Frank Gehry

Nacido en Toronto en 1929, Frank Gehry procedía de una familia trabajadora y migrante. Su padre, un neoyorquino de carácter complejo al que nunca llegó a sentirse cercano, alternó sueños de boxeador con oficios humildes como vendedor y camionero. Fue su madre, Thelma, nacida en Polonia y llegada a Canadá en busca de un porvenir más amable, quien encendió en el joven Frank el amor por la música, la literatura y el arte. También sus abuelos maternos alimentaron esa sensibilidad que, años después, tomaría la forma de edificios que parecían danzar.

En aquella infancia marcada por la búsqueda de un lugar propio, Gehry aprendió que la creatividad podía ser refugio y destino. Esa conciencia temprana se cruzó, no obstante, con las sombras de su tiempo: su madre y su primera esposa, Anita Snyder, le animaron a cambiar su apellido original, Goldberg, por Gehry, para evitar que su ascendencia judía se convirtiera en barrera. Él mismo llegó a reconocer que, al inicio de su carrera, sufrió comportamientos antisemitas y que algunos colegas se negaron a colaborar con él. Nada de eso detuvo su impulso.

Formado en la Escuela de Arquitectura del Sur de California y posteriormente en Harvard, Gehry se instaló en Los Ángeles, donde comenzó a experimentar con materiales humildes y formas poco ortodoxas. El reconocimiento internacional llegó con una fuerza inusitada cuando, en 1989, recibió el Premio Pritzker, la más alta distinción de la arquitectura. Era la confirmación de una voz propia, libre de convenciones y abierta a lo inesperado.

Guggenheim Bilbao: la arquitectura como renacimiento. Si existe un lugar donde la obra de Gehry se entrelaza con el destino de una ciudad, ese lugar es Bilbao. El Museo Guggenheim, inaugurado en 1997 a orillas de la ría, no solo transformó el paisaje urbano: transformó la identidad colectiva. Los pliegues de titanio, como escamas que capturan el cielo cambiante del norte, hicieron visible la capacidad emocional de la arquitectura. Era un edificio que no se podía explicar: había que sentirlo.

Bilbao renació alrededor de él, convertida en símbolo internacional de cómo el diseño puede actuar como energía regeneradora. Gehry siempre mantuvo un cariño especial por este proyecto, quizá porque en él la materia y el movimiento encontraron una armonía que parecía música.

Walt Disney Concert Hall: el sonido del acero. Los Ángeles, la ciudad que lo acogió, tiene en el Walt Disney Concert Hall uno de sus templos contemporáneos. Allí, las superficies de acero se pliegan como una partitura luminosa que resuena con una de las mejores acústicas del mundo. Gehry concebía la arquitectura como emoción, y este auditorio se ha convertido en un icono de esa sensibilidad.

Dancing House: la arquitectura que baila. En Praga, el Dancing House mostró que la arquitectura podía dialogar con la historia sin mimetizarla. Dos volúmenes entrelazados —Fred y Ginger, como él mismo los llamaba— parecen iniciar un movimiento suspendido, una afirmación de libertad en pleno corazón europeo.

Nuevas formas para nuevos mundos

Su imaginación no conoció fronteras. En Seattle, el Experience Music Project (EMP) —hoy MoPOP— surgió a partir del deseo de Paul Allen de rendir homenaje al legendario Jimi Hendrix. Gehry concibió un edificio que parecía un riff eléctrico congelado en el aire: un conjunto de piezas curvas y vibrantes que evocan guitarras, distorsiones y el ritmo imprevisible del rock. Inaugurado en el año 2000, el EMP confirmó que la arquitectura podía dialogar con la música desde su propio lenguaje.

España volvió a encontrarse con su obra en 2006 con la inauguración del edificio para las bodegas Marqués de Riscal, un gesto audaz que desplegaba bandas de titanio coloreado sobre el paisaje riojano. Gehry reinventaba aquí el vínculo entre tradición vitivinícola y contemporaneidad, creando un símbolo que convirtió a la bodega en destino cultural.

Años más tarde, en París, la Fondation Louis Vuitton (2014) selló la alianza entre arte, filantropía y la estética del lujo. El edificio, hecho de velas de vidrio que parecen hincharse con la brisa del Bois de Boulogne, mostró el alcance universal de su capacidad para transformar lo monumental en algo casi etéreo. Fue una obra de madurez, en la que la técnica alcanzó una precisión que rozaba lo poético.

Un legado que continúa

Frank Gehry defendió siempre que la arquitectura debía conmover antes que impresionar. Trabajó con la convicción de que los materiales podían adquirir vida propia y que la imaginación, bien conducida, es una energía ética. Su obra —vibrante, atrevida, profundamente humana— cambió el modo en que entendemos las formas, el espacio y la capacidad transformadora del diseño.

Hoy, mientras el mundo despide al arquitecto que hizo del titanio un lenguaje universal, resuenan las palabras que nunca necesitó decir: que la arquitectura, cuando es sincera, cuando se atreve, puede convertirse en una celebración del espíritu humano. Y en esa celebración, Frank Gehry seguirá presente, iluminando riberas, ciudades y miradas.

publicado en Exágono