Durante generaciones, la casa familiar se ha dibujado con una lógica heredada que apenas admitía discusión. Las estancias de día a un lado, los dormitorios al otro y, entre ambos, un pasillo que repartía habitaciones según una jerarquía silenciosa. El dormitorio principal ocupaba el lugar preferente y las habitaciones de los niños se alineaban a continuación, como piezas menores de un mismo sistema. Aquella organización traducía una idea de familia en la que los niños habitaban la casa de los adultos y se adaptaban a sus ritmos, a sus silencios y a sus horarios.
Este enfoque está ya desfasado. La vivienda contemporánea reconoce cada vez con más claridad que bajo un mismo techo conviven edades con necesidades distintas, y que la convivencia mejora cuando cada una encuentra su propio espacio. A la vieja separación entre lo común y lo íntimo se suma así una segunda frontera, más sutil y quizá más reveladora, la que distingue el universo de los adultos del de los niños. Lo que propone Pia Capdevila en este proyecto es dar a cada generación un lugar a su medida dentro de un hogar que sigue siendo compartido. Para los padres, una planta serena, social y abierta al exterior. Para los niños, un territorio con sus propias reglas, donde el juego, el estudio y el descanso se ordenan con una autonomía poco habitual en la distribución doméstica.
El dúplex que Pia Capdevila ha reformado en Barcelona convierte esa segunda frontera en el argumento de todo el proyecto. La planta baja reúne la vida social de la casa y la suite principal, y la planta superior se entrega por completo a los niños. Entre una y otra, una escalera nueva hace de umbral entre dos maneras de habitar que comparten, sin embargo, un mismo lenguaje material.


La vivienda original estaba fragmentada en estancias cerradas, recorrida por pasillos estrechos y circulaciones forzadas. Resolvía la relación entre sus dos niveles con una escalera mal situada que entorpecía más de lo que unía. La interiorista decidió empezar precisamente por ahí. Reubicar y rediseñar la comunicación vertical fue la operación estratégica de la que se derivó la nueva jerarquía de usos. Una vez resuelto dónde y cómo se sube, cada planta pudo asumir una identidad precisa y la casa entera encontró su orden.







La planta de los adultos
En la planta baja, lo que antes era una sucesión de piezas cerradas, recibidor, cocina, salón y un dormitorio, se ha transformado en un único espacio social donde cocina, comedor y estar conviven sin barreras. La apertura amplía la percepción del espacio y, sobre todo, permite que la luz que inunda la terraza del salón atraviese la vivienda hasta alcanzar la entrada de la casa. Ahora, en el acceso a la vivienda, un recibidor se abre a la cocina, con una consola de madera, que marca la bienvenida y un mueble separador de estanterías abiertas, que aísla pero deja pasar la luz.
La cocina, abierta, conserva una entidad propia. Un frente continuo de almacenaje, de suelo a techo, reúne la columna de horno y microondas, la zona de aguas, el mueble desayunador y el almacenaje general. Una isla central concentra la placa de cocción y la superficie principal de trabajo, conduce de forma natural hacia el comedor y ordena el espacio sin necesidad de tabiques. Los frentes en verde inglés, combinados con acabados de madera, aportan profundidad y dialogan con la calidez del pavimento laminado de roble de Neoparquet, que recorre las dos plantas como hilo conductor de toda la casa.
El comedor ocupa el paso natural entre la cocina y el salón, y esa posición intermedia refuerza la secuencia del espacio. Cocinar, disfrutar de la mesa y la conversación forman parte de una misma historia.
El salón se organiza en torno a un amplio sofá orientado hacia la terraza, atento a la comodidad cotidiana y a la relación visual con el exterior. Un mueble de televisión diseñado a medida, que integra la chimenea, actúa como pieza fija que ordena la estancia. A su lado, una butaca de Andreu World define un pequeño rincón de lectura dentro del área de estar.

La terraza se vive como una prolongación real del salón. Una pérgola permite usarla a lo largo de todo el año. El proyecto extiende hasta ella la misma atmósfera cromática del interior, hecha de verdes, tonos piedra y tierra, con acabados en microcemento que aportan una imagen sobria y homogénea.
El espacio privado de los padres
Al otro lado de la cocina comienza la parte más reservada de la planta. El pasillo que conduce al dormitorio principal incorpora un gran armario de suelo a techo que aprovecha el hueco bajo la escalera y cumple una doble función: amplía el almacenaje de apoyo a la cocina e integra el lavadero. Así resuelve de forma compacta una necesidad doméstica importante sin añadir piezas de servicio independientes.
El dormitorio de la suite se ha construido desde una paleta serena y una cuidada superposición de texturas con paredes en estucos de tono arena, textiles y tapicerías que se responden entre sí y un cabecero diseñado a medida. Una terraza privada amplía la entrada de luz natural y prolonga el dormitorio hacia el exterior.
En el baño, una amplia encimera con dos lavabos de formas redondeadas se enfrenta a una ducha de dimensiones generosas. El espacio se construye desde un diálogo entre los verdes suaves del frente cerámico y de los textiles, los tonos arena de revestimientos y encimera, y el contrapunto negro de grifería y perfilería. Una puerta corredera de vidrio translúcido deja que la luz del dormitorio alcance el interior del baño.




La escalera como umbral
En ese mismo tramo se sitúa la nueva escalera, la decisión sobre la que descansa todo el proyecto. Su reubicación y su nuevo trazado hacen más cómodo el paso de una planta a otra, pero su verdadero alcance es conceptual. El elemento que antes dificultaba la vida de la casa se ha convertido en el umbral que separa y a la vez une el mundo de los adultos y el de los niños. Subir significa cambiar de territorio.
El territorio de los niños
La planta superior pertenece por completo a los niños, y su carácter abuhardillado se asume como un rasgo de identidad. La geometría de la cubierta, con sus pendientes y sus rincones, ofrece una escala más próxima a la infancia y singulariza cada espacio. Varias ventanas de cubierta abiertas en puntos estratégicos multiplican la entrada de luz natural y compensan la inclinación del techo con una sensación luminosa y abierta.
Al final de la escalera una zona de juego y descanso, equipada con colchones en el suelo y mobiliario bajo, funciona como un pequeño salón a la medida de los niños, un lugar flexible para tumbarse, jugar o reunirse con los amigos.




Muy cerca se encuentra el baño que comparten los hermanos, que concentra las piezas de servicio de la planta y facilita las rutinas de cada día. La zona de estudio ocupa una posición central, entre la escalera y el camino a los dormitorios. Un gran escritorio con almacenaje y un mueble superior de estanterías abiertas mantienen ordenado el espacio de trabajo y permiten que los dormitorios queden libres de esa función. La madera y el amarillo ocre introducen aquí una nota más viva, creando una atmósfera estimulante y a la vez contenida.
Antes de llegar a las habitaciones, el distribuidor alberga un vestidor común. La solución libera superficie en el interior de los dormitorios, que quedan dedicados al descanso y a la vida personal. Además concentra el almacenaje en una pieza intermedia que aprovecha con eficacia los encuentros con la cubierta, algo especialmente valioso en una planta de geometría tan compleja.
Los dos dormitorios infantiles responden a la singularidad de la buhardilla y a la voluntad de dar a cada uno una identidad propia dentro de un lenguaje compartido. Ambos incorporan un rincón de lectura, lo que los convierte en habitaciones para estar además de para dormir. El color establece entre ellos una variación sutil: en uno, el verde es la base y el terracota el acento, y en el otro la relación se invierte. El resultado es una narrativa visual coherente entre los dos cuartos y, al mismo tiempo, muy personal.






Dos territorios, una sola casa
Lo más valioso de este proyecto reside en la manera en que la distribución se pone al servicio de una forma de convivir. La casa se vive ahora por generaciones. Abajo, la vida adulta encuentra calma, luz y una relación estrecha con el exterior. Arriba, los niños disponen de un lugar que les pertenece, donde crecer con cierta autonomía sin dejar de sentirse cerca. El roble del suelo, los verdes y los tonos tierra que atraviesan ambas plantas recuerdan que esa separación es, ante todo, una forma de cuidado, y que los dos mundos siguen formando parte de un mismo hogar.


Proyecto: Reforma integral de un dúplex familiar
Tipología: Vivienda urbana
Ubicación: Barcelona.
Superficie: 160 m².
Terminado: 2026.
Intervención: Proyecto de interiorismo y decoración.
Interiorismo y decoración: Pia Capdevila Interiorismo.
Fotografía: Jordi Canosa.
Estilismo: Mar Gausachs.
Fuente: MasMedia. Marta Alonso.

Pia Capdevila
Pia Capdevila pertenece a una generación de interioristas que ha sabido interpretar la vivienda contemporánea desde la sensibilidad y la experiencia cotidiana. Nacida en el seno de una familia vinculada a la arquitectura, su vocación por el espacio construido surgió de forma natural, entendiendo desde muy joven que la casa es mucho más que un lugar funcional: es el escenario de la vida, de la intimidad y de la memoria.
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Pia Capdevila
Saragossa 49
08006 Barcelona
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@piacapdevilainteriorismo
Project by Pia Capdevila
