Menorca conserva, mejor que otros territorios mediterráneos, la huella de una arquitectura que nunca se pensó como tal. Los Llocs —fincas rústicas dedicadas históricamente a la explotación agroganadera— no responden a un proyecto en el sentido moderno del término, sino a una acumulación lenta de necesidades resueltas con lo que el terreno ofrecía: marés extraído de sus propias canteras, barro, piedra colocada en seco, muros orientados para cortar el viento y aleros pensados para gobernar la sombra. Son construcciones que se desprenden del paisaje, y que por eso mismo resultan hoy tan difíciles de imitar como de igualar. No hay estilo que copiar, solo una manera de razonar el clima, la topografía y el trabajo del campo que se fue depositando, generación tras generación, en la forma de la casa.
Son Martorell pertenece a esa tradición. La finca reúne la vivienda principal, la boyera –cuadra del ganado– y un sistema de muros de piedra seca, caminos y vegetación autóctona que completan el conjunto con el territorio que lo rodea, en un ejemplo elocuente de esa arquitectura menorquina donde el lugar precede a la forma. Las construcciones, fechadas en 1886, llegaron al proyecto de Idearch Studio en un estado de abandono avanzado, tras décadas de intervenciones sucesivas que habían llegado a partir la vivienda original en dos unidades independientes, borrando buena parte de la lógica espacial que le había dado sentido.








Una ruina útil
Idearch no ha querido realizar la restitución de la imagen desaparecida, sino construir a partir de una lectura atenta de lo que la casa todavía podía ofrecer. Los arquitectos retiraron los elementos irrecuperables, eliminaron los tabiques añadidos a lo largo del tiempo y vaciaron la vivienda de las cubiertas y forjados que habían perdido su capacidad estructural. Lo que ha quedado tras esa depuración —una «ruina útil», en palabras de los arquitectos— conserva el valor espacial y material suficiente para sostener una nueva vida. Sobre esa base, se han dispuesto los elementos que reorganizan la casa.
Esta manera de proceder desplaza el proyecto hacia una relectura que asume las cicatrices acumuladas como parte de la historia construida del lugar. Cada transformación sufrida por la casa a lo largo del siglo pasado —incluidas las que la habían desfigurado— se entiende como un estrato más de su biografía, más que como un error que corregir. La intervención permite así que Son Martorell continúe evolucionando desde su propia esencia, en lugar de convertirla en una versión idealizada de su pasado.













Un vacío como núcleo
El espacio que ordena el nuevo proyecto es un vacío a doble altura situado en el acceso a la casa, que funciona como centro espacial de la vivienda y organiza desde ahí el resto de las circulaciones. Una escalera y una pasarela, ambas ligeras, se despliegan alrededor de un muro pétreo preexistente que actúa simultáneamente como soporte estructural y como memoria construida del edificio. Apoyarse en él, más que sustituirlo, es la decisión que define el proyecto. A través de esta pieza central, los distintos niveles de la casa quedan conectados de manera continua, y lo nuevo se sitúa junto a lo preexistente desde la precisión constructiva y la ligereza material, sin necesidad de competir con ello.
El tratamiento de los paramentos originales sigue el mismo criterio. Un estudio detallado de cada muro permite recuperar, allí donde es posible, la presencia del marés visto; en los puntos donde su conservación no es viable —fundamentalmente en las zonas húmedas—, se recurre a morteros y alicatados que mantienen la coherencia material del conjunto sin fingir una autenticidad que ya no existe.








Diálogo entre arquitectura, paisaje y memoria
Son Martorell recoge una manera de entender la arquitectura que en Menorca tiene siglos de práctica, aquella en la que el clima y el emplazamiento gobiernan la forma antes que cualquier voluntad compositiva. La posición de los huecos en fachada responde a una lectura atenta del paisaje que rodea la casa, y se abre de manera selectiva allí donde conviene capturar la luz o enmarcar una vista, reforzando el vínculo entre la vivienda y la tierra de la que surge. Las estancias principales se orientan al sur y se abren al exterior con vidrios de suelo a techo, mientras que hacia el norte —donde se sitúan las estancias de servicio, cocina, lavadero, despensa, baños de cortesía, almacenes y los núcleos húmedos— la fachada gana profundidad y los huecos se reducen, convirtiéndose en filtro frente a los vientos de la tramontana.
En el interior, los huecos abiertos en los muros de marés funcionan como umbrales entre estancias más que como divisiones. La casa se organiza como una secuencia continua de espacios en la que desaparecen pasillos y distribuidores innecesarios, y la experiencia de recorrerla se vuelve directa y fluida.
Son Martorell sostiene, por encima de cualquier voluntad de fijar una imagen o recuperar un momento concreto de su historia, el diálogo entre arquitectura, paisaje y memoria que ha definido siempre a los llocs menorquines. Su nuevo uso preserva el carácter de predio que ha acompañado a la finca desde 1886, y su arquitectura queda al servicio de una idea de continuidad, la que entiende cada intervención como un episodio más de un territorio que se ha ido construyendo, despacio, a lo largo de generaciones.
Materiales
Hormigón pulido en suelo planta baja.
Hidráulico acabado terracota en suelo primera planta y boyera.
Restauración de piedra de marés en muros estructurales.
Acero acabado cortén en escalera y pasarela de vestíbulo de acceso.
Cerámicas en paredes de baños.
Puertas lacadas blancas a medida en plantas baja y primera.
Acero lacado en muebles de baños hechos a medida.
Madera maciza en muebles de baños hechos a medida.
Mobiliario e iluminación
Lámparas de suspensión Oslo en vestíbulo. Luminaria Kub y luminaria Némesis de Leds C4. Luminaria Cold Hide 5 de Metalarc. Lámpara de mesa en hierro Alnair. Sofás de jardín Dojans. Tumbonas de piscina Akelia. Mesa auxiliar de jardín Dulem. Sillas de comedor Visby Design modelo Celle. Conjunto de sofá, mesas de centro y sillones Yervin. Mesa auxiliar Norman. Mesa auxiliar Odella. Mesa de centro Bedum. Sofá de salón Bruna de Sklum. Butacas Lorent en salón de The Masie. Sofás de exterior Portitxol de Kave Home.





Proyecto: Son Martorell.
Ubicación: Menorca.
Superficie: 461 m². 420 vivienda + 41 boyera.
Terminado: 2026.
Arquitectura: Idearch Studio.
Arquitectos: Joaquín Mosquera Casares y Syra Abella Bule.
Aparejador y director de ejecución de obra: Diego Florit Martínez.
Ingeniero de estructuras: Bernabéu Ingenieros.
Contratista: Construcciones Valcárcel y Méndez.
Fotografía: María Missaglia.
Fuente: Linka News.

Idearch Studio
Idearch es un estudio de arquitectura fundado en Madrid en 2009 por Syra Abella y Joaquín Mosquera. Desde entonces ha desarrollado proyectos de múltiples escalas y programas —vivienda, comercio, oficinas, espacios públicos— con un criterio que persiste en cada encargo: dotar de singularidad a lo construido desde la sencillez y la honestidad, atendiendo a los valores esenciales de la arquitectura. Sus clientes son tanto entidades privadas como instituciones públicas.
Abella y Mosquera entienden la práctica y la teoría como partes inseparables de un mismo trabajo. Ambos han ejercido la docencia en la ETSAM y en la Universidad Francisco de Vitoria, han publicado en revistas y libros especializados y participan en grupos de investigación universitarios. Esa doble presencia —en el proyecto y en la reflexión sobre él— es parte constitutiva de la identidad del estudio.
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