
En el interior de la provincia de Valencia, en el municipio de Turís, una vivienda familiar vuelve a recuperarse como lugar habitado tras varias décadas de transformaciones silenciosas. El arquitecto Jose Costa aborda aquí una intervención que parte sobre todo de una memoria: la de una casa vinculada a la figura del médico de pueblo, y al modo en que la arquitectura doméstica se entrelazaba con la vida pública. En aquella época, el médico, junto con al farmacéutico, los maestros y el cura formaban la élite culta de cada municipio y gozaban del respeto de las gentes del pueblo.
La historia se remonta a principios de los años cuarenta, cuando los abuelos de la actual propietaria, Nilda, alquilaron la casa poco después de su construcción. La vivienda tuvo que reunir una doble condición: hogar familiar y espacio de consulta. Como ocurría entonces, la práctica médica no se separaba del ámbito doméstico, y la casa se convirtió en un lugar de tránsito continuo, donde la vida privada y los pacientes compartían el mismo espacio.
Años más tarde, ya en propiedad, la familia amplió la vivienda hacia el patio trasero, entonces todavía rodeado de campos. En el fondo del jardín, el médico levantó una pequeña construcción elevada, un refugio donde retirarse a leer lejos del ajetreo cotidiano. Ese gesto —un espacio íntimo dentro de otro espacio doméstico— permanece como una de las claves silenciosas del proyecto.








Con el traslado de la familia a Valencia a finales de los setenta, la casa quedó como segunda residencia. Las transformaciones posteriores fueron fragmentarias, ligadas a necesidades puntuales, hasta que el edificio perdió su condición de vivienda permanente. La decisión de Nilda de convertirla en su nuevo hogar introduce un nuevo capítulo: recuperar la casa como estructura viva capaz de asumir otra forma de vida.
La intervención se plantea entonces con el objetivo de reconciliar escala y uso. Los casi 300 metros cuadrados debían responder a una ocupación cotidiana reducida —una o dos personas la mayor parte del año— y, al mismo tiempo, expandirse en periodos concretos para acoger reuniones familiares, retomando su papel histórico como lugar de encuentro.
La lectura del estado existente revela dos mitades diferenciadas. La parte que da a la calle conservaba la solidez de la arquitectura original: fachada de ladrillo, carpinterías de madera y cubierta inclinada. Aquí la intervención opta por la continuidad. Se restauran elementos, como el portón de entrada, se reutilizan pavimentos y azulejos, y se preserva una atmósfera que mantiene el vínculo con la memoria material de la casa. Esta zona acoge el área más doméstica y fragmentada del programa, con dormitorios y baños pensados para estancias intermitentes.
La mitad posterior, abierta al jardín acoge el programa principal: salón, comedor, cocina y primer dormitorio en suite. Su estado de conservación era más precario y el nuevo modo de habitar pedía espacios amplios y vinculados al exterior. El arquitecto plantea aquí una intervención mayor: demoliciones parciales, nuevas estructuras y una fachada que se abre hacia el patio, reorganizando el corazón de la vivienda alrededor del espacio común.






La casa, excesivamente profunda en su configuración original, encuentra en esta operación su verdadero ajuste espacial. Sobre la cocina aparece un patio vertical que introduce luz y ventilación en el centro de la planta. Cerrado con vidrio y cubierto, funciona casi como un jardín interior, un espacio intermedio que ordena la secuencia doméstica.
Frente a este vacío contenido, la nueva escalera adquiere una función estructuradora. Actúa como pieza de articulación entre las dos mitades de la casa, estableciendo una transición entre lo heredado y lo transformado. Su presencia introduce ritmo en el recorrido y permite leer la intervención como una superposición de tiempos más que como una ruptura.
El proyecto se completa con pequeñas operaciones en el exterior que refuerzan la condición doméstica del conjunto: una piscina diseñada como alberca, un taller almacén de pintura y la recuperación de la antigua construcción del jardín, ahora convertida en casita de juegos. Gestos contenidos que prolongan la vida de la casa hacia el patio, manteniendo su carácter familiar y cotidiano.
En “Casa del médico”, Jose Costa trabaja desde una idea de continuidad que desarrolla la capacidad de la arquitectura para recuperar la memoria. La intervención busca devolver a la vivienda su condición de espacio para la vida. Como ya ocurría en sus orígenes, la casa vuelve a ser un lugar donde lo íntimo y lo compartido encuentran un equilibrio natural.




Proyecto: Casa del médico.
Ubicación: Turís (Valencia).
Terminado: 2025.
Arquitecto: Jose Costa.
Equipo colaborador: Ana Aguado, Belén de las Heras, Eduardo Schiebek.
Arquitecto técnico: Javier Betancor.
Constructora: Edibe Arquitectura y Construcción.
Fotografía: Mariela Apollonio.

José Costa
José Costa es arquitecto y fundador de José Costa ARQ., un estudio de arquitectura con sede en Valencia que entiende el proyecto arquitectónico como una herramienta activa para mejorar las formas de habitar. El despacho se estructura como una plataforma abierta, integrada por profesionales de distintas disciplinas que comparten una ambición común: trabajar con rigor, sensibilidad y compromiso desde la arquitectura.
El estudio centra su actividad en proyectos residenciales, culturales y espacios de trabajo, abordados siempre desde una mirada crítica y analítica. Cada encargo se concibe como una oportunidad para explorar los límites del programa y del contexto, combinando eficacia técnica con creatividad, investigación material y una atención constante a las personas que ocuparán los espacios. El reciclaje, la integración con el entorno y la observación atenta del uso real forman parte esencial de su metodología de trabajo. Leer biografía completa.
Jose Costa Arq.
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