite pequeños espacios de retiro, como el escritorio corrido bajo dos ventanas que miran al olivar y al muro de piedra, junto a una vieja puerta de cuarterones que se desliza sobre un riel. Los baños, revestidos de mortex en tonos tierra, y distintos entre sí, rompen la frialdad clásica, aportando una calidez orgánica con su textura aterciopelada y natural.
Materiales procedentes del entorno
El repertorio material es breve y procede del entorno. Piedra de la zona en los muros, barro y ladrillo recuperados, castaño en las contraventanas, madera vista en las cubiertas, perlita en los revestimientos interiores, mortex en los baños. Son materiales que envejecerán con dignidad, y algunos llegaron a la obra con el tiempo ya incorporado. El proyecto conservó además todo el arbolado existente; la casa se acomoda entre los olivos sin desplazarlos. La piscina completa la secuencia. Elevada sobre el terreno como una alberca, está más próxima a la tradición del riego que a la del ocio, y prolonga la cota del estar hacia el valle cerrando la sucesión de porches y terrazas.
Quien pasea hoy por el olivar ve una casa de piedra y teja que parece una más entre los chozos y los muros de los bancales. Esa discreción es su mayor logro. En la Vera, donde durante siglos la gente aprendió a habitar la pendiente escalón a escalón, Ábaton ha construido una casa que entiende esa lección y la traslada al presente con naturalidad.





Proyecto: Casa de campo en el olivar.
Ubicación: La Vera, Cáceres.
Arquitectura y paisajismo: Ábaton.
Arquitectos directores: Guillermo Santos, Blanca Marías y Javier de Montero.
Fotografía: Azul Vivó.
Fuente: Ábaton. Paula Cárdenas.

Ábaton
Desde su fundación en 1998, Ábaton se ha consolidado como uno de los estudios de arquitectura más influyentes de España. Su obra, reconocida por su honestidad formal y su profundidad conceptual, nace de una filosofía clara: eliminar lo superfluo para alcanzar lo esencial. Para Ábaton, la arquitectura no es solo una cuestión de espacio, sino una forma de conversación íntima con uno mismo, con los demás y con la naturaleza.
En un contexto saturado de estímulos, Ábaton reivindica el poder del silencio arquitectónico. Sus proyectos reflejan una estética que escapa a la razón para centrarse en la experiencia vital de quienes los habitan. Diseñan espacios que acogen y dialogan con el entorno.
Comprometidos desde sus inicios con la sostenibilidad, han sido pioneros en el uso de madera CLT en España, con más viviendas construidas con este sistema que ningún otro estudio del país. Utilizan materiales reciclables, planifican con criterios bioclimáticos y minimizan la huella ambiental de cada proyecto. Su arquitectura respeta el lugar y el tiempo: casas que aspiran a ser atemporales, perdurables y conscientes.
Además de su producción de obra nueva, Ábaton ha llevado a cabo más de 300 rehabilitaciones, entendiendo que restaurar también es una forma de crear. Su enfoque integral —que abarca desde el diseño hasta la construcción— garantiza coherencia, precisión y belleza en cada etapa del proceso.
Hoy, con más de 500 proyectos construidos, Ábaton continúa construyendo formas de habitar más libres, más empáticas, más humanas. En sus espacios se respira una arquitectura, más pensada para sentirla que para verla.
La arquitecta Camino Alonso es la directora creativa de Ábaton Arquitectura, estudio que fundó en 1998 junto con Ignacio Lechón, también Arquitecto y Carlos Alonso, Ingeniero Industrial. Una nueva generación se ha incorporado al equipo de dirección de Ábaton: Miriam Arias, directora de Interiorismo y Blanca Marías arquitecta directora.
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