Lívia Rizzo nos regala este texto que habla de ella y su práctica artística:
Crecí en el sur de Brasil, en una familia de artistas. Decidí estudiar Diseño, pero pasé mis años de universidad trabajando en el mundo de la gastronomía. Desde muy temprana edad me fascinaba la posibilidad de transformar la materia con las manos y despertar una sensación en los demás, algo capaz de permanecer en la memoria.
Fue también en esa época cuando tuve mi primer contacto con la cerámica, asistiendo al taller de una gran ceramista, nuestra vecina. En ese momento, la arcilla entró en mi vida como una posibilidad, un descubrimiento que permanecería guardado durante mucho tiempo.
La vida me llevó después a muchos lugares. Viví en otros países, me empapé de otras culturas y me probé en diferentes ámbitos laborales. Cada experiencia amplió mi perspectiva, pero también me acercó a lo que siempre ha estado presente: el interés por los procesos, por la naturaleza, por lo cotidiano y por lo que se puede transformar.
Más recientemente, mientras vivía en Bali, en Indonesia, la cerámica volvió a mi vida de forma visceral. Pasé un año inmersa en la naturaleza, reorganizando mis prioridades, reafirmando valores y aprendiendo otro ritmo.
El Studio Api nació de esa experiencia. «Api», en indonesio, significa fuego: el fuego que mueve y da energía. El mismo fuego que atraviesa la arcilla, dejando sus huellas. En medio del ajetreo y el hormigón de São Paulo, el estudio es un lugar de tiempo lento, de escucha y sensibilidad, donde sigo buscando una vida en armonía con la sencillez y el ritmo de la naturaleza, tal y como me gustaría vivirla idealmente.
Los largos veranos en la playa. Los inviernos en la montaña. El olor a tierra húmeda, el calor del fuego. Los domingos, la mesa decorada con flores recogidas de nuestro jardín. Un equilibrio silencioso entre el refinamiento y la sencillez.
De esa vida cotidiana surge mi mirada y la forma en que he aprendido a estar en el mundo.
Me comprendo a mí misma a través de los procesos. He aprendido con la arcilla que me gusta lo extraño, lo que pide una segunda mirada; lo que permanece en un estado casi inacabado, como si aún guardara la posibilidad de transformarse.
Me interesa la atmósfera de una pieza, la presencia que crea, aquello que permanece más allá del objeto. Busco en la naturaleza los elementos que compondrán esas superficies. Los superpongo con mucha libertad, utilizando a menudo las manos, sintiendo y transmitiendo esas sensaciones.
Eso es lo que pretendo lograr: una experiencia, una emoción, una extrañeza capaz de despertar la curiosidad y, de alguna manera, resonar en el otro.