…sucedió un verano en Milán

24 octubre 2026
El proyecto "Bagni misteriosi" nace de una historia singular que nos impresionó mucho, una historia profunda que habla de un regreso. En cierto sentido es la historia gemela de un proyecto nuestro anterior: Ode alla Luna. Esta vez es el Sol, símbolo eterno de la energía vital, de la unión y del amor incondicional, el que nos inspiró en la creación del concepto.
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Hablando de astros, y como no creemos en el azar, no nos sorprendió descubrir que nuestro cliente, Athos, era un profesor de astrofísica ya cerca de la jubilación, con un gran interés por la filosofía y la metafísica. En nuestro primer encuentro nos contó que desde hacía tiempo deseaba reformar una pequeña construcción de su propiedad que usaba como almacén. La idea era transformarla en un pequeño loft para alquilarlo después como B&B, pero por una serie de motivos siempre había aplazado el inicio de las obras, también porque, desde que se había quedado sin su mujer, le costaba emprender cualquier proyecto solo. Se trataba, como decía él, de un auténtico bloqueo psicológico. Sabía que tenía que superarlo, pero mientras tanto el tiempo pasaba.

Habían pasado varios años y el almacén yacía medio vacío al fondo del patio, ya casi olvidado. Dentro, algunos muebles y unas cuantas herramientas de trabajo dormían bajo un pesado manto de polvo gris, mientras que fuera el musgo y la hiedra le daban una siniestra atmósfera de fortaleza abandonada. Esto le causaba a Athos un profundo malestar, y él, ya casi incapaz de reaccionar, se había resignado a dejarlo tal como estaba.

Aquel año volvió el verano, con su explosión de luz y esa atmósfera de fiesta que anuncia el comienzo de las vacaciones, pero para Athos no era un momento especialmente feliz. Tendría que despedirse de sus amigos, que poco después dejarían la ciudad. Desde que se había quedado solo, en los últimos años había perdido también el interés por los viajes y las vacaciones. Y menos aún le apetecía sumarse a los planes de sus amigos, que no dejaban de invitarlo puntualmente. Incluso Elisabetta, una veterana del verano milanés, le había anunciado que se marchaba al Sur: tenía que resolver unos asuntos familiares. Así que, por primera vez, Athos se quedaría realmente solo en la ciudad. Betta, como la llamaba él con cariño, lo había invitado a cenar para despedirse antes de partir. Se conocían de toda la vida y para Athos era casi una hermana.

Hacía mucho que no paseaba por el centro y sabía que al atardecer el frenesí hipercinético de la jungla urbana se calmaría un poco. Así que aquella tarde decidió salir antes para ir hasta su casa a pie.

Al bajar la escalera del edificio se cruzó con Lorenzo, el gato grandote y rojizo del patio, que lo escrutó con atención. Aquella tarde sus enormes ojos color ámbar parecían exageradamente abiertos: ¿cómo podían ser tan grandes? Los dos se quedaron inmóviles estudiándose un instante; estaban tan cerca que Athos pudo ver cada matiz de los ojos del felino. Parecían piedras preciosas. Tuvo la sensación de estar ante un pequeño león, ante una divinidad. Aquel gato era bello como el sol, pensó, y comprendió por qué los antiguos sacerdotes habían venerado a sus antepasados. Aquella presencia solemne tenía toda la fuerza de África, del desierto. Athos había leído en algún sitio que los primeros gatos europeos procedían precisamente del desierto, así que estaba seguro de tener delante un dios egipcio que se alzaba ante él como una esfinge. No era casualidad. Era una señal precisa, quería transmitirle un mensaje, Athos estaba seguro. Pero ¿qué anuncio le traería el regio emisario?

Durante todo el trayecto no pudo dejar de pensar en aquellos ojos enormes que lo atravesaban. Athos recorría las calles y las plazas de la ciudad y sentía que sus pasos estaban siendo observados sin descanso por los grandes ojos de su ídolo. Como por un hechizo, todo a su alrededor reflejaba la luz ámbar de aquella mirada. Hasta el cielo había tomado la misma tonalidad. Una energía chispeante le recorrió el cuerpo, como una ligera descarga. Hacía mucho que Athos no se sentía tan vivo como aquella tarde: algo estaba a punto de suceder, lo presentía. El traqueteo de algún tranvía a lo lejos le recordó que ya casi había llegado a casa de su amiga.

Acababa de pasar por Piazzale Cadorna cuando, justo bajo los pórticos de la Triennale, tuvo una visión increíble. El sol, ya muy bajo, pintaba largas sombras entre las columnas del Palazzo dell’Arte. A su alrededor, la misma luz ambarina que lo había acompañado hasta allí seguía envolviéndolo todo, pero ahora, en contraste con el azul intenso del horizonte, dibujaba un perfil deslumbrante y dorado sobre edificios, árboles y personas, creando una composición surrealista. Los pocos transeúntes, de rostro indefinido, caminaban en silencio, mientras otros parecían inmóviles como extraños maniquíes estilizados. Su fisicidad era difusa, suspendida. Las figuras que se movían parecían avanzar en una extraña procesión, como los protagonistas de alguna misteriosa obra teatral. Athos, embriagado por aquella magia, cerró los ojos, como si quisiera detener el momento. Ya no le cabía duda: estaba completamente inmerso en lo que debía de ser un tableau vivant salido de un cuadro de De Chirico.

Los chillidos alegres de un grupo de golondrinas que revoloteaban en el aire fresco lo devolvieron a la realidad. Mientras las veía perseguirse jugando, se fijó en que un poco más adelante se había formado un corro de gente. Rodeaban algo o a alguien, probablemente un artista callejero, así que decidió acercarse a ver. Justo cuando llegaba, le alcanzó el sonido delicado de una flauta.

El músico era un muchacho de pelo espeso y largo hasta los hombros. Mientras su flauta tocaba una famosa balada romántica que parecía comentar a la perfección aquel atardecer, su cuerpo se mecía con la gracia de un bailarín clásico, con los ojos entornados y concentrados. Pese a su baja estatura tenía una elegancia innata, fruto de la perfecta figura de su cuerpo, sinuoso y esbelto. Cuando terminó, muchos se acercaron a felicitarlo y a dejarle unas monedas en el sombrero que había colocado delante; Athos hizo lo mismo.

Impresionado por su compostura y su talento, decidió acercarse para hacerle alguna pregunta. El chico sonrió, pero, quizá por timidez, respondió de forma algo confusa y vaga. Dijo que se llamaba Ravi y que venía de la India, que tenía solo 19 años y que había llegado a Milán esa misma mañana tras un viaje rocambolesco en varias etapas. A contraluz, su piel aterciopelada parecía espolvoreada de oro, y sus grandes ojos color avellana se alargaban vertiginosamente sobre los pómulos, como en las ilustraciones del libro sobre las divinidades del panteón hindú que Athos tenía en su biblioteca.

Ravi se disculpó inclinando educadamente la cabeza, como para darle las gracias, y volvió a tocar. La atmósfera se ensombreció cuando un tango lento y melancólico pareció contar su largo viaje hasta Italia. Las notas se arrastraban lentas, cargadas de esa melancolía que parte el corazón. Athos sintió que la soledad lo devoraba y, mientras dejaba atrás al joven, no pudo evitar sentir pena también por él.

Invadido por el desconcierto, casi como si quisiera huir del estado en que había caído, apretó el paso hasta llegar a casa de Elisabetta, que habló como un río desbordado durante toda la cena y ni siquiera se dio cuenta de que Athos tenía la cabeza en otra parte. Agotado el monólogo, la anfitriona acompañó a su invitado a la puerta. El taxi ya había llegado, pero Athos prefirió volver a pie y decidió anular la carrera.

Cuando llegó de nuevo a la Triennale, el lugar estaba desierto y la atmósfera era muy distinta de la ensoñación del atardecer. Había caído la noche y, con ella, la inquietud. Ravi seguía allí, medio escondido detrás de una de las grandes columnas, sentado en el suelo, con la cabeza hundida entre los brazos cruzados. Al acercarse, Athos se dio cuenta de que había llorado. Le preguntó qué hacía allí todavía, tan tarde, qué había pasado, si tenía dónde dormir. Ravi le respondió que no y que solo quería volver a su casa, con su padre. Sin saber adónde ir, la desesperación lo había vencido: se sentía completamente solo en una gran ciudad. Athos se sentó a su lado y, intentando consolarlo como podía, le pasó un brazo por los hombros. La oscuridad los envolvió y los dos hablaron durante un tiempo que pareció infinito. Ravi le contó su historia.

Era de Jaipur, en el estado de Rajastán, de una familia de comerciantes de tejidos. Su madre era profesora de música y le había transmitido la misma pasión. Su padre llevaba el negocio en una tienda no lejos del centro de la ciudad. Pertenecían a una comunidad sij que se había asentado en la región tras la partición de la India en 1947. Así que Ravi había crecido en el rigor y la disciplina, según las férreas enseñanzas de la religión sij.

Los enfrentamientos con su padre, un hombre severo y poco dado al diálogo, habían sido innumerables. El chico lo describió como un hombre frío y distante. Nunca había logrado comunicarse de verdad con él, y cada vez que intentaba expresar su opinión, el padre arremetía contra él y se le oponía con violencia. Cuanto más se mostraba el padre en su dureza, más crecía Ravi madurando un carácter dulce y empático. De una cosa estaba seguro: quería ser lo contrario de lo que era su padre. La música siempre lo había ayudado a salir de las épocas oscuras y a expresar sus sentimientos.

Hasta que un día Ravi volvió algo más tarde de una noche con los amigos y su padre perdió los estribos. Por motivos en apariencia inexplicables, lo echó de casa y le dijo que no volviera nunca. La verdad era que el padre no aceptaba a su hijo, probablemente por otras razones. Al día siguiente, tras pasar la noche en casa de Ayan, un amigo, Ravi volvió a casa. Su madre, llorando, lo abrazó y le confirmó que el padre no iba a cambiar de decisión. Fue un golpe para el chico. Hijo único y sin trabajo, sintió que el mundo se le venía encima. Los padres de Ayan fueron muy amables con él y lo acogieron como a un segundo hijo. Poco después, Ayan lo convenció para que lo acompañara a Leicester, donde vivían unos parientes suyos. Serían sus huéspedes el tiempo necesario para instalarse y encontrar trabajo. Su sueño de conocer Europa podía hacerse realidad. Para Ravi, sostenido por la amistad de Ayan, se abría una vida nueva. Sus ahorros, sin embargo, no bastaban para el viaje, así que al principio Ayan lo ayudó y consiguieron llegar, por etapas, hasta Turquía.

Pasaron unas semanas en Estambul y luego Ayan se esfumó. Una mañana Ravi encontró un mensaje suyo que decía: “perdóname, creo que es mejor así”. Fue otro duro golpe para Ravi. Cómo llegó desde Estambul a Milán nunca se supo. Athos intentó averiguar más, pero Ravi parecía haber borrado por completo esa parte de su historia.

Athos ya lo había decidido: le ofrecería la habitación de invitados esa noche y al día siguiente lo ayudaría a encontrar una solución. Al principio Ravi rechazó la invitación, pero cuando Athos ya se había alejado un poco, el chico lo alcanzó. El día siguiente era domingo y Athos llevó a Ravi a conocer la ciudad, casi completamente desierta. Por la tarde volvieron al centro y decidieron visitar el interior del palacio de la Triennale, porque Ravi sentía curiosidad por unas figuras de colores que se entreveían en el jardín. Comieron en el Caffè del Museo y, después de recorrer el interior, salieron al jardín, frente a la famosa piscina de I bagni misteriosi. Entonces Ravi se quedó inmóvil delante de las esculturas y, en voz muy baja, casi hablando consigo mismo, dijo: “un encuentro”. Athos pensó en Lorenzo y se sintió una vez más observado por sus ojos profundos. Luego le pareció oír por un instante, a lo lejos, la flauta de Ravi. La atmósfera recuperó la misma suspensión de la tarde anterior, pero esta vez el sol estaba alto y el calor era tórrido. La luz del cenit hacía deslumbrantes los mármoles blancos del edificio y del patio, y creaba ese efecto óptico por el que las superficies bañadas por el sol parecen vibrar y desvanecerse en el aire.

Athos le pidió que le explicara qué quería decir, pero Ravi, con un salto de pantera, echó a correr hasta el borde de la piscina. Athos lo miró desde lejos, desbordado por la belleza de su figura armoniosa. El canto de las cigarras era ensordecedor. Ravi sacó la flauta de la mochila y volvió a tocar la pieza melancólica de la noche anterior. Athos le preguntó cómo se titulaba aquella música tan triste y el chico le respondió que era Il Sole Stanco (El sol cansado), un viejo tango polaco. Formaba parte de sus recuerdos de infancia: su abuela materna escuchaba a menudo ese disco. Ravi le explicó que también el sol, a veces, podía estar cansado y triste. Era una idea que a Athos le impresionó mucho, porque el sol siempre se había asociado a la fuerza y la vitalidad.

Como si quisiera salir de aquel momento, Athos le preguntó al chico si le apetecía convertirse en bañista de verdad. Ravi se echó a reír y le preguntó qué quería decir, y Athos le contestó que, con aquel calor insoportable, podían refrescarse en una piscina de verdad. Poco después estaban metidos en el agua, entre el griterío de los niños. Ravi estaba felicísimo y no paraba de zambullirse y nadar bajo el agua. Athos lo miraba divertido. El chico se le acercó y, mirándolo a los ojos, le preguntó si lo ayudaría. Con voz ahogada le dijo: “quiero volver a casa, con mi padre”. Pronunció estas palabras con una fragilidad y una delicadeza desconcertantes. Ravi quería reconciliarse con su padre y estaba seguro de que lo conseguiría. Athos decidió ayudarlo y, sin dudarlo, esa misma noche organizó el viaje para acompañar a Ravi de vuelta a su casa en la India.

Para Athos sería además la ocasión de ver el famoso observatorio astronómico de Jantar Mantar, que estaba precisamente en la ciudad de Ravi, Jaipur. Construido por Jai Singh II en el siglo XVIII, era un sofisticado conjunto de arquitecturas que funcionaban como instrumentos astronómicos, mandado levantar por el ilustrado maharajá para observar los astros. A Athos siempre lo había fascinado y, en su imaginación, por tratarse de un lugar mítico, sería una especie de peregrinación casi mística. La ocasión había llegado. Devolvería a Ravi a su padre y juntos visitarían el observatorio.

Partieron al día siguiente. Durante todo el viaje a la India, Ravi no dejó de preguntarle a Athos por la posición de las constelaciones o la distancia entre un planeta y otro. Athos estaba feliz de poder enseñarle y, al mismo tiempo, impaciente por visitar Jantar Mantar. Entre los dos había nacido ya una confianza enorme.

En Jaipur durmieron en un hotel no lejos de la casa de Ravi. A la mañana siguiente se despidieron. Athos le deseó suerte al chico, que, visiblemente emocionado, le dio las gracias con un fuerte abrazo. Athos se quedó solo una vez más y decidió no perder tiempo: todo se había cumplido y solo le quedaba emprender la peregrinación tan esperada, la visita a Jantar Mantar. Llegó al recinto justo al atardecer. El cielo ámbar tenía la misma tonalidad que las arquitecturas, que, pintadas en parte de color ocre, parecían reflejarlo. Todo parecía reflejarse en todo. A esa hora ya no quedaba nadie. Athos deambulaba entre aquellas arquitecturas enigmáticas con el corazón suspendido por la emoción. Luego llegó a la famosa escalinata astronómica, construida como un enorme reloj de sol para estudiar el astro: una doble escalera de piedra altísima que terminaba en el cielo. En lo alto, de hecho, un pequeño templete hacía de puerta de acceso al firmamento. Los estudiosos la usaban para medir con precisión la posición del sol. Para su época fue un instrumento de observación adelantadísimo. Aquella arquitectura extraordinaria, que Athos conocía por los libros desde muchacho, estaba ahora allí, justo delante de él.

Athos cerró los ojos: sabía que estaba ante un stargate, ante un punto de no retorno. Sentía que subir aquella escalera supondría para él un cambio de vida, un ascenso espiritual. Durante demasiado tiempo se había dejado llevar, había permitido que la tristeza y la melancolía lo consumieran, pero ahora se sentía preparado para cambiar. Todavía no sabía qué ni cómo, pero sentía dentro el fuego de una vida nueva a punto de nacer. Cada peldaño era para él una etapa de reflexión. ¿Quién era? ¿Qué había hecho hasta entonces?

Al llegar al último peldaño, la emoción fue incontenible. Abrió los brazos para recibir al sol, convertido ya en una gran esfera roja sobre el horizonte; después giró la cabeza y vio su cuerpo proyectar una sombra gigantesca a lo largo de todos los peldaños, hasta la base de la construcción.

De pronto le llegó una ráfaga de viento y le pareció reconocer el perfume de pachulí y rosa del pelo de Ravi. En ese momento vio a lo lejos una pequeña figura cruzar corriendo la explanada al pie de la rampa. Era Ravi, que subió la escalinata en un instante y llegó hasta Athos. El chico rompió a llorar y no hizo falta explicar nada. Su padre lo había rechazado otra vez. Estaba inconsolable y sollozaba con tanta fuerza que parecía a punto de ahogarse. Athos lo estrechó contra sí y, poco a poco, Ravi se calmó.

Cuando su respiración volvió a ser regular, alzó el rostro hacia Athos. En ese instante, un rayo de sol le atravesó el perfil y le iluminó la cara. Sus ojos, todavía velados por las lágrimas, brillaban como gemas, como cristales dorados. Apoyó la cabeza en el pecho de Athos y, buscando refugio en su abrazo, lo llamó “padre”.

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