El barrio del Carmen ha crecido siempre entre límites. Su nombre procede del antiguo convento carmelita, hoy Centre del Carme de Cultura Contemporània, y su trama se fue tejiendo en el espacio que quedaba entre dos murallas, la árabe y la cristiana, una frontera doble que todavía organiza su memoria. La muralla islámica empezó a levantarse en el siglo XI, y cuando la nueva cerca cristiana la dejó atrás, sus lienzos se reaprovecharon como medianeras entre casas o como separación entre la ciudad cristiana y la morería. La imagen del Carmen es la de una arquitectura que absorbe el pasado en lugar de borrarlo, donde un muro defensivo acaba convertido en la pared que comparten dos vecinos.
El barrio conoció también el reverso de esa continuidad. En los años setenta y ochenta, la València intramuros sufrió una fuerte despoblación ligada a un enorme deterioro arquitectónico, con derrumbes incluidos. La respuesta llegó en la década siguiente con el Plan RIVA, un programa de ayudas a la rehabilitación puesto en marcha en 1992 que, concentrado sobre todo en las zonas más degradadas, entre ellas el propio barrio del Carmen, devolvió la vida a calles que habían quedado en buena parte vacías. Desde entonces, intervenir en el Carmen supone dialogar con una trama de solares estrechos, con fachadas que guardan siglos de reformas sucesivas y con una vecindad que ha aprendido a defender la identidad del barrio.
La esencia original de la vivienda
La calle Na Jordana resume bien ese carácter. Su nombre recuerda, según la tradición, a la viuda de un tal Jordán, a la que el vecindario llamaba con el arcaico tratamiento valenciano de “Na”, equivalente a “doña”. Corre junto al antiguo cauce del Turia, en el borde del barrio, y está ligada a una de las comisiones falleras más antiguas de la ciudad, fundada en 1884, memoria festiva de una comunidad que se reconoce en su calle. En el número 38, un edificio de la segunda mitad del XIX con fachadas de ladrillo portante, la arquitecta Ana Vargas Núñez, al frente de la Cooperativeta, ha rehabilitado una vivienda de 85 metros cuadrados que había llegado hasta hoy desconfigurada y parcheada, con estancias desproporcionadas e incómodas, pero que conservaba bajo los remiendos algo de su esencia original.
El proyecto parte precisamente de esa esencia. “Esta capa de su historia se entiende como una parte más del proyecto, un material más con el que trabajar y al que dar protagonismo”, explica la arquitecta. La estrategia se condensa en cuatro acciones: mantener, recuperar, reforzar y revalorizar, y se traduce en una arquitectura sutil, capaz de adaptar la casa a una vida nueva con el menor número de gestos posible.
El primero de esos gestos fue despejar. Se eliminaron los elementos impropios y se abrió la zona de día, que gana superficie hasta superar los 31 metros cuadrados y reúne salón, comedor y cocina en un único espacio bajo el forjado de viguetas de madera y revoltón cerámico, ahora completamente a la vista. Las puertas antiguas, de cuarterones, pintadas en un tono crema, se rescataron y han vuelto a ocupar su lugar. Un pavimento cerámico de tono rojizo unifica toda la zona de día, mientras los dormitorios reciben una baldosa de dibujo geométrico en azul y blanco, más fresca y doméstica, que marca el paso a la parte más íntima de la casa.







Nueva distribución
La pieza decisiva de la nueva distribución es el baño. En el estado original ocupaba casi diez metros cuadrados y condicionaba toda la zona de día; el proyecto lo reduce a poco más de cinco y lo transforma en otra cosa. La arquitecta lo ha materializado como prolongación de la estantería de madera de roble que recorre el salón, “como un mueble más que pasa desapercibido”, en sus propias palabras. Su puerta se funde con el revestimiento de madera, y la estantería, al llegar a la esquina, se curva en baldas redondeadas que suavizan el encuentro. El volumen se inclina y se curva para aligerar su presencia y dejar pasar la luz que llega desde el patio, y en ese movimiento acota el espacio de la cocina comedor sin cerrarlo, de modo que dialoga a la vez con ese espacio y con el salón.
Frente a él, la cocina asume el papel inverso para dejar que hable la casa. Los muebles, blancos y de líneas limpias, ceden el protagonismo a una pared que conserva sus antiguos azulejos, algunos con motivos florales en azul, y por encima un estuco “maltratado por los años” que el proyecto deja intacto, con sus manchas, sus capas y sus pérdidas, incorporando así las vidas pasadas de la vivienda al tiempo presente. Para preservar esa superficie, tras los muebles se construye un falseado por el que discurren todas las instalaciones y que genera, de paso, una pequeña repisa sobre la encimera para los utensilios cotidianos. El conjunto se entiende como “un elemento más que se monta y desmonta, respetando lo existente”, comenta la arquitecta. Con la misma lógica, el resto de las instalaciones queda a la vista y recorre la parte alta de los muros en tubos blancos.




Gran trabajo estructural
Detrás de esta aparente sencillez hay un trabajo estructural minucioso, con refuerzos previstos y otros que la propia obra fue revelando. El paso de distintos propietarios había ido ocultando problemas bajo apaños improvisados, de modo que, como resume la arquitecta, “hubo que descubrir, estudiar, eliminar y sanear todo”. El edificio combina fachadas de ladrillo portante con viguetas de dos tipos de madera. La fachada principal se conservaba en buen estado, mientras que la que da al patio interior arrastraba viguetas y dinteles podridos y afectados por xilófagos.
Con la asesoría estructural de Manuel Espinosa, las viguetas dañadas se sustituyeron funcionalmente por perfiles metálicos y se reemplazaron algunos dinteles de madera que estaban completamente huecos, aprovechando la operación para dar apoyo al nuevo sistema de refuerzos. En la crujía de la fachada principal, donde había desaparecido la tradicional partición portante, la luz de las viguetas se redujo mediante un parteluz oculto desde la zona de día. En el forjado inferior se recompusieron las cabezas de vigueta afectadas y se reforzó el conjunto con una capa de compresión.
Los perfiles de acero, pintados en un rojo profundo, conviven con las vigas antiguas, a las que en algunos puntos abrazan con pletinas atornilladas. Su color los distingue discretamente de la madera envejecida y los hace legibles como lo que son, una intervención actual: “una capa más que contar, sin esconderse ni buscar protagonismo”, comenta Ana Vargas, y esa frase podría servir para definir la identidad de todo el proyecto.
Sobre ese soporte recuperado, la casa vuelve a llenarse de vida. Una mesa con sobre de mármol, un armario pintado con manos y motivos de otra geografía, un arcón de herrajes dorados, una radio antigua o un farol de ferrocarril encuentran su sitio en las estanterías y los rincones, junto a piezas contemporáneas de colores francos. La estantería de roble funciona como un marco paciente para todo lo que vendrá, y el balcón abierto sobre los tejados del Carmen devuelve a la vivienda su relación con la calle y el barrio.
Hay en Na Jordana 38 algo de la vieja lógica de la muralla convertida en medianera. Aquí es el estuco desgastado el que se convierte en frente de cocina, la vigueta herida la que se apoya en el acero y la puerta antigua la que vuelve a abrirse a un salón nuevo. La Cooperativeta trabaja como lo ha hecho siempre el barrio, sumando una capa más a las anteriores y dejando que todas, viejas y nuevas, puedan convivir a la vez en armonía.




Proyecto: Na Jordana 38.
Ubicación: calle Na Jordana 38, barrio del Carmen, València.
Superficie: 85 m².
Obra: septiembre 2024 – febrero 2026.
Arquitectura: Ana Vargas Núñez. la Cooperativeta.
Asesoría estructural: Manuel Espinosa.
Fotografía: David Zarzoso.
Fuente: Ana Vargas Núñez.

La Cooperativeta
Valencia
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Ana Vargas Núñez. La Cooperativeta
Ana Vargas Núñez (València) pertenece a una generación de arquitectas que aprendió el oficio en estudios ajenos y a pie de obra antes de fundar su propio estudio. Se formó en la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de València, de la Universitat Politècnica, donde cursó el Grado en Arquitectura entre 2010 y 2016 y completó el Máster habilitante en 2016. Desde entonces ha recorrido varios estudios valencianos con una constancia reveladora: Arqueha Arquitectura y Urbanismo, Jose Costa Arq., el fabricante de espheras —donde trabajó en intervenciones sobre patrimonio, vivienda y obra pública— y mcbad, con proyectos de urbanismo, equipamientos y vivienda colectiva. En todos ellos se repite una misma tarea, la que va del dibujo de la propuesta a la dirección de obra, y en esa continuidad entre pensar y construir se reconoce ya buena parte de su manera de trabajar.
El estudio nace en 2019 de la Cooperativeta, una propuesta de viviendas en régimen de cooperativa en Gandia con la que resultó finalista en el certamen del Colegio de Arquitectos de la Comunitat Valenciana. Un proyecto que reflexionaba sobre otras formas de habitar y cómo la arquitectura puede favorecer la vida en comunidad, buscando el equilibrio entre la intimidad de cada vivienda y unos espacios compartidos pensados para el encuentro. Para ello proponía viviendas capaces de transformarse con los años: un núcleo fijo que reúne las instalaciones y, a su alrededor, piezas que se añaden o se retiran según cambian las necesidades de cada familia, además de unos espacios de umbral que pueden incorporarse al interior de la casa. Aquel proyecto dio nombre al estudio y, sobre todo, fijó una forma de entender la arquitectura que actualmente forma parte de su identidad.
Desde València, la Cooperativeta trabaja a escalas diversas, desde viviendas y mobiliario hasta pequeños edificios dotacionales. Sus proyectos persiguen soluciones atemporales que den flexibilidad a la vida cotidiana y pongan en valor la arquitectura heredada, con una atención al detalle que nace de la convicción de que humanizar el espacio es, ante todo, cuidarlo de cerca. Ana Vargas dirige hoy el estudio y encuentra el mismo placer en dos gestos que rara vez conviven con tanta naturalidad, ilustrar sus proyectos a mano y dirigir su construcción en la obra.
Project by Ana Vargas Núñez. la Cooperativeta
