Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026: una arquitectura entre paisaje, materia e imaginación

15 marzo 2026
El arquitecto chileno recibe el máximo reconocimiento tras más de tres décadas construyendo una obra singular, donde paisaje, materia y relato se entrelazan en una arquitectura difícil de clasificar.
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La concesión del Pritzker Architecture Prize 2026 al arquitecto chileno Smiljan Radić ha puesto en primer plano una trayectoria singular dentro de la arquitectura contemporánea. Su obra se sitúa deliberadamente en los márgenes de los lenguajes dominantes: ni responde a una estética reconocible ni busca la espectacularidad formal.

En su lugar, Radić ha construido durante más de tres décadas un universo arquitectónico propio, donde conviven intuición, experimentación material y una relación muy directa con el paisaje. Sus proyectos —desde pequeñas viviendas hasta equipamientos culturales— parecen surgir de una observación paciente del territorio y de una imaginación arquitectónica que se alimenta tanto de la cultura moderna como de formas primitivas de habitar.

Comprender su arquitectura implica atender a algunas constantes presentes en su trabajo, una serie de actitudes que aparecen una y otra vez en sus proyectos.

Arquitectura como objeto en el paisaje

Uno de los rasgos más reconocibles en la obra de Radić es la manera en que sus edificios se sitúan en el territorio. Lejos de disolverse en el entorno o de destacar como gestos monumentales, muchas de sus arquitecturas se presentan como objetos casi autónomos dentro del paisaje. Esta presencia deliberada busca establecer una relación de contraste que permite percibir mejor la escala del territorio.

En proyectos como Casa Pite o Casa Prisma, la arquitectura aparece como una figura clara apoyada sobre el terreno. El edificio no pretende mimetizarse con el paisaje, pero tampoco lo ignora: se sitúa en él con una cierta distancia, como si fuese una pieza depositada con cuidado en el lugar.

Casa Pite. Papudo, Chile. 2005.
Casa Pite
Casa de cobre 2. Talca, Chile. Foto Cristóbal Palma.

La materia como lenguaje

En la arquitectura de Radić, los materiales constituyen el verdadero lenguaje del proyecto, son algo más que un medio constructivo. Hormigón, piedra, madera, cobre o materiales translúcidos aparecen en sus obras con una presencia muy directa. A menudo se utilizan sin revestimientos, permitiendo que el paso del tiempo, la luz o el clima transformen su apariencia.

Esta actitud revela una concepción muy escultórica de la arquitectura. No es casual que el arquitecto haya mantenido durante años una estrecha colaboración con la escultora chilena Marcela Correa, su esposa. En muchos de sus proyectos, el edificio parece modelado más que construido, como si fuese una pieza material colocada en el territorio.

Entre lo arcaico y lo contemporáneo

Otra de las claves de su trabajo es la tensión entre referencias aparentemente opuestas. Las formas que aparecen en su arquitectura —cúpulas, refugios, volúmenes compactos o estructuras elementales— evocan a menudo construcciones primitivas. Sin embargo, estas figuras se realizan mediante técnicas y materiales contemporáneos.

Esta mezcla produce una arquitectura difícil de clasificar. En el pabellón que diseñó para las Serpentine Galleries en Londres, por ejemplo, una gran carcasa translúcida se apoyaba sobre bloques de piedra como si se tratara de una ruina antigua o de un artefacto futurista. Radić parece interesado precisamente en ese territorio ambiguo donde pasado y presente se superponen.

Serpentine Pavilion. Kensington Gardens. Londres. 2014. Foto Iwan Baan.
Casa para el poema del ángulo recto. 2013. Vilches (Chile). Foto Smiljan Radić.

Espacios pensados desde la experiencia

Aunque algunas de sus arquitecturas poseen una presencia muy fuerte como objetos, la experiencia del espacio sigue siendo central en su trabajo. En muchas de sus viviendas, el recorrido se organiza a través de secuencias claras de estancias, patios y aperturas que enmarcan el paisaje. Su arquitectura, además de desarrollar su función, construye situaciones donde el cuerpo percibe la luz, la materia o la distancia con el entorno. Esta atención al uso cotidiano explica por qué, incluso en proyectos experimentales, sus edificios conservan una dimensión doméstica muy reconocible.

Una arquitectura abierta a la imaginación

Quizá el rasgo más difícil de describir en la obra de Radić sea su capacidad para sugerir historias. Sus edificios a menudo parecen pertenecer a un mundo ligeramente desplazado respecto a la realidad cotidiana. Una carcasa translúcida apoyada sobre rocas, una casa que emerge entre el bosque o un volumen rojo que ilumina el borde de un río son imágenes que celebran un espacio narrativo. Sin embargo, esta dimensión imaginativa no protagoniza el proyecto, surge de la forma en que la arquitectura se relaciona con el lugar, con la materia y con la escala del cuerpo humano.

Teatro Regional del Bío-Bío. 2018. Concepción (Chile). Foto Iwan Baan.

Una trayectoria reconocida por el Pritzker

El reconocimiento del Premio Pritzker confirma la relevancia de una arquitectura que se ha desarrollado con notable independencia. En un panorama global marcado con frecuencia por la búsqueda de iconos mediáticos, la obra de Smiljan Radić demuestra que la arquitectura puede avanzar también desde la exploración silenciosa.

Su trabajo propone una forma de mirar el territorio y de construir en él donde la intuición, la cultura material y la imaginación siguen teniendo un papel fundamental. En ese equilibrio entre reflexión y libertad se encuentra probablemente la razón por la que su arquitectura continúa despertando interés en todo el mundo: porque cada uno de sus proyectos vuelve a plantear, de manera diferente, la misma pregunta esencial sobre cómo habitar el paisaje.

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