Tristán Domecq (Vigo, 1982) llegó al interiorismo por un camino poco frecuente en el oficio: el de la práctica. Creció en una familia donde el diseño era un lenguaje habitual —su madre y un tío abuelo fueron decoradores, y su familia cuenta con varios arquitectos—, y de niño recorría en bicicleta las obras de su ciudad para ver cómo se construían los edificios. Esa curiosidad temprana encontró un primer cauce en la tienda de decoración de su madre, antes de marchar a Madrid, para estudiar, a los dieciocho años.
Estudió Administración y Dirección de Empresas y pasó tres años en Inditex, una etapa que él mismo considera decisiva: allí aprendió la gestión, el análisis de ventas y la lógica de los procesos productivos que hoy practican sus empresas. El giro llegó en 2012, casi por azar, con la reforma de su propia vivienda: una casa de 1890 en el centro de Madrid, prácticamente intacta, que vació por completo conservando lo que merecía la pena —las puertas, parte de los suelos— para adaptarla a la distribución de nuestro tiempo. Asumió proyecto y obra en primera persona y aprendió el oficio haciéndolo. De aquella casa surgieron los primeros clientes, y a los tres meses ya estaba formando equipo.
El estudio creció desde su propia casa hasta ocupar sucesivas sedes en Embajadores, Huertas y Ruiz de Alarcón, y con él se consolidó un modelo que distingue a Domecq en el panorama del interiorismo español: el diseño y la ejecución en una misma empresa. Junto al estudio, que proyecta cada espacio, opera una empresa constructora propia –Somos Arista– que lleva a cabo la obra, lo que le permite controlar el resultado de principio a fin y ofrecer al cliente un único interlocutor.
Domecq define su lenguaje como “sobrio y atemporal”: bases neutras, materiales nobles —madera, piedra, mármol, hierro, lino—, luz siempre cálida y una mezcla deliberada de épocas en la que la pieza antigua o vintage, a menudo rescatada en el Rastro o traída del extranjero, dialoga con el mobiliario contemporáneo y con el arte. Trabaja de la mano de marmolistas, herreros, carpinteros y canteros, convencido de que un buen diseño depende de un oficio que sepa ejecutarlo, y entiende la casa como algo que solo se completa al habitarla: “una casa está acabada cuando está vivida”, sostiene.
Esa visión integral —en la que, según sus palabras, la mirada empresarial y la creativa pesan lo mismo— tomó forma física en 2021 con la apertura de Tristán Domecq Casa, en el madrileño barrio de Salamanca, en pleno circuito tradicional de showrooms textiles y tiendas de decoración. Sus más de 380 metros cuadrados reúnen tienda, estudio de interiorismo, arquitectura y construcción, almacén y espacio para eventos. Junto a antigüedades, objetos y textiles, allí se venden las piezas de mobiliario e iluminación diseñadas por el estudio y fabricadas en Madrid, muchas de ellas a medida. Precedida antes por una tienda online, la concept store cierra un círculo que acompaña al cliente desde la obra hasta la elección del mobiliario y objetos de decoración.
Su propia casa, una vivienda de los años cuarenta en el norte de Madrid que rehabilitó respetando su arquitectura original, funciona como laboratorio: allí ensaya revocos de cal, pigmentos naturales y nuevas combinaciones antes de llevarlos a los proyectos de sus clientes. Entre el jardín, el huerto y una colección de arte que renueva sin cesar, Domecq cultiva la idea que vertebra todo su trabajo: el lujo reside en una casa que refleje a quien la vive.