Los arquitectos de Mínima convierten una cabaña pasiega abandonada, en un manifiesto de su arquitectura y lugar para estancias temporales

30 abril 2026
Helena Aguilar y Juan Ramón Cristóbal nos muestran el objeto de sus sueños: su cabaña pasiega en Cantabria, transformada en una vivienda contemporánea certificada Passivhaus. Una reflexión construida sobre permanencia, memoria y sostenibilidad.
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La mayoría de los proyectos de arquitectura nacen de un encargo este, sin embargo, nació de un deseo. Hace más de veinte años, la arquitecta Helena Aguilar encontró en los Valles Pasiegos de Cantabria una vieja cabaña de piedra en estado de ruina y decidió conservarla. No había cliente, no había programa, no había más razón que la que da el vínculo con un lugar. Con el tiempo, junto a Juan Ramón Cristóbal, su compañero y socio, ese vínculo se convirtió en proyecto: la rehabilitación de la cabaña como vivienda propia, como laboratorio de sus convicciones y, finalmente, como espacio abierto a quienes quieran habitarlo.

La cabaña pasiega es una tipología profundamente enraizada en la vida semitranshumante de Cantabria desde el siglo XVI. Su lógica era estrictamente funcional: en la planta baja, la cuadra para el ganado, cuyo calor contribuía a templar la vivienda dispuesta en el nivel superior, accesible desde el exterior por una escalera de piedra que aún hoy permanece en pie. Los muros de mampostería en seco, de casi ochenta centímetros de espesor, respondían a las condiciones de un territorio de alta pluviosidad, situado en las estribaciones de la cordillera cantábrica a poco más de cincuenta kilómetros del mar. Ese grosor, que en origen rezumaba humedad por todas partes, se convertiría paradójicamente en el principal recurso del proyecto.

La volumetría original se conserva

La decisión central de la intervención de Mínima fue no tocar la fachada. El volumen original se mantiene intacto, con la cubierta a dos aguas, la mampostería de piedra seca y la escalera exterior. La transformación ocurre hacia dentro, a través de lo que los arquitectos denominan una segunda piel: una envolvente interior construida por capas sobre los muros existentes —lámina de aislamiento orgánico, ladrillo cerámico y enlucido de cal sin pintura— que convierte la masa de piedra en el corazón térmico del edificio. La solera y la cubierta se aíslan con materiales de altas prestaciones, y las nuevas carpinterías, de madera con triple vidrio pasivo y gas argón, mantienen la continuidad visual con el paisaje sin comprometer la hermeticidad del conjunto.

El sistema se cierra con una unidad de ventilación mecánica con recuperación de calor —Orkli Pkom 4— y una bomba de calor integrada que cubren la demanda de climatización y agua caliente. En los momentos más fríos, una estufa de leña actúa como apoyo puntual. En verano, la inercia térmica de los muros de piedra hace el trabajo. El resultado es una demanda energética tan reducida que puede cubrirse íntegramente con la energía generada por una turbina hidroeléctrica en el río próximo. El conjunto alcanza la certificación EnerPHit del Passivhaus Institute —el estándar más exigente para rehabilitaciones— sin que nada de ello sea perceptible desde el exterior ni interfiera en la experiencia interior del espacio. La tecnología permanece invisible; lo que se percibe es el silencio de un lugar donde el tiempo parece haberse parado.

@Estudio Mínima
@Estudio Mínima

La planta baja convertida en zona de día

La distribución respeta la lógica original de la cabaña. La planta baja, antes destinada al ganado, se convierte en el espacio principal de la vivienda: cocina, comedor y salón organizados en un único espacio continuo donde la luz natural entra a través de las nuevas aperturas. Anexo a este nivel, el antiguo recinto exterior —un espacio semicerrado de grandes muros de piedra que había servido de estercolero y estaba cubierto de vegetación— se rehabilita como patio. El suelo se pavimenta con las losas originales de la cuadra, algunas todavía con los surcos tallados para facilitar su mantenimiento, trasladando la memoria material del espacio a su nueva condición doméstica.

En la planta superior, dos dormitorios revestidos de madera de roble ofrecen una atmósfera contenida donde proporción, materialidad y luz actúan con precisión. El mobiliario —mesa de comedor, mesa de salón, mesillas— fue diseñado por el propio estudio y fabricado con las vigas originales de la cabaña, incorporando así otro estrato de continuidad entre lo que fue y lo que es.

El roble estructural de la cubierta se convierte en superficie de trabajo y de descanso; el mortero de cal que recubre los suelos reaparece en el plano horizontal de la mesa del salón. Son correspondencias discretas, no gestos decorativos, y su efecto es el de un espacio que se percibe habitado desde antiguo.

esta cabaña ha dejado de ser una ruina para convertirse en otra cosa: un testigo vivo de una historia antigua, que sigue ahí presente para disfrute de quienes saben valorarla.

@Estudio Mínima

Casa Mínima funciona hoy como vivienda y como alojamiento turístico con capacidad para seis personas. Esa doble condición es una extensión de la filosofía del estudio: la casa existe para ser vivida, y quienes la habiten temporalmente pueden experimentar de primera mano lo que Mínima propone antes de emprender un proyecto propio. Es una forma de demostración que solo funciona si la arquitectura es suficientemente honesta para sostenerse sin explicación.

En los Valles Pasiegos, donde la niebla sube despacio desde el fondo de los valles y la piedra acumula siglos de humedad, esta cabaña ha dejado de ser una ruina para convertirse en otra cosa: un testigo vivo de una historia antigua, que sigue ahí presente para disfrute de quienes saben valorarla.

Proyecto: Casa Mínima. Rehabilitación de cabaña pasiega tradicional
Ubicación: Valles Pasiegos, Cantabria.
Terminación: 2025
Certificación: EnerPHit (Passivhaus Institute).
Arquitectos: Estudio Mínima — Helena Aguilar y Juan Ramón Cristóbal.
Superficie: 160 m². 2 plantas.
Fotografía: Biderbost Photo, salvo las indicadas con @Estudio Mínima.

Sistema constructivo

Estructura: Muros de mampostería de piedra existentes y cubierta de madera. Envolvente: Piel interior de altas prestaciones: muro de piedra 80 cm + lámina de aislamiento orgánico + ladrillo + enlucido de cal.
Carpinterías: Ventanas de madera de alto rendimiento, triple vidrio pasivo. Ventilación: Ventilación mecánica con recuperación de calor — Orkli PKOM 4. Climatización: Bomba de calor integrada + estufa de leña auxiliar. Materiales principales: Piedra, mortero de cal, madera de roble, cerámica.

Mobiliario

Mesa de comedor: Roble macizo recuperado diseño Estudio Mínima.
Elaborada con las vigas originales de la cabaña.
Mesa de salón: Roble macizo recuperado con plano en mortero de cal. diseño Estudio Mínima. La superficie horizontal reproduce el mismo mortero de cal utilizado en el suelo.
Mesas de baño y mesillas de cama: Roble macizo recuperado. diseño Estudio Mínima. Piezas únicas fabricadas con madera estructural original del edificio.

Helena Aguilar y Juan Ramón Cristóbal, arquitectos fundadores de Mínima.

Mínima

Helena Aguilar y Juan Ramón Cristóbal se formaron como arquitectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM), donde ambos se licenciaron en torno al año 2000. Sus primeros años de ejercicio profesional transcurrieron en el terreno de los grandes concursos de arquitectura pública, un entorno de alta exigencia que les reportó reconocimientos tanto en España como en el extranjero, pero que resultaría demasiado vertiginoso al crecer su familia.

Fue ese momento de inflexión personal el que los llevó a reorientar su práctica. Decidieron especializarse en arquitectura ecológica y eficiente —una disciplina entonces poco desarrollada en España— a través de una formación específica en Suiza, donde Helena profundizó en el estándar Minergie y ambos se certificaron como Passivhaus Designers. A su regreso, eligieron establecerse en San Lorenzo de El Escorial, en un entorno natural que consideran inseparable de sus valores de trabajo. Allí fundaron Mínima.

El estudio nació con la convicción de que la sostenibilidad no es una etiqueta sino una posición ética, y que el oficio del arquitecto puede —y debe— contribuir activamente a un modo de vida más coherente. Mínima se define a sí mismo como activista dentro del gremio, y esa actitud está presente en cada decisión de proyecto. Su enfoque se desarrolla sobre cinco pilares: diseño bioclimático que aprovecha las condiciones del lugar, eficiencia energética orientada a la autonomía, bajo impacto ambiental en la elección de materiales, criterios de bioconstrucción para garantizar un ambiente interior sano, y una voluntad de esencialidad que remite a la sentencia de Brâncusi —la sencillez como complejidad resuelta— y que da nombre al propio estudio.

Helena aporta al trabajo una marcada capacidad analítica y una trayectoria investigadora que arrancó con una beca de cuatro años durante la que recorrió varias universidades europeas; de ese periodo data su interés temprano por la arquitectura ecológica. Juan Ramón combina el rigor técnico con la habilidad para construir relaciones de confianza entre todos los agentes implicados en cada proyecto, desde la fase de diseño hasta la dirección de obra. Pareja, tanto en el plano personal como profesional, trabajan conjuntamente y ofrecen a sus clientes un trato cercano y personalizado que distingue su escala de la de los grandes despachos.

Para hacer tangible su filosofía, han habilitado Casa Mínima como espacio de demostración: un alojamiento en el que los futuros clientes pueden experimentar de primera mano lo que el estudio propone antes de comprometerse con un proyecto propio. Es un gesto coherente con su manera de entender el trabajo: como acompañamiento y como elección de vida.

Mínima
San Lorenzo de El Escorial (Madrid)
+34 91 8324432
estudio@minima.bio
www.minima.bio
@minima.bio

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