Ábaton rehabilita un antiguo establo de ovejas, en la Sierra de Gata, y lo convierte en una casa de campo que mira al valle y conserva la memoria

4 mayo 2026
La mayor transformación estructural fue la apertura. El establo era, como todos los de su tipo, una construcción oscura y recogida sobre sí misma: la luz y el calor permanecían dentro, la naturaleza quedaba afuera. Ábaton invirtió ese orden.
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La Sierra de Gata ocupa el ángulo más noroccidental de Extremadura, donde la provincia de Cáceres se estrecha entre Portugal y Castilla antes de disolverse en la penillanura salmantina. Es una sierra menor en la geografía española —sus cumbres no alcanzan los 1.800 metros—, pero tiene una identidad muy marcada: aislamiento histórico, densidad forestal notable, y una arquitectura vernácula que ha sabido responder al granito y a la pizarra con una economía de medios que resulta difícil de encontrar en otras latitudes.

Los pueblos de la comarca —Hoyos, Gata, Robledillo de Gata, Villasbuenas, San Martín de Trevejo— conservan un tejido urbano de origen medieval prácticamente intacto, con casas de granito y madera de castaño, con soportales y una relación con la topografía que hoy cualquier arquitecto envidiaría. San Martín de Trevejo es quizá el caso más conocido, con sus calles empedradas y la presencia del fala, una lengua romance minoritaria emparentada con el gallego-portugués que todavía se habla en algunos pueblos de la comarca. Ese dato lingüístico dice mucho sobre el aislamiento que ha preservado el lugar. La Sierra de Gata no ha vivido el turismo masivo ni la segunda residencia que ha transformado otras sierras españolas. Eso tiene un precio económico para sus habitantes, pero ha mantenido intacta una forma de construir y de relacionarse con el paisaje que en otras comarcas se perdió hace décadas.

Aquí, en Sierra de Gata, se encontraba esta construcción mirando al valle, sin que nadie le prestara atención. Un antiguo establo para ovejas con muros de piedra irregular apilada con argamasa de tierra, cubierta de teja árabe, proporciones austeras dictadas por el uso y el clima, sin más retórica que la del trabajo. Ábaton lo encontró así, lo reconoció como lo que era —una pieza de arquitectura vernácula con carácter propio— y decidió que la rehabilitación comenzara por el respeto.

El estudio madrileño lleva tiempo desarrollando una forma de entender la intervención sobre lo preexistente que no se agota en el rescate material. Más allá de conservar la piedra o reutilizar la teja, se trata de tomar partido por la lógica constructiva del lugar, de aceptar que los que construyeron el establo sabían exactamente lo que hacían cuando lo situaron en aquel altozano con vistas sobre el robledal, cuando eligieron la orientación o determinaron el grosor de los muros. La rehabilitación de la Finca del Encinar parte de ese reconocimiento: la posición es correcta, la estructura tiene sentido, los materiales existen en el territorio. Lo que cambia es el habitante y, con él, la relación entre el interior y el exterior.

La mayor transformación estructural fue la apertura. El establo era, como todos los de su tipo, una construcción oscura y recogida sobre sí misma: la luz y el calor permanecían dentro, la naturaleza quedaba afuera. Ábaton invirtió ese orden.

Desde la zona de comedor, la apertura hacia la terraza y la piscina desvanece cualquier límite entre el espacio habitado y el paisaje; al fondo, las crestas de la sierra ocupan el horizonte con la misma naturalidad que los objetos sobre la mesa. En los dormitorios, ventanas rasantes enmarcan el robledal desde la cama. El exterior no es aquí la vista, es el argumento.

Para alojar el programa de una vivienda unifamiliar —tres dormitorios con baños propios, zona común integrada, dormitorio y baño principal— sin violentar la volumetría original, el proyecto añadió una segunda planta encajada en uno de los volúmenes. Esta adición eleva el dormitorio y el baño principales sobre el resto, separándolos física y visualmente, y les ofrece las mejores perspectivas sobre la sierra. La ampliación respeta la escala del conjunto, sigue la pendiente del tejado, mantiene la misma lógica material y desaparece entre los volúmenes existentes cuando se contempla desde el prado.

La zona común —comedor, salón y cocina— ocupa uno de los volúmenes originales como una sala única, completamente abierta al exterior a través de grandes hojas correderas. Una chimenea exenta de cuerpo blanco organiza la transición entre los ambientes sin levantar particiones. La cocina, al fondo, retiene el carácter más doméstico del conjunto: encimeras de piedra, muebles de madera recuperada, pared trasera de mampostería vista, una cocina de color rojo lacado que introduce una nota de color vigorosa entre tanta piedra caliza. Los lavabos de granito tallado —tanto en los baños de los dormitorios laterales como en el principal— son piezas directamente sacadas de la cantera local, sin más transformación que la necesaria. El material no se disfraza.

El recibidor es el espacio donde el diálogo con la historia se hace más explícito: la piedra original con tierra de la zona permanece visible en la parte inferior del muro, mientras los paramentos superiores aparecen blanqueados con el acabado que el estudio considera propio de su arquitectura. La escalera que sube a la segunda planta resuelve ese mismo cruce con elegancia técnica: el podio es de ladrillo visto —recuperado, rugoso, cargado de tiempo—, pero los peldaños son láminas delgadas de chapa metálica que ascienden sin masa, casi sin tocar. Conviven rusticidad y contemporaneidad.

Los baños continúan esa conversación entre materiales. En el principal, la mampara desaparece y el volumen del baño se integra en el espacio general del dormitorio: encimera de travertino, muro de piedra vista, techo inclinado de madera. Otros cuartos de baño optan por el gresite verde aceituna que recubre bañera y paredes de ducha, un color que recoge el monte que se ve por la ventana. En otro, el lavabo es un bloque de granito rosa excavado, el mismo granito que aparece en las construcciones más antiguas de la comarca. El baño como prolongación geológica del lugar.

Eficiencia energética y sostenibilidad

El compromiso con la eficiencia energética se abordó con la misma discreción: aislamiento térmico integrado en la envolvente y paneles fotovoltaicos para cubrir el consumo, sin que ninguna de estas decisiones altere la lectura exterior del edificio. La sostenibilidad aquí forma parte de la ética de una intervención que decide no construir más allá de lo necesario.

La decoración y el amueblamiento prolongan el tono del proyecto: piezas de artesanía y diseño contemporáneo conviven con muebles antiguos recuperados, alfombras kilim, textiles de lino y esparto. El azul desvaído de un aparador antiguo contra la piedra vista del comedor; la mesa de madera maciza con sillas de caña y esparto; la mesita de centro pintada de verde en el salón, envejecida hasta hacer olvidar cuándo fue nueva. La casa funciona como un refugio que ha acumulado objetos con lentitud, sin prisa decorativa, y eso es exactamente lo que parece.

Llegar a la Finca del Encinar es llegar a un territorio donde la arquitectura todavía tiene memoria. El encinar que rodea la finca es un ecosistema que llevaba siglos antes que el establo y seguirá cuando la intervención de Ábaton haya adquirido también la pátina que le falta.

Proyecto: Finca del Encinar
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Ubicación: Sierra de Gata. Cáceres.

Terminado: 
2024.
Arquitectura e Interiorismo: Ábaton
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Fotografía: 
Derek Pedrós.
Fuente: Ábaton.

Camino Alonso, arquitecta, directora creativa de Ábaton.

Ábaton

Desde su fundación en 1998, Ábaton se ha consolidado como uno de los estudios de arquitectura más influyentes de España. Su obra, reconocida por su honestidad formal y su profundidad conceptual, nace de una filosofía clara: eliminar lo superfluo para alcanzar lo esencial. Para Ábaton, la arquitectura no es solo una cuestión de espacio, sino una forma de conversación íntima con uno mismo, con los demás y con la naturaleza.
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Ábaton Arquitectura
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