Enrique González Martínez, 82
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Rogelio Vallejo Bores

Hay ciudades que enseñan arquitectura sin proponérselo, y Morelia fue la primera escuela de Rogelio Vallejo Bores. Creció en su centro histórico, entre canteras y bóvedas que llevaban siglos filtrando la luz de la misma manera exacta, y recuerda con nitidez el instante en que aquella presencia, hasta entonces un simple telón de fondo, se volvió revelación: sentado en el Templo de San Agustín, con la mirada puesta en las bóvedas, quedó completamente cautivado por la forma en que el sol entraba y transformaba el espacio. De niño imaginaba una vida como médico. Pero esa fascinación temprana por la luz, el material y el efecto emocional de los espacios bien construidos fue, dice hoy, la semilla silenciosa de toda su práctica, la conciencia de que el diseño puede afectar profundamente a quien lo habita.

Vallejo es arquitecto por la Universidad Vasco de Quiroga, máster en Arte y Nuevas Tecnologías por la Universidad Europea de Madrid y máster en Diseño e Innovación en Valencia, ciudad donde colaboró además con Fran Silvestre Arquitectos. Su formación se amplió con un workshop junto a RCR Arquitectes —ganadores del Premio Pritzker— en Olot, Cataluña, y con un programa de desarrollo conceptual en el estudio de Aires Mateus, en Lisboa, en 2023. De cada una de estas experiencias tomó una manera de mirar: la atención al vacío, la economía de medios, la convicción de que lo esencial, bien entendido, basta.

Al frente de HW Studio Arquitectos, el estudio que fundó en 2010, Vallejo ha construido una obra que él mismo describe como silenciosa, precisa y atenta a la poesía sutil del espacio. Persigue una simplicidad que nunca cae en la esterilidad, espacios que el habitante pueda habitar por completo, donde cada línea, cada proporción y cada material tienen una razón de ser. “Una arquitectura que susurre en lugar de gritar”, dice, “que cree ambientes que inviten a la reflexión, a la contemplación, a una conciencia serena de la propia presencia”. Su arquitectura se sostiene en un método propio, casi ritual. Cada proyecto nace de tres elementos entrelazados: el habitante, el sitio y el propio equipo de diseño. 

Para comprender al habitante, Vallejo y su estudio se sumergen en los espacios que han marcado su vida —las casas donde ha vivido, los lugares donde ha experimentado alegría o calma— y recurren incluso a un instrumento psicológico aplicado por un neuropsicólogo, cuyas lecturas traducen después en gestos espaciales, escalas y materialidad. El sitio, por su parte, nunca es un simple terreno: es una presencia viva que visitan una y otra vez, observando cómo se mueve la luz a lo largo del día, qué texturas tienen los materiales, qué sonidos se absorben o resuenan. Y para comprenderse a sí mismos como diseñadores, practican meditación zen: a través del silencio y la presencia atenta cultivan una sensibilidad perceptiva, una manera de sentir las corrientes invisibles del espacio, el tiempo y la luz. De esa conversación íntima entre habitante, sitio y uno mismo emerge, poco a poco, un edificio: cada muro, cada modulación, cada proporción se convierte en eco de una experiencia vivida.

Vallejo cree, cada vez más claramente, que esa sensación de calma que persigue tiene menos que ver con moldear el material y más con esculpir el vacío —lo que en japonés se llama ma—. Eso significa pensar el espacio no como ausencia sino como presencia: un marco silencioso donde la luz, la sombra y la experiencia humana pueden desplegarse.

Sus referentes hablan el mismo idioma contenido. Entre sus obras favoritas del mundo están el templo Entoku-in, en Kioto, y el Museo de Arte de Teshima, en Kagawa: una arquitectura tradicional y otra contemporánea que comparten, según Vallejo, una delicada sensibilidad hacia el vacío, el material y la presencia humana. Entre sus influencias declaradas están Tadao Ando, Kengo Kuma y Luis Barragán, arquitectos cuya obra describe como poética, sutil y profundamente conectada con la luz, el material y la experiencia humana; y, más al fondo, la sabiduría budista, que le enseñó la atención, el silencio y una conciencia profunda de la presencia.

Ese modo de mirar, forjado entre Morelia, Valencia, Olot y Lisboa, no ha pasado inadvertido. En pocos años, HW Studio ha recibido reconocimientos como Design Vanguard 2024 y Record House 2023, ambos de Architectural Record; una nominación al Mies Crown Hall Americas Prize for Emerging Architecture 2024, otorgada por el Illinois Institute of Technology; el German Design Award 2024 a la excelencia en arquitectura; el Kyoto Global Design Award 2023; y distinciones de Azure Magazine, Architecture Hunter Awards, Archello Awards y Loop Design Awards, entre otras. Su obra ha sido publicada en Architectural Record, Azure, Architectural Digest, Dezeen, Archello y Architizer, y el estudio ha sido incluido entre las mejores firmas de arquitectura de México y entre los estudios más influyentes de Latinoamérica.

Preguntado por el consejo que le hubiera gustado recibir al empezar, Vallejo no habla de estrategia ni de oficio, sino de rendición: “Ojalá alguien me hubiera dicho que no luchara tanto, que me permitiera fluir con la vida, más allá de los planes e ilusiones del propio ego.” Estamos aquí, dice, para experimentar una multitud de emociones, y una de ellas —el sufrimiento— nace del deseo de que las cosas sean distintas de como son. Aceptar la vida tal cual es, con sus momentos de alegría y de dolor, le parece la lección más esencial, tanto para vivir como para diseñar. “Confía en tu propia percepción y en tu propio silencio”, añade. “Es fácil dejarse distraer por las tendencias, el reconocimiento o el deseo de impresionar. Pero la arquitectura tiene que ver con cómo las personas se experimentan a sí mismas, no con presumir.”

Si tuviera que resumir su arquitectura en un mantra, Vallejo elegiría un instante raro pero profundamente conmovedor que a veces le regala la meditación: esos breves segundos de silencio en que incluso el monólogo interior se detiene, y no queda más que un espacio puro y quieto. Esa ausencia de ruido, ese silencio, es lo que intenta infundir en cada uno de sus edificios. Vuelve entonces, inevitablemente, al niño sentado bajo las bóvedas del Templo de San Agustín, en Morelia, mirando cómo la luz cambiaba de forma sin que nadie se lo hubiera enseñado. Toda su arquitectura, treinta años después, sigue siendo un intento de devolver aquel instante a quien la habita.

publicado en Exágono