Rehabilitada una casa señorial del XIX en Felanitx (Mallorca) como residencia familiar y centro cultural

29 octubre 2026
La intervención de Berenice Moran y Laura Gayo la convierte en hogar familiar y en lugar para la cultura: exposiciones, conciertos, residencias de artistas y un antiguo celler reinventado como espacio creativo.
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Felanitx guarda en sus calles la huella de una prosperidad antigua. Durante el XVIII, el aguardiente convirtió a este municipio del sureste de Mallorca en uno de los grandes centros productores de la isla, y aquella riqueza se fue depositando en fachadas de piedra y casas de patio que todavía ordenan el centro del pueblo. Después llegó el vino, que sigue marcando el ritmo del campo y hace de Felanitx el corazón de la denominación de origen Pla i Llevant. Es un lugar que ha conservado un pulso propio, donde la vida transcurre entre plazas, mercados y talleres de alfarería, lejos de los grandes núcleos hoteleros.

En una de esas calles se construyó en el XIX Can Blai, adosada a la iglesia del convento de la Providencia, para alojar al párroco. Las vidrieras del templo se apoyan todavía en sus muros y, en el ábside, sigue en su sitio la puerta que comunicaba la iglesia con la vivienda. Durante más de un siglo la casa permaneció en manos de la misma familia, y hoy forma parte del catálogo de patrimonio del municipio.

En el verano de 2018, las arquitectas Berenice Moran y Laura Gayo acompañaron a sus futuros propietarios a visitarla. La planta noble seguía detenida en sus años de esplendor, con los muebles, tapices, cortinas y el piano de la antigua señora de la casa. El resto de la propiedad había resistido peor el paso del tiempo. Los volúmenes añadidos a lo largo de los años presentaban un estado estructural delicado y hubo que restaurarlos por completo.

Los nuevos propietarios, ella curadora de arte y él músico, llegaron con la idea de vivir en Can Blai con su familia y, al mismo tiempo, abrirla al pueblo como centro cultural. El encargo planteaba a las arquitectas una pregunta exigente, cómo transformar una casa cargada de memoria en un lugar flexible y compartido sin borrar lo que la hacía única.

Can Blai conserva la compostura de las casas señoriales mallorquinas con sus tres alturas entre medianeras, huecos verticales protegidos por persianas verdes, y balcones de forja.
Los espacios centrales se liberaron hasta formar una planta continua. En el corazón doméstico de la casa cocina, salón y acceso al patio se encadenan ahora sin interrupciones.
En el salón, frente a la chimenea, un gran arco de cantería enmarca un espacio con un banco corrido de obra bajo dos ventanas de arco que miran al jardín.
La cocina y el comedor ocupan uno de los volúmenes añadidos a la casa con el paso del tiempo, restaurado por completo.
El antiguo celler se ha convertido en un espacio multifuncional en varios niveles, abierto a la piscina por un gran ventanal de acero. 

El cuerpo principal de la casa se abre conservando su historia

Desde la calle, Can Blai conserva la compostura de las casas señoriales mallorquinas con sus tres alturas entre medianeras, huecos verticales protegidos por persianas verdes, balcones de forja y un zócalo en tono arena. Para el tratamiento de las fachadas, las arquitectas recurrieron a una empresa especializada en la restauración de patrimonio histórico. Se empleó mortero de cal tradicional y se mantuvieron las marcas del tiempo, con la voluntad de dejar a la vista “los distintos momentos de la historia de la casa”, en palabras de sus autoras.

En planta baja, el recorrido se ordena en profundidad. Junto a la calle, un espacio de entrada queda flanqueado por dos salas de exposiciones; tras él, el hall da paso al corazón doméstico, donde cocina, salón y acceso al patio se encadenan sin interrupciones. El objetivo del proyecto fue conseguir la multifuncionalidad, mediante la apertura.

Los espacios centrales se liberaron hasta formar una planta continua, y los ejes principales de la casa se prolongan ahora de un extremo a otro, con una geometría limpia que sostiene la flexibilidad de uso. En el salón, frente a la chimenea, un gran arco de cantería enmarca un espacio con un banco corrido de obra bajo dos ventanas de arco que miran al jardín, donde tres lámparas de papel flotan a distintas alturas.

Los muros dejan de ser barreras para convertirse en superficies activas, que integran bancos, hornacinas y baldas sin perder su textura cruda. Revestidos con morteros naturales, actúan como un fondo sereno sobre el que la luz, el arte y las personas protagonizan la vida doméstica. La fachada posterior, antes cerrada, se abre al patio con grandes huecos nuevos que llevan la luz mediterránea hasta el fondo de las estancias.

La paleta material es breve y fiel a la tradición de la isla. Un suelo continuo de microcemento, sin juntas, fluye de una estancia a otra; las carpinterías de madera, de doble hoja con vidrio y contraventanas de lamas, recuperan el oficio local; las persianas mallorquinas cumplen su función de siempre, dejar pasar el aire y frenar el sol. En la parte superior, la cubierta a dos aguas de la crujía trasera impedía disfrutar de las vistas sobre el pueblo, y se sustituyó por una gran terraza abierta a los tejados de Felanitx.

La obra deparó además un hallazgo. Al vaciar el aljibe de recogida de agua de lluvia, imprescindible en cualquier edificio histórico de Mallorca, apareció un pequeño túnel que conducía a un segundo aljibe abovedado que ocupaba buena parte de la planta baja y cuyo acceso se había sellado años atrás. Las arquitectas lo recuperaron con una escalera de líneas mínimas que lo incorpora al espacio expositivo de la casa.

El patio recorre la parcela en profundidad y organiza todo el proyecto. A él se asoman la vivienda, las salas y el antiguo celler, y en él se cruzan los usos privados y los colectivos.
Los muros del patio se han conservado con todas sus capas. Restos de revocos amarillos, piedra vista y enlucidos gastados conviven con la arquería de la crujía principal, cerrada por persianas de madera, y con la balaustrada de piedra que remata la planta baja. La vegetación forma parte de la arquitectura.
La escalera exterior, salpicada de macetas, asciende sobre el pabellón anexo hasta una terraza protegida por un porche de teja, mirador sobre los tejados de Felanitx.
Una piscina de proporciones contenidas se recorta contra un muro de mampostería, donde una vieja señal de carretera con el nombre del pueblo añade un guiño al lugar.

El patio, corazón de la casa

Si hacia la calle la casa se muestra discreta, su verdadera vida se abre hacia dentro. El patio recorre la parcela en profundidad y organiza todo el proyecto. A él se asoman la vivienda, las salas y el antiguo celler, y en él se cruzan los usos privados y los colectivos.

La intervención contemporánea más visible se concentra en uno de sus bordes. La cocina y el comedor ocupan uno de los volúmenes añadidos a la casa con el paso del tiempo, restaurado por completo y resuelto como un prisma blanco perfilado en acero negro que se abre en esquina mediante grandes hojas pivotantes de vidrio. Cuando se abren, la esquina desaparece y la mesa del comedor queda literalmente en el patio, a un paso de la larga mesa exterior que se resguarda bajo una parra, contra un muro de revoco ocre. En el interior, un mural de trazos negros ocupa un paño completo, y unas hornacinas con baldas de madera recogen libros, cerámicas y objetos de la familia.

Los muros del patio se han conservado con todas sus capas. Restos de revocos amarillos, piedra vista y enlucidos gastados conviven con la arquería de la crujía principal, cerrada por persianas de madera, y con la balaustrada de piedra que remata la planta baja. La vegetación forma parte de la arquitectura. Una antigua pica de piedra acoge un cactus columnar, rosales, salvia y romero; una palmera marca el centro del espacio; un limonero da sombra a un banco de madera, junto a un níspero, áloes y acantos. Al fondo, una piscina de proporciones contenidas se recorta contra un muro de mampostería, donde una vieja señal de carretera con el nombre del pueblo añade un guiño al lugar.

La escalera exterior, salpicada de macetas, asciende sobre el pabellón anexo hasta una terraza protegida por un porche de teja, otro mirador sobre los tejados de Felanitx. De noche, una iluminación baja y cálida proyecta la sombra de las plantas sobre los muros y convierte el patio en escenario.

De noche, una iluminación baja y cálida proyecta la sombra de las plantas sobre los muros y convierte el patio en escenario.

El celler: un laboratorio doméstico

Al fondo del patio, tras muros de piedra y de tiempo, se escondía un viejo celler, oscuro y silencioso, la bodega donde la casa guardaba su vino. Los propietarios imaginaron para él un refugio creativo, abierto a la música y al silencio, al juego y a la contemplación. Las arquitectas lo convirtieron en un loft libre de particiones y de usos fijos, que se adapta al ritmo del día, a los invitados o a la estación, y donde se puede trabajar, descansar, bailar o escuchar música.

El espacio se desarrolla en varios niveles que generan rincones y perspectivas inesperadas, con una pequeña cocina integrada en uno de sus extremos. Una gran ventana, sobria y casi escultórica, define su carácter. Un mecanismo de poleas permite abrirla y convierte el gesto de ventilar en una forma de juego. La materia acompaña ese diálogo entre épocas, con hormigón y metal junto al mortero de cal, la piedra vista y la madera natural.

Al vaciar el aljibe de la casa apareció un túnel que conducía a un segundo aljibe abovedado, sellado durante años. Una escalera de líneas mínimas lo incorpora ahora al espacio expositivo.

Una casa abierta

Can Blai funcionará como galería, comedor, hogar y escenario. Durante el verano acogerá artistas en residencia, y a lo largo del año recibirá conciertos, exposiciones, cenas, representaciones y talleres para niños. Las salas junto a la calle, el aljibe recuperado y el celler dan forma a ese programa, mientras la vivienda familiar ocupa el centro de la casa.

Esta convivencia entre lo doméstico y lo público explica buena parte de las decisiones del proyecto. El patio actúa como espacio compartido y como umbral, y su escala, sus sombras y su vegetación permiten que una inauguración o una cena de verano sucedan a pocos metros de la vida cotidiana de la familia sin alterarla. La casa ya se presenta habitada por el arte. El mural del comedor, los lienzos en amarillos y verdes del salón y las aves de cerámica sobre el muro del patio delatan la mirada de una curadora y el oído de un músico.

Hay además una lectura que enlaza con la historia del lugar. El celler recuerda la tradición vinícola que todavía define Felanitx, y la decisión de abrir una casa señorial a la comunidad devuelve a estas arquitecturas la función social que tuvieron cuando eran el centro de la vida del pueblo. La casa del párroco, pegada a una iglesia, vuelve a ser un lugar de reunión.

El piano vuelve a sonar

Can Blai se inauguró con un concierto de piano. Lo ofreció un intérprete internacional que había sido huésped de la casa mientras preparaba sus recitales en Baleares, y entre el público estaban los herederos de la antigua propietaria. La velada fue a la vez celebración y homenaje a aquella mujer que encontró en la música su independencia, y los herederos agradecieron a las arquitectas el cuidado con que la casa había conservado su alma.

Ese momento resume el proyecto mejor que cualquier descripción. Berenice Moran y Laura Gayo han trabajado con gestos medidos, conservando las cicatrices del tiempo, introduciendo lo nuevo con precisión y confiando en la luz, el patio y la vegetación como materia principal de la arquitectura. Moran lo condensa en una idea que atraviesa toda la obra: “la arquitectura comienza con la escucha”. En Can Blai se ha escuchado a la casa y a quienes la habitaron, y el resultado es un lugar donde la memoria de una familia y el futuro de otra comparten la misma música.

En el plano puede verse, junto a la calle, un espacio de entrada flanqueado por dos salas de exposiciones y el hall que da paso al corazón doméstico de la casa. No hemos recibido fotografías de estos espacios.

Proyecto: Can Blai
Ubicación: Centro histórico de Felanitx. Mallorca.
Programa: Vivienda unifamiliar entre medianeras de tres plantas, salas de exposiciones, patio con piscina y celler convertido en espacio multifuncional.
Arquitectura: Berenice Moran (Berenice Moran Architecture Studio) y Laura Gayo (Estudio Gayo).
Obra: 2021–2024.
Superficie: parcela de 450 m², 550 m² construidos.
Fotografía: Neus Pastor.

Berenice Moran, arquitecta.

Berenice Moran

Berenice Moran se formó como arquitecta en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM, 2009). Sus primeros años de práctica la llevaron por algunos de los estudios más exigentes del panorama internacional: trabajó en Nieto Sobejano Arquitectos, en Madrid, y después en Copenhague, primero en MORE (model research) y luego en OMA. En 2017 fundó su propio estudio, con actividad centrada en Mallorca y en distintos puntos de la península. Entre 2018 y 2022 fue también cofundadora de MOYO Architects, en Palma. Sus proyectos han obtenido premios en concursos y se han publicado en medios especializados. Entre sus obras en curso figura el Centro Sociocultural de Génova, en Palma, primer premio de concurso y actualmente en construcción.

Su método arranca de la escucha: del cliente y su manera de habitar, pero también del lugar, de su paisaje, su cultura y su memoria. Cada obra nace de una idea generadora con una dimensión poética ligada a su contexto. Desde las primeras fases busca la unidad entre espacio, materia, estructura y sistema constructivo, de modo que expresión formal, función y lógica constructiva respondan a un mismo pensamiento. La luz, la espacialidad y la materialidad desarrollan su lenguaje. La luz modela los volúmenes y construye atmósferas, mientras la proporción y la tensión entre peso y ligereza dan a la obra una condición atemporal, al margen de estilos y tendencias. “La arquitectura no solo debe comprenderse, también debe sentirse”, afirma.

Su interés por las estructuras la llevó a especializarse en construcción en madera en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Montes de Madrid. Entiende la técnica como parte del proceso creativo y los materiales como decisiones que intervienen en el diseño desde su origen. La madera, material vivo, aporta a sus espacios calidez y una dimensión sensorial, al servicio de edificios funcionales, técnicamente rigurosos y pensados para durar. El resultado es una arquitectura esencial, que reinterpreta los valores de la construcción tradicional desde una mirada contemporánea. En ella, cada obra encuentra su identidad en el equilibrio entre la poética del espacio, la racionalidad constructiva y su pertenencia al lugar.

Laura Gayo, arquitecta

Laura Gayo

Laura Gayo (Madrid, 1982) concibe la arquitectura como un oficio al servicio de quien la habita. Se licenció en la ETSAM en 2009, con la especialidad en Conservación y Restauración del Patrimonio Arquitectónico, y comenzó su carrera en Arup, en Madrid. En 2010 se trasladó a Mallorca, donde fue arquitecta de proyecto en Alustiza Arquitectura y, durante más de cinco años, arquitecta sénior en Bastidas Architecture. Entre 2018 y 2022 fue cofundadora de MOYO Architects, y en 2022 abrió en Palma Estudio Gayo, dedicado a la arquitectura y el paisajismo. Ese mismo año completó en la Universidad Politécnica de Madrid el diploma de experta universitaria en jardines botánicos, históricos y singulares. Es miembro de la Asociación Española de Paisajistas y de IFLA Europa.

Su trabajo parte de la construcción tradicional de Mallorca, un saber artesanal del que se ha perdido mucho y que ella se ha propuesto recuperar con rigor: el marés empleado como materia constructiva y ajeno a la función decorativa, las persianas que dejan pasar el aire y detienen el sol. Piedra, madera, barro cocido y mortero de cal forman su paleta habitual, materiales que respiran, que conservan algo de vida y que envejecen bien. De ahí una arquitectura que aspira a la atemporalidad, a envejecer con dignidad al margen de modas y efectismos, y en la que conviven tradición y modernidad, lo local y lo internacional, lo culto y lo popular. “La arquitectura tradicional de la isla de Mallorca tiene cierto punto austero, nada pretencioso, en el que todo tiene una razón de ser y con el que yo me siento muy identificada”, explica.

Su formación como paisajista hace de la relación entre interior y exterior un eje permanente. En el clima mallorquín, el jardín llega a ser la estancia principal de la casa, un exterior domesticado que protege de los vientos del invierno y del sol riguroso del verano. A esa atención al lugar se suma una idea exigente del papel del arquitecto: desprenderse del ego, anteponer la calidez a la pureza de la obra y adaptar cada proyecto a las personas que lo habitarán. Cada edificio responde a un lugar y a un cliente concretos, con la convicción de que la casa debe ser un refugio, la capa más exterior de quien vive en ella.

Berenice Moran Architecture Studio
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