Malia Cerámica: Crear desde el origen

5 mayo 2026
Volver al origen no es retroceder, es recobrar el pulso de lo que somos. Estas piezas son el resultado de esa búsqueda: un intento por atrapar la memoria de la tierra y convertirla en objeto. En ellas, los estratos y las texturas no son solo técnica, son el eco del territorio que habito, transformado por el fuego y el tiempo en una geología propia.
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La Tierra es un auténtico prodigio de la naturaleza; con apenas unos elementos —agua, aire y fuego— se moldea y toma forma, como pieza cerámica. Para entender la pieza, debemos entender el suelo de donde procede.

En Teruel, el territorio que habito, la historia se escribe en capas. Si viajáramos al Cretácico Inferior, encontraríamos un paisaje irreconocible: una tierra húmeda de pantanos, deltas y selvas exuberantes. Allí, la vegetación moría y se sedimentaba en aguas ácidas, quedando atrapada sin llegar a descomponerse. Junto a ella, las arcillas transportadas por los ríos se depositaban en la calma de las marismas, iniciando un largo idilio con la materia orgánica.

Millones de años después, en el Cretácico Superior, el clima dio un giro drástico hacia la aridez, transformando Teruel en un erg o desierto de dunas. Ríos enérgicos arrastraron nuevas arenas y arcillas que se depositaron, con un peso inmenso, sobre aquella antigua vegetación. La presión convirtió las plantas en carbón (lignitos) y tiñó a sus compañeras, las arcillas, de un gris profundo y elegante.

Imaginad una línea invisible en el tiempo: por debajo, la Formación Escucha; por encima, la Formación Utrillas. Este es el árbol genealógico de los minerales que estudio cada día.

foto Roberto Morote.

Un laboratorio como taller

Mi situación es, quizá, tan extraordinaria como la geología que describo. Además de ceramista, soy técnica de laboratorio en nuestra empresa familiar, fundada por mi abuelo hace 70 años y dedicada a la extracción de arcillas para la industria cerámica.

Esta herencia me permite mirar el barro de formas distintas pero complementarias: Un ojo en la ciencia, para analizar la composición química y el comportamiento físico de estas materias, y el otro en el arte, buscando resaltar la belleza cruda de esos materiales, sin distracciones, permitiendo que hablen del territorio al que pertenecen.

Es fascinante observar cómo unos tormos de arcilla, un puñado de cuarzo o un gramo de óxido de hierro, se convierten en objetos únicos. Mi trabajo consiste en honrar esa sinergia natural: que la pieza final no sea solo un diseño, sino también un pasado geológico latente que cobra vida a través del fuego.

La transformación: agua y fuego

La mayor parte de la materia prima que utilizo en mis piezas proviene del territorio que habito. Recolecto, selecciono y proceso cada elemento en función del resultado deseado o del hallazgo que busco descubrir.

Las posibilidades son tan amplias como sus variaciones: puedo sumergir los tormos de arcilla en agua o molturarlos hasta alcanzar una granulometría específica. También puedo optar por un tamizado fino para eliminar impurezas como las sideritas y el exceso de sílice libre, o bien realizar una molienda por vía húmeda para que el hierro tiña la arcilla de forma natural. En este proceso, incluso el cambio más sutil transforma por completo la obra.

La obra y la investigación previa

Voy a ilustrar mi proceso mediante una selección de piezas y trabajos de investigación. El aspecto más fundamental es la metamorfosis cromática tras la cocción.

Como se observa en el ejemplo siguiente, la imagen de la izquierda muestra cómo las arcillas presentan tonalidades vibrantes tras ser molturadas y mezcladas con agua. No obstante, el proceso de cocción transforma y atenúa esta paleta: la diversidad de rojos se homogeniza, mientras que las arcillas originalmente grises viran hacia tonos ocres.

Antes de la cocción.
Prueba cocida a 1270 ºC  (cono 8).

Uno de los elementos claves de mi obra es el óxido de hierro en sus diversas formas: limonita (que transmuta en hematites tras el fuego), piritas y sideritas. Estas últimas se integran o excluyen del proceso según el acabado deseado. Estas coloraciones son el resultado directo de la interacción mineral con el oxígeno y el ambiente climático a lo largo del tiempo.

La pieza Molécula destaca por su forma singular y su sencillez material: solo tierra y óxido. El secreto de su color reside en la limonita recogida en las colinas de Alcaine, tierras turolenses bañadas en óxidos naturales. Mediante una molienda  y su unión con el agua, obtenemos el pigmento que, tras la cocción, otorga a la pieza los tonos rojizos.

Antes de la cocción 
Después de la cocción a 1265 ºC en monococción.
Esta pieza fue premio jurado en la II Feria de Arte Saraqusta ( Zaragoza)

El hierro como colorante intrínseco

El hierro a menudo se encuentra presente como un mineral intrínseco en la estructura de la arcilla. Este color es el resultado de un proceso geológico de exposición prolongada: cuando el lodo arcilloso queda expuesto a la atmósfera en climas cálidos y estacionales —con marcadas épocas de sequía—, el agua se retira y permite que el hierro reaccione con el oxígeno.

Este proceso de oxidación es lo que «tiñe» la arcilla de sus característicos tonos rojizos. Sin embargo, el color no es estático; es una variable que depende directamente de la temperatura de cocción. En el horno, las tonalidades evolucionan: desde los rojos vibrantes y anaranjados a bajas temperaturas, hasta marrones profundos, chocolates o incluso púrpuras conforme el calor aumenta.

Esta pieza está pintada con un óxido de hierro rojo. Tras una cocción superando los 1200ºC se han producido tonos más oscuros: granate, borgoña, o incluso violeta profundo. 

La pieza Tierra Trenzada ejemplifica las propiedades de la arcilla de Formación Utrillas sometida a oxidación. Con un contenido de hierro del 4,5% y cocida a altas temperaturas (1270 °C), destaca por su singularidad estructura mineralógica: la presencia de caolinita. Esta caoliníta es el principal mineral de las arcillas primarias como el caolín y lo que percibimos en la superficie de ésta pieza es un moteado crema debido a nódulos de caolín que no se han mezclado con la matriz de la arcilla de base rompiendo la uniformidad del rojo, otorgándole una apariencia característica y exclusiva. Este carácter distintivo se acentúa mediante una línea de contraste en blanco puro, elaborada con borra de arena lavada, cuyo minucioso proceso de obtención lo cuento más adelante.

1270 ºC Monococción.

Existen múltiples formas de aprovechar las extraordinarias cualidades de los óxidos de hierro. En esta pieza, el óxido se integra en una formulación de esmalte compuesta por sus cuatro minerales base: cuarzo, carbonato cálcico, feldespato potásico y caolín. Dependiendo de la concentración y el tipo de óxido empleado, la interacción química durante la cocción genera las tonalidades características de esta obra.

1255 ºC Monococción.

La pieza Antique actúa como el puente perfecto entre las dos formaciones geológicas que definen esta obra. El cuerpo de la pieza nace de una arcilla sedimentaria local (Formación Escucha), la misma que convivió con los lignitos y que, en crudo, muestra un característico tono grisáceo.

Lo más fascinante es su contenido en siderita, una forma natural de hierro. Si se muele finamente, tiñe la pasta con matices oscuros que varían según el fuego; pero si se mantiene en grano grueso, estas pequeñas ‘piedras’ afloran a la superficie durante la cocción, fundiéndose y creando un moteado orgánico y disperso.

Finalmente, la pieza ha sido envuelta en arena blanca de la Formación Utrillas, respetando la disposición geológica original de ambos materiales. En las imágenes podéis observar el cambio.

Antes de la cocción.
Después de la cocción.
1265 ºC Monococción.

Borra y arena: la esencia de lo orgánico

Retomo lo prometido para hablaros de un Hallazgo que define mi trabajo: la borra de arena. Este material no solo da nombre a una de mis obras más personales, sino que le aporta una textura y una resistencia únicas.

Mediante un lavado industrial de arenas blancas, se separan las fracciones arcillosas (caolín) y las partículas más finas de cuarzo y se recogen por decantación en balsas de lodo. Al ser materiales refractarios (sílice y caolín), mantienen su identidad táctil incluso en el fuego; su punto de fusión supera los 1300 °C, lo que dota a la superficie de la pieza de una rugosidad mineral inalterable.

Hallazgo es una pieza singular en la que se ha empleado esta borra como pigmento. Tras su aplicación, se realizaron incisiones precisas para generar un contraste cromático profundo con el tono natural de la arcilla base.

Esta pieza fue seleccionada en el V Call for Artist ( Zaragoza).
1255 ºC Monococción.

Volver al origen

Volver al origen no es retroceder, es recobrar el pulso de lo que somos. Estas piezas son el resultado de esa búsqueda: un intento por atrapar la memoria de la tierra y convertirla en objeto. En ellas, los estratos y las texturas no son solo técnica, son el eco del territorio que habito, transformado por el fuego y el tiempo en una geología propia.

Piezas cocidas a 1280 ºC (cono 9).

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