Hay pinturas que no pretenden agradar a primera vista, sino sostener la mirada de quien las mira. “Mis figuras tienen hombros anchos, manos imponentes y peinados monumentales que se transforman en formas de color estructurales, no son meros adornos decorativos, sino anclas que cargan con el peso de lo que sentimos en nuestro interior”, explica Desirée, y en esa frase está ya el centro de todo su trabajo, la convicción de que el cuerpo es el lugar en el que habitan nuestros sentimientos.
Desirée trabaja desde su estudio en Pistoia, en la Toscana, un territorio que está en el centro de su vida y de su arte. “Tener la fortuna de vivir y crear en la Toscana, rodeada de su paisaje tranquilo, me proporciona el ritmo lento y la concentración que necesito para esta escucha interior profunda”, cuenta. Ese lugar es quien hace posible su pintura, es el tiempo que permite detenerse antes de responder, escuchar antes de mostrarse, y ese gesto de pausa es el que aparece congelado en cada lienzo.




El camino hacia la pintura no fue directo
Desirée dibuja desde niña, estudió Diseño de moda en Polimoda, en Florencia, y trabajó durante más de una década como diseñadora de ropa, especializada en sportswear, “el mundo empresarial nunca me hizo sentir realmente como en casa”, reconoce, y describe la insatisfacción de una creatividad sujeta a las reglas de la producción y del mercado. Fue durante la pandemia cuando decidió compartir su obra por primera vez, venciendo una timidez de años: “Siempre había sido bastante tímida e insegura respecto a mi arte, pero recibir respuestas inmediatas y positivas al mostrarlo me dio el valor y el impulso para seguir adelante”.
Inicialmente trabajó de forma digital, centrada en técnicas de estampación, una herencia todavía reconocible en la construcción casi gráfica de sus figuras. El giro decisivo llegó después, cuando empezó a pintar sobre lienzo con acrílicos, pasta estructural y tizas al óleo. “Fue entonces cuando todo encajó: sentir la superficie tangible bajo mis manos cambió por completo mi práctica”, afirma. El contacto físico con la materia no fue un cambio de técnica, sino de método de pensamiento: sus figuras, dice, “surgen directamente de ese contacto físico, encarnando estados emocionales íntimos”.










Desirée pinta la emoción sin suavizarla
De ahí nace también la crudeza deliberada de su lenguaje formal. Desirée pinta la emoción casi en su estado primitivo, porque para ella los sentimientos son a la vez complejos y elementales. No hay narrativa que explicar, ni anécdota que ilustrar, hay una postura, un gesto de manos, una masa de color que hace de cabello y de peso emocional al mismo tiempo. La estructura del cuerpo es, en su pintura, la estructura del sentir.
Esa manera de trabajar responde también a una lectura del presente. Desirée habla de la presión constante que impone hoy la mirada ajena, “vivimos pendientes de cómo nos perciben los demás y de cómo intentamos controlar la imagen que ofrecemos”. Frente a esa exigencia, su pintura elige lo contrario: detenerse, dar un paso atrás, y buscar bajo la superficie la emoción genuina que la prisa y la exposición constante tienden a esconder. Sus figuras no posan para ser vistas; se sostienen, con sus hombros anchos y sus manos firmes, en el instante justo antes de decidir cuánto de sí mismas van a mostrar.





Desirée Petrucci
desi.petrucci@gmail.com
@desiree_petrucci
Project by Desirée Petrucci
