Pepe Cruz Novillo: el hombre que diseñó España

2 mayo 2026
Hay personas cuyo trabajo forma parte de la vida cotidiana con tanta naturalidad que acaba siendo invisible, porque se ha incorporado al paisaje con tanta solidez que ya no lo miramos: lo habitamos. Pepe Cruz Novillo, fue uno de esos creadores.
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Nació en Cuenca en 1936 y acaba de marcharse a los 89 años. Lo que deja atrás es una parte de la memoria visual de varias generaciones: El buzón de Correos. El puño y la rosa del PSOE. La tipografía de Diario 16 y de El Mundo. La marca de Repsol. Los billetes de pesetas en circulación hasta el euro. El escudo y la bandera de la Comunidad de Madrid. El uniforme de la Policía Nacional. Las marcas de Renfe, la COPE, Endesa, el Tesoro Público, la Fundación ONCE y un largo etcétera. Imágenes que la mayoría de los españoles han visto miles de veces, a menudo sin saber quién las firmaba. Esa anonimia eficaz era, en cierta forma, el mayor elogio posible para su autor.

Cruz Novillo empezó como dibujante en Publicidad Clarín en 1958, en una España donde el diseño gráfico era todavía una actividad sin nombre propio. Él mismo lo resumió con una sencillez casi programática: «Soy dibujante, siempre lo he sido». Esa condición de dibujante no era modestia sino método: una manera de entender el oficio como mirada, síntesis y construcción de forma. En 1959 comenzó a colaborar con SEDI, la Sociedad de Estudios del Diseño Industrial, y promovió una de las primeras revistas especializadas del sector en España, Temas de Diseño. En 1964 formó parte del equipo de artistas del Pabellón de España en la Feria Mundial de Nueva York, experiencia que marcaría su manera de entender la dimensión pública del diseño. Al año siguiente, con veintinueve años, abandonó Clarín y fundó su propio estudio.

Edición limitada y firmada por Cruz Novillo

Lo que vino después es inseparable del período más intenso de transformación del país. La España de la transición y las décadas siguientes necesitaba darse una imagen nueva: partidos políticos, instituciones públicas, empresas emergentes, medios de comunicación, organismos del Estado. Cruz Novillo comprendió esa demanda de un modo que iba más allá del encargo. Para él, diseñar una identidad no era resolver un problema de reconocimiento, sino contribuir a hacer legible una realidad que estaba cambiando. Sus signos son memorables más que por su originalidad, por su precisión. La geometría, el uso del positivo y el negativo, la síntesis del trazo y una economía formal: ese fue el lenguaje con el que construyó un vocabulario visual que aún hoy conserva buena parte de su vigencia.

También fue cartelista de cine, y esta faceta, a menudo eclipsada por sus identidades corporativas, revela otra dimensión de su inteligencia gráfica. Los carteles de El espíritu de la colmena, El sur, La escopeta nacional, Los lunes al sol, Barrio, Cría cuervos o Deprisa, deprisa pertenecen a la historia visual del cine español. En cada uno de ellos, Cruz Novillo resolvía el mismo problema que en una marca: encontrar la imagen directa, cargada de intención, que sobreviviera al ruido y permaneciera.

Pero reducirlo al diseñador de grandes logotipos sería quedarse en la superficie. Desde los años setenta, Cruz Novillo participó regularmente en ferias de arte internacionales —FIAC en París, Art Basel, Art Cologne, ARCO desde 1985— con obra plástica propia. Pintor, escultor y grabador, perteneció a esa generación que no concebía una frontera clara entre el diseño y el arte. Su obra comercial no rebajó su ambición creativa; su trabajo artístico no lo alejó del mundo real. Esa tensión, bien sostenida a lo largo de décadas, explica una parte de su importancia.

A partir de los años noventa desarrolló el concepto Diafragma, una línea de investigación artística en la que combinaba color, sonido, tiempo y estructura matemática. Su Diafragma dodecafónico 8.916.100.448.256, opus 14, estrenado en ARCO en 2010, fue concebido como una obra de más de tres millones de años de duración que genera una pieza audiovisual única e irrepetible cada doce segundos. La escala de esa proposición no era una broma conceptual sino la consecuencia lógica de una manera de pensar el tiempo como material artístico. El 22 de mayo de 2009 había pronunciado su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando estrenando el concierto Diafragma heptafónico 49, opus 13, confirmando que el academicismo y la vanguardia no tenían para él ninguna contradicción.

En 2007 fundó junto a su hijo Pepe Cruz, diseñador y arquitecto, el estudio Cruz más Cruz, dando continuidad a un modo de trabajo centrado en la identidad visual y la relación entre marca, espacio y forma. Fue Premio Nacional de Diseño en 1997, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2012, Laus de Honor en 2023, y en 2019 fue nombrado Cartero Honorario de Correos, el séptimo en los trescientos años de historia de la institución cuya imagen él mismo había diseñado décadas atrás. Ese mismo año se estrenó el documental El hombre que diseñó España, de Andrea G. Bermejo y Miguel Larraya: el título era una afirmación, no una hipérbole.

Cartel del documental El hombre que diseñó España, de Andrea G. Bermejo y Miguel Larraya.
Algunos de los logos creados por Cruz Novillo.

La desaparición de Cruz Novillo priva al diseño español de una de sus voces más sólidas y duraderas. Pero quizá lo más revelador de su legado sea precisamente su invisibilidad: los signos que construyó no llaman la atención sobre sí mismos, sino sobre aquello que nombran. Esa es el objetivo de los diseñadores que entienden el oficio como servicio a la inteligencia colectiva. Durante casi setenta años, Cruz Novillo «dibujó y dibujó» hasta encontrar la forma exacta. El resultado está en todas partes, tan integrado en el paisaje cotidiano que ya no lo reconocemos como diseño. Lo reconocemos, simplemente, como realidad.