Se inaugura la Gran Ópera de Shanghái de Snøhetta, donde la experiencia de la cultura sale del auditorio y se funde con la vida cotidiana de la ciudad

22 octubre 2026
Junto al río que ha ordenado la historia de Shanghái, Snøhetta culmina un proyecto que entiende la cultura como un espacio público, para habitarlo, más allá de las salas, sin necesidad de entrada.
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Durante siglos, la ópera fue un edificio que se contemplaba desde fuera. Escalinatas, pórticos y vestíbulos dorados trazaban con nitidez la frontera entre la calle y la sala, entre quienes tenían localidad y quienes pasaban de largo. Hace casi dos décadas, en Oslo, Snøhetta formuló otra propuesta con un techo inclinado de mármol blanco que desciende suavemente hasta sumergirse en las aguas del fiordo, funcionando como una inmensa plaza pública y transitable. La Ópera y Ballet Nacional de Noruega se convirtió así en un edificio que rompe con el concepto tradicional de teatro exclusivo para convertirse en un paisaje urbano abierto a todo el mundo. Aquella intuición, que hizo de la accesibilidad parte de la identidad del edificio, reaparece ahora a otra escala y en otra geografía, frente a las aguas del río Huangpu.

La Shanghai Grand Opera House nace del concurso internacional que el estudio noruego ganó en 2016 y se asienta en Expo Houtan, un frente fluvial que la ciudad lleva años regenerando. Es un equipamiento de 146.786 metros cuadrados, con tres auditorios y 4.200 localidades, diseñado como ópera de repertorio con todos sus oficios reunidos bajo un mismo techo: representación, ensayo, producción, formación, exposición y hostelería. Su ambición, sin embargo, desborda el programa escénico. El proyecto se ha pensado como un paisaje cultural abierto, una pieza de ciudad tanto como un teatro, arraigada en la vocación de intercambio que Shanghái ha cultivado durante más de un siglo.

Movimiento, pertenencia y experiencia

Tres ideas entrelazadas guían el diseño. El movimiento actúa como conector arquitectónico y social, y define la manera en que las personas se aproximan al edificio, entran en él y lo recorren. La pertenencia surge de un gesto cívico generoso, que hace del lugar un entorno abierto y acogedor. La experiencia, por último, ocupa el centro de la propuesta y modela la atmósfera y la secuencia espacial tanto para el visitante ocasional como para el público y los intérpretes.

Esas tres ideas se condensan en una forma. Un amplio movimiento envolvente abraza el espacio y responde al flujo y reflujo del río y al pulso de la ciudad que lo rodea. Ese gesto se resuelve en una cubierta única que unifica usos muy diversos —restaurantes, salas de exposición, espacios educativos y auditorios— y que preserva las relaciones visuales esenciales entre la ópera, la ciudad y el agua. La fachada, de trazado geométrico, teje los distintos niveles públicos en un todo coherente, mientras su piel exterior media entre transparencia y protección, entre apertura y recogimiento.

Vista aérea al anochecer: la cubierta en abanico, las torres escénicas y el río que conduce hacia el centro de la ciudad.

La cubierta como plaza pública

En esa cubierta reside la clave del proyecto. Snøhetta la describe como “un escenario, un mirador y un lugar de encuentro accesible durante todo el año”, y en esa triple condición se fundamenta el sentido de propiedad compartida que persigue el edificio. Una escalera en espiral une el suelo con la cubierta y encuadra, a medida que se asciende, las vistas hacia el río y el perfil de la ciudad. El recorrido deja de ser un mero trámite para convertirse en una de las experiencias públicas que definen el lugar.

La consecuencia es una inversión de la lógica habitual del género. Para conocer el edificio basta con acercarse a él. La cubierta transitable, los niveles públicos que fluyen unos en otros, las conexiones con el paisaje, los restaurantes, las salas de exposición y los espacios educativos acogen tanto los acontecimientos formales como el uso informal y cotidiano. Arquitectura y artes escénicas se encuentran en un ámbito común que invita a reunirse, a explorar y a formar parte de la vida pública del edificio, que se irá escribiendo con el tiempo.

Desde la explanada, la escalera en espiral se recorta sobre el horizonte, con los rascacielos de Lujiazui al fondo.
Una escalera en espiral une el suelo con la cubierta y encuadra, a medida que se asciende, las vistas hacia el río y el perfil de la ciudad. El recorrido deja de ser un mero trámite para convertirse en una de las experiencias públicas que definen el lugar.
Desde la arboleda de la orilla, la cubierta se despliega en gradas y terrazas salpicadas de bancos de madera.
El césped del parque llega hasta el pie del edificio y se convierte en lugar de juego y descanso.
La ópera aquí, deja de ser una institución reservada a quienes tienen entrada y se convierte en una tipología abierta, la misma que el estudio Snøhetta desarrolló en Oslo.
Fachada del edificio, desde la que se puede ver la monumentalidad del atrio.

El atrio, un pórtico monumental

Entre la plaza y las salas se abre un gran atrio que actúa como umbral de transición del edificio y que es, en buena medida, su espacio más elocuente. Es un espacio de gran altura, blanco y luminoso, donde el pavimento pulido devuelve los reflejos de la luz y de quienes lo recorren. Los altos ventanales de la fachada enmarcan desde dentro la gran escalera en espiral, de modo que el gesto que define el exterior permanece presente en el interior. En el techo, hendiduras lineales de luz se despliegan en abanico y prolongan la geometría radial de la cubierta, mientras los pilares blancos se marcan con finas incisiones verticales que acompañan el ritmo de las carpinterías.

Frente a esa blancura se levantan los volúmenes rojos que envuelven las salas. Las galerías se superponen en bandejas de bordes ondulantes, forradas de lamas y recorridas por líneas de luz, y anticipan desde el vestíbulo el rojo profundo del Harmony Hall.

Entre la plaza y las salas se abre un gran atrio que actúa como umbral de transición del edificio y que es, en buena medida, su espacio más elocuente.
Las galerías que rodean el atrio se superponen en bandejas de bordes ondulantes y anticipan el rojo profundo del Harmony Hall, la sala principal.

Tres salas con identidad propia

Grandes ventanales introducen la luz natural en los espacios principales, de modo que la experiencia del edificio cambia a lo largo del día y de las estaciones. Al caer la noche, la iluminación exterior transforma las torres escénicas en volúmenes luminosos que animan la cubierta y el horizonte urbano.

El lenguaje del movimiento se prolonga en el interior y organiza una secuencia de espacios encadenados, cada uno con identidad propia. Ya en el ámbito de las salas, los materiales blandos forman los suelos principales de las galerías y los revestimientos de las salas, y contribuyen a sus cualidades acústicas. Aunque los tres auditorios difieren en atmósfera, escala y especificaciones técnicas, se complementan bajo una misma cubierta, y la paleta material y cromática transita de los tonos más oscuros a los más claros, estableciendo una jerarquía sutil que refuerza el carácter de cada sala.

En el corazón del conjunto se encuentra Harmony Hall, el auditorio principal, con 2.000 localidades. Su interior se percibe, en palabras del estudio, como “un volumen tallado en un único bloque macizo, teñido de atmosféricos rojos oscuros”, y sus volúmenes y superficies se han modelado para resonar con la voz humana. La sala se organiza en cinco niveles —platea, anfiteatro y tres balcones— dispuestos para reducir al mínimo la distancia visual al escenario, y a lo largo de los muros laterales se integran pequeños palcos que acentúan la intimidad entre público y escena. Funciona como un instrumento afinado con precisión, donde los sistemas escénicos más avanzados se combinan con una acústica cuidadosamente calibrada.

Soar Theatre, la segunda sala, con 1.200 localidades, ofrece un marco más íntimo para producciones de menor escala y resulta especialmente adecuada para la ópera barroca y clásica, la opereta, las producciones locales y el teatro. Open Stage, el tercer auditorio, con 1.000 localidades, acoge formatos experimentales gracias a configuraciones adaptables de escenario y gradas, y se abre en panorámica hacia el parque circundante y la cubierta.

Harmony Hall, la sala principal de 2.000 localidades, diseñada como un volumen tallado en rojo oscuro y modelado para la voz humana.
Soar Theatre, la sala intermedia de 1.200 localidades: platea, anfiteatro y balcones curvos envueltos en tonos cálidos, alejados del rojo de Harmony Hall.
Open Stage, el auditorio flexible de 1.000 localidades, con el gran ventanal que se abre al fondo de la escena hacia el parque.

El entorno del río Huangpu recuperado

El gran reto del proyecto consistía en conciliar la complejidad técnica y operativa de un equipamiento escénico de esta escala con una presencia amable. La respuesta es una arquitectura unitaria que integra funciones múltiples, clarifica las circulaciones y mantiene los recorridos públicos legibles. Así, la ópera deja de ser una institución reservada a quienes tienen entrada y se convierte en una tipología abierta, la misma que el estudio exploró en Oslo.

El edificio participa además activamente en la construcción del frente del río Huangpu. Amplía el espacio público y contribuye a la regeneración del distrito de Expo Houtan mediante un paisaje de trazado radial que sigue la geometría del edificio y refuerza los vínculos entre la ópera, el parque, la ciudad y el río. Las estrategias pasivas, la integración paisajística y el aprovechamiento de la luz natural sostienen su comportamiento ambiental y reducen la demanda energética, una sostenibilidad que se expresa en las decisiones del proyecto.

Desde la orilla opuesta del río Huangpu, la ópera asoma entre la vegetación de Expo Houtan.

Una obra coral

El encargo formal llegó en 2019, cuando Snøhetta, el East China Architectural Design & Research Institute (ECADI), los consultores teatrales Theatre Projects y los especialistas de Nagata Acoustics fueron designados como consorcio internacional para acometer la obra desde el diseño hasta su realización, con la ingeniería de Schlaich Bergermann Partner. De esa colaboración entre arquitectos, planificadores teatrales, acústicos, ingenieros y artesanos, locales e internacionales, surge un proyecto global en su mirada y preciso en su respuesta al lugar.

La ópera que antaño se contemplaba desde la calle es aquí un territorio que se camina. Sus escenarios acogerán representaciones de primer nivel, pero su verdadera aportación está en los espacios que la rodean y la integran, donde la experiencia de la cultura sale del auditorio y entra en la vida cotidiana de la ciudad. Sobre la cubierta, frente al río, Shanghái encuentra un lugar para mirarse a sí misma.

Proyecto: Shanghai Grand Opera House.
Arquitectura, paisajismo e interiorismo: Snøhetta.
Ubicación: Expo Houtan, orilla del río Huangpu, Shanghái (China).
Terminado: 2026.
Superficie: 146.786 m².
Aforo: 4.200 localidades: Harmony Hall (2.000), Soar Theatre (1.200) y Open Stage (1.000).
Arquitectura local: East China Architectural Design & Research Institute (ECADI).
Ingeniería: Schlaich Bergermann Partner.
Consultoría teatral: Theatre Projects.
Acústica: Nagata Acoustics.
Fotografía: Yumeng Zhu, Tian Fangfang, Chen Hao y Honne Dang.
Fuente: Snøhetta.

El último viaje a Snøhetta en 2024 reunió a más de 240 profesionales de estudios de todo el mundo. Foto: OiOiOi / Snøhetta

Snøhetta

Snøhetta toma su nombre de una montaña del centro de Noruega, una cumbre remota del macizo de Dovrefjell cargada de historia y de presencia en el imaginario del país. El estudio ha convertido esa elección en una declaración de principios. Snøhetta es, en sus propias palabras, “un lugar del que nadie es, pero que cualquiera puede experimentar”. De esa idea nace la motivación que recorre toda su obra, la de crear lugares donde las sociedades se encuentren entre sí y con el mundo que las rodea, una tarea que el estudio confía al diálogo y a la diversidad.

Fundado en Oslo a finales de los años ochenta por Kjetil Trædal Thorsen y Craig Dykers, el estudio coincidió en su origen con la publicación de Nuestro futuro común, el informe de la Comisión Brundtland de Naciones Unidas que introdujo la noción de desarrollo sostenible. Aquel documento fue para sus fundadores una inspiración temprana para construir un futuro positivo, en un momento en que esa preocupación resultaba todavía singular en la profesión. Desde entonces, la sensibilidad ambiental y cultural enmarca su manera de entender el oficio y su convicción de que el diseño puede ser una fuerza transformadora.

Su primer encargo relevante llegó en 1989, con el concurso para la Bibliotheca Alexandrina, que devolvía a la vida la legendaria biblioteca de Alejandría. Le siguieron la Ópera y Ballet Nacional de Noruega en Oslo, cuya cubierta transitable sobre el fiordo se convirtió en un símbolo de la arquitectura pública contemporánea, y el pabellón del National September 11 Memorial Museum, en el World Trade Center de Nueva York. A partir de esas obras fundacionales, el estudio ha construido proyectos de reconocimiento internacional en todo el mundo.

Proyectos de todas las escalas

Snøhetta se define como una práctica transdisciplinar, basada en el diálogo, que reúne arquitectura, paisajismo, interiorismo, arte y diseño de producto, y que con frecuencia combina varias de esas disciplinas en un mismo proyecto. Aunque las grandes obras culturales concentran la atención, el estudio trabaja con idéntico interés en escalas muy distintas, desde un nido de pájaros o una colmena hasta la planificación urbana, pasando por equipamientos culturales, científicos y comerciales. Ha diseñado y producido mesas, sillas, pavimentos y nuevos materiales de construcción de bajo impacto ambiental.

El equipo, de alrededor de 250 personas de cuarenta nacionalidades, se reparte entre siete estudios en Oslo, Nueva York, Innsbruck, París, Melbourne, Hong Kong y Shenzhen. Esa diversidad responde a la voluntad de representar a las sociedades y culturas en las que trabaja. La organización es horizontal y la información circula abiertamente entre colegas. Los propios estudios, abiertos y acogedores, traducen esa cultura en espacios con plantas sin jerarquías donde todos, sea cual sea su función o profesión, comparten un mismo taller, pensado tanto para la concentración como para el intercambio.

El método: un enfoque integrado

Cada proyecto es único, con clientes, usuarios, presupuestos, contextos y limitaciones propios. En el centro del método de Snøhetta está un enfoque integrado que parte de una convicción: reunir a personas con perspectivas y competencias diferentes es un catalizador de innovación. El estudio llama a este proceso transpositioning, un intercambio de posiciones en el que cada profesional se asoma al terreno del otro. A menudo, el proceso se abre también a participantes externos mediante talleres que les invitan a desprenderse de las convenciones de su disciplina, una práctica que amplía el abanico de soluciones posibles, libera del pensamiento habitual y construye empatía entre quienes intervienen.

De ahí procede una de las cualidades más reconocidas de su obra, la capacidad de encontrar soluciones inesperadas a los retos de cada encargo. El estudio aspira a “tomar a la realidad por sorpresa” mediante un estado de reinvención continua, y entiende que esas innovaciones solo adquieren valor cuando se comparten, hasta que lo que ayer fue experimental se convierte en norma.

Artesanía tradicional y tecnología digital

El método de Snøhetta explora de forma simultánea la artesanía tradicional y la tecnología digital más avanzada, en una relación complementaria que impulsa su proceso creativo. En el corazón de sus estudios hay talleres de maquetas equipados con robots CNC, prototipado rápido en 3D, maquinaria de carpintería y herramientas manuales. El prototipo forma así parte del propio proceso de diseño, y las ideas circulan con naturalidad entre el mundo analógico y el digital. En esos talleres se ponen a prueba ideas abstractas, se ensamblan elementos que nunca antes se habían unido y se examinan las características de cada material —su peso, su olor, todo lo que contiene— para devolver lo aprendido al proyecto.

La sostenibilidad como ética

Conscientes de que los edificios y su construcción contribuyen de manera decisiva al cambio climático, los equipos de Snøhetta abordan cada proyecto con el compromiso de construir con responsabilidad y de crear lugares donde personas, plantas y animales puedan convivir. Su filosofía de la sostenibilidad descansa sobre tres pilares —social, ambiental y económico— y se alinea con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas y el Acuerdo de París. El estudio se ha propuesto que todos sus proyectos sean neutros en carbono en un horizonte de quince años.

Esa ambición se apoya en décadas de investigación. Snøhetta ha experimentado con edificios de energía positiva, capaces de compensar su huella de carbono a lo largo de su vida útil devolviendo energía limpia a la sociedad, y ha demostrado que pueden construirse con la tecnología existente; su objetivo es ahora extender esa estrategia al conjunto de su obra y, en última instancia, a toda la industria. Junto a instituciones de investigación, estudia materiales como el plástico, la arcilla, la madera o distintos hormigones bajos en carbono, y comparte sus hallazgos con el sector a medida que se producen. Su atención al lugar abarca el hábitat completo, con sus suelos, su vegetación, su flora y su fauna, y se extiende a la gestión del agua, el control de emisiones y residuos y unas condiciones laborales saludables en la obra y en el propio proceso de diseño.

Reconocimientos

La trayectoria del estudio ha sido distinguida con algunos de los premios más relevantes de la disciplina. La Bibliotheca Alexandrina recibió el Premio Aga Khan de Arquitectura, y la Ópera de Oslo, el Premio de Arquitectura Contemporánea de la Unión Europea – Mies van der Rohe. Snøhetta ha obtenido además el Global Award for Sustainable Architecture, el diploma A.C. Houens Fond y la Medalla Grosch. En 2016, WSJ. Magazine lo nombró Innovador del Año en arquitectura, y Fast Company lo ha incluido dos años consecutivos entre las empresas más innovadoras del mundo.

En 2020 recibió el National Design Award de Arquitectura, que concede el Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum, así como el Premio de Honor de Design and Architecture Norway por Under, su restaurante submarino en la costa sur noruega. Sus baldosas Forite, fabricadas a partir de vidrio reciclado, fueron reconocidas por Dezeen y Wallpaper* en 2021 y 2022, y el sistema de señalética de la sede del Groupe Le Monde en París obtuvo un Monocle Design Award.

En la primavera de 2027, Thames & Hudson publicará en todo el mundo su monografía Context and Concept: Selected Works, con la Shanghai Grand Opera House en la portada. Que sea este edificio el elegido para presentar más de tres décadas de trabajo dice mucho del itinerario recorrido desde Alejandría: una arquitectura que, en cada lugar y a cada escala, insiste en abrir sus puertas a quien quiera atravesarlas.

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