Virginia Payo: “Una obra nunca es un objeto completamente aislado, el espacio que habita también forma parte de ella”

27 septiembre 2026
Virginia desarrolla una práctica difícil de definir desde una sola disciplina, en la que el tejido convive con la investigación de materiales y con una forma de trabajar basada en la experimentación y el aprendizaje constante.
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Nacida en Madrid, Virginia Payo es artista y diseñadora gráfica. Su trayectoria se ha construido de una manera poco lineal, atravesando disciplinas como el diseño gráfico, la escenografía, el escaparatismo o el diseño de mobiliario hasta llegar, años después, al trabajo textil y al telar. Actualmente vive entre Madrid y Vejer de la Frontera (Cádiz), y desarrolla una práctica difícil de definir desde una sola disciplina, en la que el tejido convive con la investigación de materiales y con una forma de trabajar basada en la experimentación y el aprendizaje constante. Ella misma nos lo cuenta.

Mi formación y gran parte de mi trayectoria profesional vienen del diseño gráfico. Durante años he trabajado entre imágenes, composición, tipografía, color y estructura, una manera de pensar que todavía está muy presente en todo lo que hago. También he pasado por la escenografía, el escaparatismo y el diseño de mobiliario, participando en proyectos como Casa Pasarela, Casa Decor y Salone del Mobile Milano.

Después de tantos años frente a una pantalla, empecé a sentir la necesidad de trabajar más con las manos. Quería tocar, construir y relacionarme de una manera más directa con los materiales.

Al mismo tiempo, algunos viajes y encuentros fueron acercándome al textil. Uno de ellos fue Xtant, en Mallorca, donde descubrí materiales, técnicas y formas de trabajar que no conocía. Poco a poco, todo aquello me fue llevando hasta el telar de bajo lizo.

Aprender a permanecer

Resulta curioso que acabara atrayéndome tanto una técnica que, en muchos sentidos, funciona al contrario que yo. No soy especialmente buena con la lentitud. Soy inquieta y me cuesta estar mucho tiempo haciendo una misma cosa. El telar, en cambio, te obliga a permanecer, a concentrarte y a aceptar un ritmo que no se puede acelerar.

Mi llegada al telar coincidió con un momento complicado de mi vida. Llevaba muchos años conviviendo con dolor crónico y estaba pasando por un estado anímico muy bajo. Necesitaba encontrar nuevas motivaciones, algo que pudiera hacer a pesar de mis limitaciones físicas y que, de alguna manera, me ayudara a reinventarme y a salir de ese estado. Fue entonces cuando empecé a aprender a tejer, primero en dos escuelas, una en Madrid y otra en Barcelona, y después practicando por mi cuenta.

Lo que no esperaba era descubrir que tejer empieza mucho antes de pasar la primera trama. Preparar y montar la urdimbre puede llevar horas, incluso más de un día. Hay que calcular la cantidad y la longitud de los hilos, medirlos, mantenerlos ordenados, llevarlos al telar, pasarlos uno a uno por los lizos y el peine, distribuirlos y conseguir finalmente una tensión uniforme. Es probablemente la parte más tediosa de todo el proceso y, además, durante muchas horas tienes la sensación de que todavía no está ocurriendo nada. Solo ves hilos y más hilos.

Hay un libro sobre tejido cuya introducción me hizo mucha gracia porque la autora cuenta que, después de llevar prácticamente todo el día montando una urdimbre y sin haber empezado todavía a tejer, se pregunta: «¿Por qué me habré metido en este lío?». Me sentí completamente identificada.

Pero cuando por fin está todo preparado, el proceso cambia por completo. Después de esa primera parte tan técnica, lenta y precisa, empieza otra mucho más abierta. La urdimbre ya está ahí, sosteniéndolo todo, y entonces puedo empezar a jugar: cambiar materiales, densidades, dejar espacios, construir formas, probar algo sin saber si va a funcionar.

Creo que por eso el telar encaja conmigo de una manera un poco extraña. Conviven dos formas de trabajar casi opuestas: una necesita orden, cálculo y paciencia; la otra, curiosidad, juego y capacidad para cambiar de dirección.

Y hay algo más que el telar me ha enseñado: el silencio. Puedo pasar horas tejiendo y entrar en un estado de concentración muy profundo. Para mí se ha convertido en una forma de meditación, una manera de silenciar la mente y estar completamente en lo que estoy haciendo.

Dejarse guiar por los materiales

Una parte importante de mi trabajo tiene que ver con los materiales. Me gusta buscar fibras poco habituales y descubrir qué ocurre cuando llegan al telar. Trabajo sobre todo con fibras naturales procedentes de Japón, India y España, entre ellas cáñamo, ramio, algodón, ortiga, lino, yute, sedas, fibra de plátano, hilo de piña, algas marinas, cortezas vegetales, jacinto de agua, papel de morera o distintos hilos y cordeles de papel.

En la última colaboración he incorporado el propio papel como trama, después de trabajarlo previamente, y también diferentes telas. Me interesa la posibilidad de pensar la trama de una manera mucho más abierta: no necesariamente como un hilo, sino como cualquier material que pueda atravesar la urdimbre y formar parte del tejido.

Muchos de estos materiales son irregulares, frágiles y muy vivos y por eso me atraen. No todos se comportan igual ni permiten trabajar de la misma manera. Hay fibras que soportan mucha tensión y otras que se rompen enseguida. Algunas son rígidas, otras casi desaparecen. Unas permiten construir volumen y otras funcionan mejor dejando aire y espacio entre hilos.

Gran parte del trabajo consiste en probar y observar cómo se comportan, cómo se tensan y qué posibilidades tienen dentro del tejido. A veces se trata simplemente de averiguar si un material se puede tejer, qué forma puede construir o qué ocurre cuando intento utilizarlo de una manera para la que, en principio, no estaba pensado.

En el tejido, además, hay muchos errores. Un hilo que se rompe, una tensión que cambia, algo que no queda exactamente como habías imaginado. Para alguien tan exigente como yo, aprender a convivir con eso también ha sido parte del proceso. Hay una frase de El acto de crear que me encanta: «Cuando la obra tiene cinco fallos todavía no está terminada. Cuando tiene ocho fallos es posible que sí». Me gusta porque resume algo que he tenido que ir aprendiendo: no todo lo que se sale de lo previsto tiene necesariamente que corregirse.

Paper Fields I
Paper Fields II.

Cruzar los límites del telar

Esa forma de trabajar ha hecho que, poco a poco, el tejido se haya ido encontrando con otros materiales. En algunos trabajos aparecieron el cemento, la cerámica y el aluminio, y con ellos problemas completamente nuevos: cómo sostener una pieza, cómo unir dos materiales, cuánto peso puede soportar una estructura o cómo conseguir que algo muy rígido conviva con algo extremadamente flexible.

Y entonces me encuentro haciendo cosas que no sé hacer.

Esa parte me divierte especialmente. De repente tengo que aprender algo de carpintería, buscar una manera de trabajar el metal, hacer pruebas con cemento o cerámica, o pedir ayuda a alguien que sabe mucho más que yo. No saber resolver algo no suele hacer que abandone una idea; normalmente hace que quiera averiguar cómo hacerlo.

Quizá por eso nunca he sentido que el telar tenga que marcar los límites de mi trabajo. Es una herramienta fundamental para mí, pero también un punto de partida. Una pieza puede comenzar en el telar y terminar acercándose a la escultura, necesitar una estructura, incorporar un material completamente diferente o incluso hacerme abandonar la idea inicial.

Tampoco tengo demasiado interés en decidir si algo es tejido, escultura, diseño o cualquier otra cosa. Después de haber trabajado en disciplinas distintas durante tantos años, cada vez me resulta más natural utilizar lo que necesito en cada momento.

Tengo además la suerte de no depender económicamente de mi producción artística. Eso me permite trabajar sin la obligación de producir constantemente, cerrar colecciones o mantener una línea determinada. Puedo pasar mucho tiempo investigando algo que quizá no llegue a convertirse en una obra, simplemente porque me interesa hacerlo.

Esa libertad para mí es muy importante. Me permite jugar, equivocarme, abandonar algo y volver a ello más adelante. No todo lo que hago tiene que terminar convertido en una pieza y, quizá, una de las cosas que más he tenido que aprender en estos años es a no saber de antemano dónde voy a terminar.

Soft Body IV — Veil.

Ocupar el espacio

Hace poco, escuchando una charla sobre Aurèlia Muñoz, hubo una idea que se me quedó especialmente: pensar que una obra nunca es un objeto completamente aislado y que el espacio en el que va a estar también forma parte de ella.

Es algo en lo que cada vez pienso más cuando trabajo. Una pieza cambia completamente dependiendo de dónde esté, de la luz, de la distancia desde la que se mira o de lo que ocurre a su alrededor. Hay trabajos que necesitan una pared y otros que necesitan separarse de ella y empezar a ocupar el espacio.

También me atrae mucho esa posibilidad que tiene el textil de cambiar de escala y de presencia. Puede ser muy denso, tener mucho peso visual y casi convertirse en una masa, pero también puede hacerse extremadamente ligero, transparente, móvil o casi desaparecer.

Últimamente me apetece explorar más esa segunda posibilidad: sacar el tejido del plano, dejar que ocupe el espacio y ver qué ocurre cuando empieza a relacionarse de una manera más directa con la arquitectura.

Y esto conecta también con otra cosa que me interesa cada vez más: trabajar con otras personas.

Soft Body V — Rhythm.

Compartir el proceso

En aquella charla sobre Aurèlia Muñoz apareció una expresión que me gustó mucho: “almas gemelas”. No entendidas necesariamente de una manera íntima, sino como esas personas que aparecen en determinados momentos y consiguen sacarte de tu sitio, enseñarte algo que tú no sabes o hacerte mirar tu propio trabajo de otra manera.

Creo que cada vez valoro más esos encuentros. Pueden ser otros artistas, personas que trabajan con materiales o técnicas que yo no conozco, pero también gente que conecta a unos con otros y que puede abrir una puerta hacia un espacio, una exposición o una posibilidad que tú sola quizá ni siquiera habrías imaginado.

Durante mucho tiempo mi manera de trabajar ha sido bastante individual. Sin embargo, en el último año he empezado a disfrutar especialmente de los procesos compartidos. Cuando trabajas con otra persona tienes que renunciar a una parte del control. Una idea tuya pasa por la mirada y las manos de alguien más y vuelve transformada. El resultado ya no depende únicamente de tus propias decisiones.

Eso me interesa especialmente ahora: que alguien me saque de lo que ya sé hacer. Trabajar con personas que conocen otros materiales, otras técnicas o que sencillamente miran de otra manera. No tanto para sumar dos trabajos distintos, sino para construir algo que ninguna de las dos habría hecho por separado.

Y aquí vuelve a aparecer el juego como una forma de aprendizaje: probar, equivocarse, cambiar de dirección o encontrar una solución que no estaba prevista. Cuando el proceso se comparte, todo eso cambia porque ya no eres tú quien decide por dónde tiene que ir todo.

Thread and Ground.
Thread and Body II.

Virginia Payo Azabal
Madrid
Vejer de la Frontera (Cádiz)
+34 679 806 113
info@virginiapayo.com
virginiapayo.com
@virginiapayo

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